En la narrativa histórica mexicana, Agustín de Iturbide ocupa un lugar singular: es el caudillo que logró consolidar la independencia de México, pero también el personaje que terminó en el ostracismo tras ser condenado como traidor y ambicioso. Esta dualidad, única en la historia de las naciones, ha hecho que su legado oscile entre el honor y el olvido.
La gesta de un líder clave en la independencia
El papel de Iturbide en el Plan de Iguala
En 1821, Iturbide pactó con Vicente Guerrero el Plan de Iguala, un acuerdo que unió a realistas e insurgentes en una causa común: la independencia de México. Este acto dio paso al Abrazo de Acatempan y sentó las bases del Ejército Trigarante, que marcó la victoria definitiva frente a España.
A pesar de este triunfo, las ambiciones políticas del líder lo llevaron a proclamarse emperador de México en 1822, lo que desató divisiones internas y eventualmente lo condenó al exilio y posterior ejecución en 1824.
El homenaje póstumo que lo reintegró al panteón nacional
La exhumación de Iturbide: un acto de reconciliación
En 1838, bajo el gobierno de Anastasio Bustamante, se ordenó trasladar los restos de Iturbide desde Padilla, Tamaulipas, donde había sido ejecutado, hasta la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Este acto buscaba reconciliar su memoria con la nación, reconociendo su papel como el “autor de la Independencia”.
El traslado fue un evento solemne que incluyó ceremonias en cada localidad por donde pasó la urna. La llegada a la capital estuvo marcada por disparos de cañones y repiques de campanas, culminando con unas exequias que reunieron a miles de personas en la Catedral.
Los versos y el epitafio que celebraron su legado
Homenajes literarios al libertador
Durante las ceremonias, poetas de la época como Joaquín Navarro, Juan Nepomuceno Lacunza y Manuel Tossiat Ferrer rindieron tributo al emperador con versos cargados de patriotismo:
“Miró de los tiranos la agonía;
Libró a la patria del dominio ibero,
Y abierta le esperó la tumba fría
Al volver del país del extranjero.”
El mausoleo de mármol en la capilla de San Felipe de Jesús en la Catedral Metropolitana albergó sus restos, con un epitafio escrito por José María Tornel que inmortalizó su contribución:
“Agustín de Iturbide, autor de la Independencia. Compatriota, llóralo. Pasajero, admíralo.”
El olvido en el siglo XX y su lucha por el reconocimiento
Un héroe incómodo en la historia oficial
A partir de 1921, en el marco de las celebraciones por el centenario de la independencia, Iturbide fue relegado por un discurso histórico que privilegiaba figuras como Hidalgo, Morelos y Guerrero. Su proclamación como emperador y su ejecución lo marcaron como un símbolo de traición y ambición desmedida, opacando sus logros.
Sin embargo, en años recientes, historiadores y académicos han comenzado a reivindicar su papel como pieza clave en la consumación de la independencia.
Reflexión final: ¿debe Iturbide regresar al panteón de héroes nacionales?
La historia de Agustín de Iturbide nos invita a reflexionar sobre cómo los héroes son construidos y deconstruidos según las necesidades políticas de cada época. Reconocer sus errores no debería impedirnos valorar su contribución a la independencia de México.
Rescatar su memoria no implica justificar sus fallos, sino comprender que la historia está llena de luces y sombras, y que la construcción de una nación requiere de figuras complejas como Iturbide.
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