En Texas Hill Country, los campamentos de verano no son solo una opción recreativa: son una institución. Desde hace más de 100 años, niños de Houston, Dallas y otros puntos del país encuentran en las frescas orillas del río Guadalupe un espacio para crecer, aprender y forjar amistades que duran toda la vida.
Pero este 4 de julio, ese refugio de sol, juegos y tradiciones quedó devastado. Una serie de inundaciones arrasó con estructuras, interrumpió programas y, peor aún, cobró vidas humanas, entre ellas la de Jane Ragsdale, directora del campamento Heart O’ the Hills, ícono de generaciones enteras.
De oasis infantil a zona de desastre
Campamentos como Camp Mystic, al que asistieron hijas de presidentes y primeras damas como Laura Bush, pasaron de ser escenarios de libertad y formación a escenas de dolor y desconcierto. Decenas de niñas permanecieron desaparecidas tras la crecida repentina del río. La imagen de los padres esperando noticias, algunos reconociendo pertenencias en baúles embarrados, dejó una huella imborrable.
«Era el lugar más mágico que conocí en mi niñez», comentó John-Louis Barton, consejero y ex campista, con lágrimas al recordar su última temporada en Laity Lodge.
Un legado cultural y económico en riesgo
La pérdida no solo es emocional. La economía del condado de Kerr gira parcialmente en torno a estos campamentos. Muchos residentes actuales conocieron la región cuando eran niños, acampando entre árboles centenarios y noches estrelladas.
Joe Herring Jr., columnista local, lo resume con claridad: «Muchos se enamoraron de este lugar durante un verano. Luego decidieron quedarse para siempre».
El aprendizaje que perdura más allá del lodo
La autora Claudia Sullivan, quien vivió y documentó la experiencia campista en cuatro libros, asegura que estos veranos marcaron el carácter de miles de mujeres: «Mucho de lo que aprendimos ahí nos ha sostenido en la vida adulta», dijo tras ayudar en la evacuación de Camp Mystic.
Incluso en medio del caos, resurgieron valores fundamentales: cooperación, valentía, empatía. La comunidad respondió con generosidad, ayudando a familias, reconectando con niñas desaparecidas y salvando los restos de una historia viva.
La amenaza constante del clima extremo
No es la primera vez que el río Guadalupe muestra su cara más peligrosa. Desde las inundaciones de 1932, los campamentos han sido reconstruidos una y otra vez, reforzados para resistir, aunque nunca completamente a salvo. Pero este evento marcó una diferencia: la intensidad y velocidad de la inundación fueron sin precedentes.
La urgencia ahora no solo es emocional, sino también política y climática. ¿Podrán seguir existiendo estos espacios en medio de una crisis ambiental creciente?


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