México y la cultura del “Doctorado Honoris Causa”: Entre el prestigio y la farsa

México y la cultura del “Doctorado Honoris Causa”: Entre el prestigio y la farsa

La semana pasada, México fue sacudido por la historia de una mujer que, a lo largo de años, se hizo pasar por neurosiquiatra, abogada y hasta graduada de Harvard. Su caso ha puesto de nuevo en el foco una realidad fascinante y un tanto incómoda en nuestro país: la obsesión por los títulos y reconocimientos, especialmente los doctorados “honoris causa”, que cada vez son más fáciles de obtener… si uno tiene los contactos y la billetera adecuada.

Este caso evoca la obra El Gesticulador, de Rodolfo Usigli, un clásico que nos invita a reflexionar sobre la cultura mexicana y su relación con la falsificación de méritos. La obra de 1937 describe cómo en México “donde quiera encuentras impostores, impersonadores, simuladores”, un comentario que, 87 años después, sigue vigente en el país de los doctorados exprés y las instituciones “de peluche”.

La mercadotecnia del prestigio: Una industria de egos inseguros

En México, el prestigio académico y profesional ha sido convertido en una especie de mercancía accesible a quienes están dispuestos a pagar por ella. Instituciones como el Instituto Mexicano de Líderes de Excelencia (IMELE) se dedican a entregar miles de doctorados “honoris causa” cada año. Esta entidad, que se autoproclama como un “referente educativo global”, ha otorgado reconocimientos a personajes como Paquita la del Barrio, Mario Delgado, Marcelo Ebrard y el Papa Francisco, entre muchos otros.

El IMELE no es el único. El “Claustro Doctoral Mexicano y Académico Universitario” es otra institución que concede estos títulos. El año pasado, otorgó un doctorado a Lord Molécula, célebre por su participación en las conferencias de prensa matutinas. En un gesto de humildad que pocos gesticuladores imitarían, Lord Molécula admitió públicamente que el título era un “inmerecido galardón”.

Estos casos ilustran la existencia de una industria en la que los doctorados honoris causa y otros títulos se entregan no necesariamente por mérito, sino por conveniencia o incluso por cuota. Los costos para obtener uno de estos títulos “honoris causa” varían, pero en algunas instituciones pueden rondar los 30 mil pesos, lo que deja claro que el prestigio, en ciertos sectores de la sociedad, es algo que se compra.

El síndrome del “Cúspide”: La autoexaltación en un país de gesticuladores

Los “honoris causa” no son la única evidencia de esta cultura de autoexaltación. En México, la apariencia de grandeza se convierte en una necesidad para muchos, en especial cuando se trata de figurar en posiciones de poder o influencia. La inseguridad se convierte en un caldo de cultivo para los “gesticuladores”, personas que se presentan como figuras sobresalientes en sus campos, aunque en muchos casos sus méritos reales son escasos.

Jesús Garza Onofre y Javier Martín Reyes, en su artículo “Entre la transa y la farsa” para Animal Político, documentan con detalle cómo los títulos académicos y premios se han convertido en una especie de herramienta de marketing. Desde licenciaturas hasta doctorados, la educación formal y la experiencia profesional son utilizadas, a veces, como un disfraz de competencia y autoridad. Los autores señalan que en esta cultura, incluso personajes con posiciones de gran responsabilidad han optado por inflar sus currículos, y sugieren que algunos funcionarios y figuras públicas, como Yasmín Esquivel, solo necesitan un “licenciatura honoris causa” para completar sus numerosas distinciones.

¿Qué hay detrás de la obsesión por el reconocimiento en México?

La “industria del prestigio” en México tiene una raíz profunda. Nuestro país ha cultivado una cultura en la que el título y el reconocimiento tienen un valor inmenso, a veces mayor que la experiencia y el conocimiento real. Las razones para esto son complejas, pero incluyen factores históricos, sociales y económicos. En una sociedad donde el estatus puede abrir puertas y definir el éxito, los títulos académicos y premios se convierten en un pasaporte hacia la aceptación y el respeto.

A nivel institucional, esto plantea preguntas preocupantes. ¿Qué tan fácil es para un impostor o “gesticulador” acceder a posiciones de autoridad? Los doctorados honoris causa, entregados sin el rigor académico que debería acompañarlos, pueden diluir la credibilidad de los verdaderos académicos y expertos. Además, esta obsesión por el prestigio refleja una carencia profunda de autoestima en algunos sectores, que prefieren invertir en una fachada en lugar de esforzarse por el conocimiento real.

Un llamado a la autenticidad en la vida pública

La proliferación de “gesticuladores” en la vida pública mexicana no es solo un tema de entretenimiento o crítica. Tiene un impacto en la calidad de las instituciones y en la confianza que la sociedad puede depositar en ellas. Cuando se otorgan títulos sin mérito, se debilita el valor de aquellos que se obtuvieron legítimamente. Además, se envía un mensaje equivocado a las nuevas generaciones: que la apariencia de logro es tan válida como el logro en sí.

La historia de esta falsa “neurosiquiatra” y otros casos similares de impostores que buscan figurar mediante títulos comprados o fabricados nos invita a reflexionar sobre la autenticidad en nuestra sociedad. ¿Qué valor tiene un doctorado, una licenciatura o cualquier título si no refleja el esfuerzo y el conocimiento? El camino hacia una sociedad más justa y transparente empieza por desmantelar las estructuras que permiten y promueven esta falsificación de méritos. En un país donde la apariencia a veces supera a la sustancia, es hora de recordar que el verdadero prestigio no se puede comprar.

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