El 23 de abril, la noticia del hallazgo de los restos de Alejandro Cortez, un joven de 20 años originario de Michigan, estremeció a Cancún. Cortez murió ahogado en la playa Chac Mool tras salvar heroicamente a su amiga de ser arrastrada por la corriente. Su cuerpo fue localizado días después, severamente afectado por la fauna marina. Pero lo que siguió no fue solamente duelo y condolencias: una ola de burlas en redes sociales evidenció, una vez más, la insensibilidad que puede florecer en el entorno digital.
En X (antes Twitter), usuarios publicaron memes que caricaturizaban el estado de los restos de Alejandro. Otros compartieron imágenes de platos de pescado haciendo crueles analogías, demostrando una trivialización alarmante de la tragedia humana. Incluso se propagaron publicaciones falsas que prometían “videos íntimos” del joven, un doble acto de violencia: explotar la muerte para atraer clics y poner en riesgo la seguridad digital de quienes abren esos enlaces.
¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué una tragedia personal puede convertirse en objeto de burla viral? Para entender este fenómeno, varios expertos han estudiado lo que se conoce como “Efecto desinhibidor de internet”, una condición psicológica en la que los individuos, amparados por la distancia física y el anonimato, actúan de manera más impulsiva, agresiva o cruel de lo que lo harían cara a cara.
“La falta de consecuencias inmediatas en internet reduce los frenos morales de las personas”, explica la psicóloga social Mariana Ruiz Gómez, especialista en comportamiento digital. “Muchos usuarios sienten que lo que hacen en línea no tiene un impacto real sobre otros seres humanos, y eso permite que surjan conductas que serían inaceptables en un contexto físico”.
Mariana Ruiz Gómez señala que, además del desinhibidor, la estructura de las redes sociales fomenta estas actitudes: “El sistema de recompensas de likes, retuits y visualizaciones premia los contenidos que generan reacciones fuertes. A menudo, la burla y el escarnio despiertan más interacción que el respeto o la empatía. Eso lleva a una peligrosa banalización del dolor ajeno”.
El impulso de obtener validación social inmediata puede llevar a los usuarios a publicar mensajes cada vez más extremos o polémicos. En una dinámica de “si no impactas, no existes”, las tragedias humanas se convierten en pretexto para atraer atención, aunque sea a costa de la dignidad de las víctimas.
El hecho heroico de Alejandro Cortez
Alejandro Cortez no fue un personaje de ficción ni una estadística: fue un joven que dio su vida por salvar a una amiga. Convertir su memoria en un objeto de burla refleja no solo una crisis de valores individuales, sino una disfunción colectiva incentivada por el diseño mismo de las plataformas.
“Lo más preocupante”, advierte Ruiz Gómez, “es que estas prácticas refuerzan un ciclo: otros usuarios ven que el sarcasmo cruel genera atención y validación, y lo replican. Así se normaliza lo inaceptable”.
La tragedia de Alejandro y la respuesta de las redes deben servir como una alerta, dice la psicóloga. Como sociedad, agrega, es urgente repensar el papel que juegan la empatía y el respeto en los entornos digitales. No todo lo que puede viralizarse debe ser viralizado. No toda interacción debe priorizar la risa fácil sobre la compasión.
