En Washington, la noticia cayó como un trueno: en plena madrugada, Jerusalén lanzaba su ofensiva contra Hamas en Gaza. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, no dudó en respaldar la operación liderada por Benjamín Netanyahu. Sin embargo, el apoyo no llegó sin advertencias.
Desde la Casa Blanca, la instrucción fue clara: proteger la vida de los rehenes y multiplicar la ayuda humanitaria para los miles de palestinos desplazados.
Una alianza bajo presión
Trump y Netanyahu mantienen un canal de comunicación al más alto nivel. El Pentágono colabora con inteligencia y armamento, pero existe una línea roja: si Israel excede el uso de la fuerza y provoca una crisis humanitaria mayor, Washington podría suspender la asistencia militar, como ya ocurrió con Ucrania en el pasado.
“Corremos con miedo a que una ofensiva desmedida complique toda la región”, reveló un asesor del Consejo de Seguridad Nacional.
Los rehenes, prioridad urgente
En este tablero geopolítico, los rehenes se han convertido en el núcleo de la tensión. Hay 20 personas vivas y 30 muertas en manos de Hamas. Trump había diseñado una propuesta integral para su liberación, pero el ataque israelí se adelantó a sus planes.
Diplomacia congelada
Uno de los mayores objetivos de Trump era sumar a Arabia Saudita a los Acuerdos de Abraham para reforzar la paz en Medio Oriente. Sin embargo, la ofensiva israelí y la negativa de Netanyahu a pactar con Hamas han enfriado cualquier acercamiento con Riad y puesto en alerta máxima a la Liga Árabe.
Diferencias estratégicas
Aunque Washington y Jerusalén coinciden en derrotar a Hamas y liberar a los rehenes, divergen en el plan a largo plazo para Gaza.
- Netanyahu: mantener el control israelí sobre la Franja hasta nuevo aviso.
- Trump: involucrar a la Autoridad Nacional Palestina y socios de la Liga Árabe en la administración.
“Hay muchos objetivos comunes, pero no siempre coincidimos en el cómo”, explicó JD Vance, vicepresidente de EE. UU.
Cautela en tiempos de tensión
La ofensiva israelí, la división interna en el Partido Republicano y las repercusiones globales obligan a Trump a moverse con extrema prudencia. Respaldar a Israel sí, pero sin comprometer la estabilidad global ni su propia agenda política.
En Medio Oriente, cada decisión puede ser el inicio de una guerra más amplia o el primer paso hacia la paz. Y en ese frágil equilibrio, Estados Unidos camina sobre una cuerda floja diplomática.


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