Mantener la atención de niñas y niños en el salón de clases se ha convertido en uno de los mayores desafíos para el sistema educativo. El uso constante de celulares, redes sociales y otras plataformas digitales está modificando la forma en que los estudiantes aprenden, se relacionan y enfrentan los retos escolares, advierten especialistas, docentes y autoridades educativas.
Las advertencias no apuntan a rechazar la tecnología, sino a encontrar un equilibrio que permita aprovechar sus beneficios sin afectar el desarrollo de las nuevas generaciones.
El secretario de Educación Pública, Mario Delgado, explica que el problema ya no se limita al tiempo que niñas y niños pasan frente a una pantalla en casa, sino que sus efectos se reflejan directamente dentro del aula. Señala que maestras y maestros enfrentan cada vez mayores dificultades para mantener la concentración de sus alumnos, quienes están acostumbrados a la inmediatez de los contenidos digitales y a recibir estímulos constantes durante todo el día. “El reto es sostener la atención de los niños y de las niñas”, afirma.
El funcionario explica que una sola notificación en el teléfono puede interrumpir el proceso de concentración durante varios minutos. De acuerdo con datos de la UNESCO, después de recibir una notificación una persona puede tardar hasta 20 minutos en recuperar plenamente la atención en la actividad que realizaba. Y en un entorno escolar donde la comprensión de un tema depende precisamente de escuchar, leer, preguntar y reflexionar, estas interrupciones representan un obstáculo importante para el aprendizaje.
Aprender, pero sin prisa
La pedagoga e investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México, Yareni Annalí Domínguez Delgado, afirma que la tecnología no sólo cambió las herramientas con las que estudian los alumnos, sino también la manera en que procesan la información. Argumenta que la llamada “inmediatez digital” está desplazando la atención profunda y sostenida por una atención fragmentada, en la que el cerebro cambia constantemente de un estímulo a otro sin detenerse a analizar la información con calma.
La especialista señala que esta dinámica favorece respuestas rápidas, pero dificulta procesos esenciales para el aprendizaje, como investigar, comparar información, cuestionar ideas, reflexionar y construir conocimiento propio. “El reto de nuestras escuelas no es competir con la velocidad de las pantallas, sino recuperar estos espacios para la pausa, para la atención, para los vínculos y, sobre todo, el pensamiento profundo”, afirma.
Domínguez también advierte que el problema rebasa el aspecto académico, pues las plataformas digitales y sus algoritmos influyen en la forma en que niñas, niños y adolescentes se relacionan con otras personas, consumen información e incluso construyen su identidad. Además, señala que muchos menores tienen dificultades para distinguir quién está realmente detrás de una pantalla o identificar cuándo están siendo influenciados por contenidos diseñados para captar su atención durante el mayor tiempo posible.
Frente a este panorama, la investigadora propone fortalecer la llamada competencia mediática crítica. Esto significa que los estudiantes no solo aprendan a utilizar dispositivos electrónicos, sino también a evaluar la información que reciben, identificar noticias falsas, reconocer los sesgos presentes en internet y tomar decisiones de manera autónoma. En su opinión, la escuela debe seguir siendo un espacio donde el diálogo, la reflexión y la convivencia humana estén por encima de los algoritmos y las métricas de las plataformas digitales.
LO QUE CAMBIÓ DENTRO DEL SALÓN DE CLASES
Desde su trabajo cotidiano, Sandra Ortega Rivero, profesora de educación primaria con tres décadas de experiencia frente a grupo, relata cómo ha observado una transformación gradual en el comportamiento de sus alumnos conforme los dispositivos digitales se volvieron parte de la vida diaria.
La docente recuerda que antes de la pandemia por covid-19 era común que las niñas y los niños investigaran, consultaran libros, formularan preguntas y participaran activamente en clase. Hoy, explica, muchos llegan con dificultades para concentrarse, muestran menor tolerancia a la frustración cuando una actividad no les resulta atractiva y presentan una menor disposición para mantener conversaciones con sus compañeros. A ello se suma una disminución en la convivencia familiar, situación que también termina reflejándose en la escuela.
La profesora Ortega aclara que las pantallas no representan un problema por sí mismas, pues pueden enriquecer el aprendizaje cuando forman parte de una estrategia pedagógica, por ejemplo mediante recursos digitales que complementan los contenidos escolares. Sin embargo, advierte que cuando no existe regulación ni acompañamiento, los dispositivos terminan desplazando la atención, reduciendo la convivencia e interfiriendo con el desempeño académico.
“La mejor estrategia es el acompañamiento, la presencia, el diálogo y el tiempo compartido con las niñas y con los niños”, afirma.
EL PAPEL DE LA FAMILIA ES DETERMINANTE
El Gobierno de México insiste en que el reto no corresponde únicamente a las escuelas, sino que madres, padres y cuidadores desempeñan un papel fundamental para ayudar a niñas y niños a desarrollar hábitos digitales saludables.
El secretario de Educación, Mario Delgado, sostiene que no se puede dejar solos a los docentes frente a este fenómeno y subraya la necesidad de que familias, escuelas y autoridades trabajen de manera conjunta para recuperar la capacidad de concentración de los estudiantes y preservar el aula como un espacio de aprendizaje que ninguna pantalla puede sustituir.
La presidenta Claudia Sheinbaum retoma este punto al señalar que uno de los efectos más preocupantes aparece cuando los dispositivos sustituyen la convivencia familiar.
“Cuando las pantallas sustituyen la convivencia familiar se debilitan los vínculos”, afirma.
Sheinbaum dice que momentos cotidianos, como las comidas o las conversaciones al finalizar el día, se están perdiendo porque cada integrante de la familia permanece concentrado en su teléfono celular, reduciendo el diálogo y la comunicación entre padres e hijos.
La mandataria también llama la atención sobre un fenómeno que apenas comienza a analizarse: el impacto de la inteligencia artificial en la educación.
Explica que estas herramientas ofrecen respuestas inmediatas a prácticamente cualquier pregunta, lo que puede desalentar procesos como investigar, comparar fuentes o desarrollar el razonamiento propio, habilidades indispensables durante la infancia y la adolescencia.
Además, la presidenta se dice preocupada porque algunos jóvenes ya recurren a sistemas de inteligencia artificial para buscar orientación emocional o psicológica. Si bien reconoce que estas tecnologías pueden resultar útiles en distintos ámbitos, advierte que no deben sustituir el acompañamiento de profesionales cuando se trata de temas relacionados con la salud mental. “Puede tener su apoyo, pero también tiene sus riesgos”, señala.
UN DEBATE QUE CONTINUARÁ EN MÉXICO
Aunque el debate nacional sobre el uso de redes sociales y dispositivos electrónicos entre menores comenzó hace más de un mes, a iniciativa del Gobierno de México, la presidenta Claudia Sheinbaum adelanta que la discusión seguirá abierta y que en las próximas semanas continuarán presentándose análisis y experiencias de especialistas, docentes y otros sectores para enriquecer la conversación pública.
La mandataria reitera que el objetivo no es prohibir la tecnología por sí misma, sino comprender mejor sus efectos, construir consensos y definir cuál debe ser el papel de celulares, redes sociales, inteligencia artificial y otras herramientas digitales dentro del proceso educativo.
En su opinión, sólo mediante una discusión amplia entre autoridades, maestras, maestros, madres, padres y especialistas será posible tomar decisiones que beneficien el aprendizaje y el desarrollo de las futuras generaciones.
