Una historia que comenzó con una jeringa, algodón y alcohol
En la comunidad de Huitzitzilingo, enclavada en la sierra hidalguense, una mujer transformó un acto de ayuda en un legado. María Magdalena Hernández, con una jeringa de vidrio y sus conocimientos heredados, fue a aplicar una inyección al vecino. Pero al llegar, una urgencia mayor la esperaba: Sofía, una joven del pueblo, estaba a punto de dar a luz.
Ese día, hace más de cuatro décadas, nació también la vocación de María como partera. Hoy, a sus 76 años, aunque ya no atiende partos, sigue vigilando embarazos y guiando a mujeres de entre 12 y 40 años, quienes la buscan con confianza y respeto.
Heredera de un linaje de sanadoras
María no llegó a la partería por accidente. Nació en una familia de médicos tradicionales: su madre fue partera y su padre, curandero. Ese linaje de sabiduría no solo sigue vivo en ella, sino también en uno de sus hijos, quien se graduó como médico y trabaja en el mismo pueblo.
María es parte de una cadena de transmisión oral y espiritual. Su práctica combina el conocimiento de la tierra con la fe, las hierbas con la oración, el cuerpo con el alma.
Reconocimiento sin transformación: patrimonio cultural vivo
En 2021, el gobierno de Hidalgo la reconoció como patrimonio cultural vivo. Un año después, con la reforma al artículo 2 constitucional, la partería fue reconocida oficialmente como parte de la medicina tradicional indígena.
Pero, más allá del diploma, unos anteojos y una despensa, su realidad no ha cambiado. María lo sabe. Aunque agradece el gesto, la falta de apoyos reales a su labor y la de otras parteras rurales revela la distancia entre el discurso institucional y las necesidades concretas.
Hierbas, masajes y fe: así cuida a las madres y a sus hijos
María no necesita ecógrafos ni uniformes médicos. Utiliza plantas como el ticuiliche para calmar dolores estomacales, masajes ventrales para confirmar el embarazo, ejercicios de respiración y remedios herbolarios que ayudan en el parto.
También atiende a los recién nacidos cuando no hay servicios médicos disponibles. Cuando un bebé llega con problemas para evacuar, ella lo soba, le coloca el termómetro con cuidado y realiza un procedimiento que, entre gritos, libera el cuerpo del pequeño. Sus manos, acostumbradas a sanar, alivian donde otros no llegan.
La deuda que siempre regresa… y nunca se cobra
Muchas mujeres quedan en deuda con ella. María lo menciona sin rencor: “Las recibo otra vez en el siguiente embarazo. Les recuerdo que no pagaron, y prometen hacerlo. Pero ya se alivian y se les olvida. Yo no voy a andar cobrando. Ya están grandes, ya saben a dónde deben”.
En la región, existe incluso una tarifa no escrita: el parto de una niña cuesta 400 pesos; el de un niño, 500. Una muestra clara de la cultura patriarcal que aún pesa sobre muchas comunidades.
Un vínculo de confianza más allá del idioma
Para la Secretaría de Salud, la medicina tradicional indígena es un conjunto de saberes acumulados por los pueblos originarios. En comunidades como Huitzitzilingo, donde el español convive con el náhuatl, la presencia de una partera que habla el mismo idioma, comparte la misma cosmovisión y entiende los silencios es invaluable.
Las madres se sienten vistas, comprendidas y acompañadas por alguien que no solo atiende su cuerpo, sino también su historia y su entorno.
“Dios me dio el don para hacer este trabajo”
María habla con humildad. No se autoproclama sabia, ni se queja de la falta de recursos. Dice que fue Dios y la Virgen María quienes le dieron el don, las hierbas y las flores para sanar. Lo repite con devoción y con orgullo, sabiendo que lo que ella ofrece no se enseña en facultades ni se compra en farmacias.
La partería como resistencia y legado
La historia de María Magdalena Hernández no solo es testimonio de sabiduría ancestral, sino también una denuncia silenciosa sobre la falta de reconocimiento real a las mujeres que, desde las comunidades, sostienen la salud materna y neonatal en México.
Mientras el sistema de salud enfrenta saturación, desconfianza y lejanía, mujeres como María siguen ahí, con sus manos, sus plantas y su fe, demostrando que otra forma de cuidar la vida no solo es posible, sino necesaria.


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