Si bien el respeto al derecho reproductivo de las mujeres para el ejercicio de la maternidad es una garantía para quienes deciden ser madres, no las exime de que les sean violentados otros derechos humanos; por el contrario, parece ser que el rol de ser madre las encierra en una especie de burbuja en la cual solamente es importante la práctica de la crianza.
En ese sentido, la reproducción humana como derecho reproductivo ha llevado a algunas mujeres que deciden ejercer la maternidad a través de un embarazo propio a una serie de inequidades e injusticias en su calidad de vida. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), el pasado 4 de julio del presente año, dio a conocer un informe donde por primera vez coloca a las madres como titulares de sus derechos humanos y reconoce la discriminación sistémica que viven desde el momento del embarazo y que trastoca varias esferas de su vida social, económica y de atenciones.
De la lista de temas que reflexiona la ONU en el informe, retomaremos solo dos en esta ocasión. Uno es lo relacionado con la carencia de la seguridad económica en torno al parto. La ONU menciona que existen mundialmente 800 millones de mujeres sin seguridad económica. El otro tema evoca lo relacionado con los cuidados no remunerados, donde ellas lo ejecutan 2.5 veces más que los hombres. Ambos casos están interrelacionados con las actividades tanto no remuneradas como remuneradas, para las que adquieren un ingreso. Reflexionemos estos puntos para el caso de México.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reportó que en el mes de mayo de 2026, 7 de cada 10 mujeres mexicanas mayores de 15 años son madres. De este grupo, en términos laborales, menciona que las madres le dedican a labores domésticas un promedio 20.5 horas semanales, a lo que se le suma 17.3 horas a cuidados no remunerados a la niñez o personas que requieren de cuidados, ya sean personas adultas, enfermas o con discapacidad. Las madres trabajadoras remuneradas representan el 64.4%, la mitad de ellas recibe mensualmente un salario mínimo, esto es 9582.47 pesos, y si le sumamos que el 30% de los hogares mexicanos está encabezado por jefas de familia, podemos ver una clara precariedad de seguridad económica en las madres mexicanas.
En un estudio realizado por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) se menciona que la brecha en la participación laboral entre mujeres y hombres se acentúa con la presencia de las y los hijos, para el caso de los hombres la inserción laboral aumenta, lo contrario para las mujeres. El 88% de ellas que no ejercen un trabajo remunerado, se dedican al hogar, y los hombres en la misma condición representan solo un 17%. Otro dato a destacar es que aquellas madres que cuentan con un trabajo remunerado y formal, 8 de cada 10 ajustan sus horarios y cargas laborales, mientras los padres solo la mitad de ellos realizan cambios laborales.
En lo relacionado con la seguridad económica en torno al parto, haciendo cuentas, según la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef), el costo de un hijo desde su nacimiento y durante su primer año de vida varía según el uso de servicios de salud privados o públicos. El promedio es de 90,000 y 350,000 pesos. Dentro de estos costos se encuentra lo relacionado con los pagos mensuales que corresponden a artículos de higiene, alimentación y atención pediátrica. La suma mensual oscila entre 3,000 y 120,000 pesos; y por supuesto dentro de la inversión económica del parto no es contemplada la salud mental de la madre, que como se ha mencionado en otro momento en esta misma columna de opinión, la salud mental materna es necesaria como parte del ejercicio de las maternidades saludables.
Vemos cómo las madres mexicanas, como bien lo expone la ONU en su informe, viven con una discriminación sistemática que disminuye su calidad de vida. Esto último es conveniente reflexionarlo, considerando la diversidad de las realidades de las madres. Para ello, retomemos el concepto de la feminización de la pobreza, el cual hace alusión en demostrar cómo se presentan las brechas de desigualdad entre hombres y mujeres, por el hecho de pertenecer a uno u otro género, donde los hombres en la sociedad androcéntrica tiene mayor posibilidades de crecimiento que las mujeres. Este concepto permite acercarnos en primer momento a la heterogénea pobreza en la que se encuentran las madres versus los padres, resultado de la inequidad de oportunidades laborales y, por ende, económicas de las madres, las cuales van en aumento según sus condiciones sociales, económicas, grupo etario y étnico al que pertenezcan.
Lo anterior contribuye en la creciente brecha de género, en la pobreza, presentando mayores desventajas las madres en comparación con los padres en términos de la condición humana. Todo lo expuesto, reafirma la importancia de que aún hay mucho que hacer en la búsqueda de la equidad y responsabilidad entre los roles de género al crear una familia.
Por ejemplo, hacer hincapié en dejar de ver que la maternidad no implica solo el cuidado de las y los hijos es fundamental que se vea a las madres como personas que tienen derechos con igualdad en todos las esferas sociales; además, debe considerarse la construcción de políticas públicas en el campo laboral que les permita a las madres menos sacrificios y más seguridad económica.
FB: @mayra.chavezcourtois


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