En la madrugada de un viernes lluvioso en Beijing, la calma fue interrumpida por el sonido de sirenas y pasos firmes. Policías irrumpieron en varios templos cristianos no registrados, deteniendo a líderes religiosos que, durante años, habían dirigido cultos en la clandestinidad. Entre ellos estaba el pastor Ezra Jin, figura central de la Iglesia Sión, una de las congregaciones evangélicas más grandes e influyentes de China.
Lo que comenzó como una simple reunión de oración terminó convertido en un operativo nacional. Más de 30 pastores y empleados fueron arrestados en distintas ciudades —desde Shanghái hasta Chengdu— en lo que organizaciones de derechos humanos describen como una de las redadas más amplias de la última década.
Washington alza la voz
Desde Washington, el secretario de Estado Marco Rubio respondió con firmeza. El gobierno estadounidense exigió la liberación inmediata de los pastores cristianos y acusó al régimen de Xi Jinping de violar la libertad de religión garantizada por tratados internacionales.
La tensión diplomática entre ambos países crece, no solo por motivos comerciales o militares, sino por la defensa de valores fundamentales como la fe, la libertad y los derechos humanos. Para la Casa Blanca, el caso simboliza el rostro más autoritario del Partido Comunista Chino y su intento de controlar todas las expresiones sociales, incluso las espirituales.
La Iglesia que resiste
Fundada hace más de dos décadas, la Iglesia Sión se convirtió en un refugio para miles de fieles que buscaban practicar su religión sin la intervención estatal. Desde que fue clausurada oficialmente en 2018, su comunidad ha sobrevivido en la sombra: celebrando servicios en apartamentos, restaurantes y bares de karaoke.
A pesar de las amenazas y los arrestos, el número de creyentes ha crecido exponencialmente. Lo que antes era una congregación de mil quinientos miembros, hoy supera los cinco mil repartidos por toda China. La fe, lejos de apagarse, parece fortalecerse frente a la persecución.
Una represión cada vez más profunda
Bajo el liderazgo de Xi Jinping, el gobierno chino ha intensificado la llamada “sinización” de la religión, que busca alinear las prácticas religiosas con los valores del Partido Comunista. Esto ha implicado la destrucción de templos, la censura de Biblias digitales y la presión sobre los fieles para firmar renuncias formales a su fe.
Pastores, líderes y creyentes se enfrentan a detenciones arbitrarias, vigilancia digital y sanciones laborales. Para muchos, practicar su religión en libertad se ha vuelto un acto de resistencia civil.
Un eco global
La detención de los pastores de la Iglesia Sión ha despertado solidaridad internacional. Grupos cristianos en Europa y América Latina se han movilizado para denunciar los abusos y exigir acciones diplomáticas más contundentes.
Mientras tanto, la comunidad cristiana en China continúa orando, convencida de que su fe puede sobrevivir incluso en las condiciones más adversas. Para ellos, cada reunión secreta, cada himno susurrado y cada Biblia compartida en silencio son actos de esperanza frente al miedo.


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