El 26 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Embarazo Adolescente, lo que nos lleva a recordar en cifras cómo está América Latina en este aún grave y preocupante problema de salud pública que, al parecer, faltan años luz para su erradicación.
En otro momento, en esta misma columna, ya había mencionado que América Latina, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés), es la segunda región del mundo con embarazos tempranos y, obvio, no planeados, representando más de 1.6 millones de este grupo de chicas teniendo hijos con una tasa específica de fecundidad adolescente (TEFA) de 51 y 52 nacimientos por cada 1,000 mujeres de 15 a 19 años en el 2025.
En México, en 2025, según datos de la Secretaría de Salud, del grupo de adolescentes de entre 15 y 19 años 5.2% son madres, siendo la TEFA de 45.2, representando más de dos millones de madres adolescentes en el país. Además menciona que de 21 a 22 nacimientos diarios en promedio son de niñas menores de 15 años de edad.
Después de recordar con los datos este triste y preocupante problema de salud pública, en el cual desafortunadamente viven las adolescentes, considero importante reflexionar sobre la campaña de apoyo para este grupo etario que realizó recientemente la Organización Panamericana de Salud (OPS) dentro del marco de la Semana de Prevención del Embarazo Adolescente en América Latina, realizada entre el 14 y el 20 de septiembre. Es interesante que la difusión de esta campaña de sensibilización estuvo bajo el lema: “Ayudando a las madres adolescentes a prosperar: prevenir embarazos recurrentes no planificados y construir futuro saludable”, con la intención de que las madres adolescentes tengan un futuro próspero.
Lo anterior es relevante por el hecho de que cuando se conversa sobre embarazo adolescente comúnmente nos enfocamos al momento reproductivo. En diversos estudios académicos se han documentado las consecuencias sociales, económicas, emocionales, entre otras, que persiguen a la adolescente al saberse embarazada. Pero es raro que las personas y el Estado se pregunten después del parto qué va a pasar con la vida de esa adolescente, y me refiero como persona, más allá de la maternidad.
Con esto último, y con el afán de visibilizar y sensibilizarnos, les comparto brevemente uno de tantos panoramas de adolescentes que son madres. Pero antes de describir, les menciono que lo expuesto es información de una parte del trabajo de campo que actualmente estoy realizando.
Pensemos en 20 adolescentes madres, de las cuales 16 se embarazaron a los 15 años o menos; la mayoría dejó de estudiar, en el mejor de los casos terminaron la secundaria; 15 de ellas viven con la mamá. Y aquí los varones brillan por su ausencia, me refiero al padre de la madre adolescente, y al padre del hijo o hija de la adolescente. Solamente en dos casos la pareja es proveedora. Cabe mencionar que tanto ellas como ellos son adolescentes, es decir, en su mayoría ambos se embarazaron entre los 12, 13, 14 y 15 años de edad; solo en dos casos el varón era mayor de edad. Aunado a lo anterior, 19 de las 20 viven con una familia social y económicamente vulnerable, en pequeñas viviendas que comparten en promedio ocho personas.
Con este escenario, pensemos cómo y de qué viven las madres adolescentes, y cuáles son sus opciones de crecimiento, tanto educativas, profesionales y económicas actuales y futuras que podrían tener estas chicas. Dejemos las respuestas de tarea.
Este breve panorama sobre la situación de este grupo de madres adolescentes, también nos obliga a reflexionar sobre la ausencia de los varones ante la presencia de un embarazo adolescente, en el cual las madres adolescentes son a quienes les toca salir a flote solas con un compromiso que debería ser de dos.
Esto nos lleva a reflexionar: ¿qué tanto se está trabajando con las masculinidades jóvenes en el ámbito de la prevención y responsabilidad de los embarazados no planeado? Sería conveniente que desde la cotidianidad se conversara sobre las implicaciones de RESPONSABILIDAD con los varones adolescentes, colocando primeramente la prevención, y en caso de la presencia de un embarazo colocar la responsabilidad que deben asumir. Esto es una forma de verdadera incorporación de la perspectiva de género en la prevención del embarazo adolescente.
Y solo para finalizar, recordemos que la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes (ENAPEA) 2015 se planteó como objetivos reducir en 50 por ciento la tasa de fecundidad de las adolescentes entre 15 a 19 años para el año 2030 y erradicar embarazos en niñas de 14 años o menos. Pues ya nos encontramos en septiembre de 2026 y, según información del Consejo Nacional de la Población (CONAPO), solamente se ha logrado a la fecha disminuir un 16.7% los nacimientos en adolescentes entre 15 a 19 años.
Con las cifras anteriores, queda claro que es imposible lograr el compromiso. Entonces, ante esa situación, el Estado tendría que comprometerse en garantizarles a las madres adolescentes las condiciones para un futuro próspero y de crecimiento como lo propone la OPS. Además de intensificar programas, acciones y políticas públicas para la prevención del embarazo considerando la realidad del papel inequitativo que juega la adolescente vs. el adolescente cuando se presenta un embarazo no planeado.


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