¿Por qué hay estados donde nunca se sienten sismos en México?

¿Sabías que existen estados libres de grandes temblores? Descubre las razones científicas por las que no ocurren sismos en México dentro de estas regiones y qué zonas son las más seguras.

Los sismos en México son un fenómeno natural constante que suele encender las alarmas en el centro y sur del país. Sin embargo, el mapa de la sismicidad nacional revela un fuerte contraste: existen regiones enteras donde la tierra prácticamente no se mueve. Así, el mapa geológico nacional demuestra que la seguridad no es uniforme, otorgando al norte y al sureste una valiosa paz que redefine la prevención civil en todo el territorio.

Mientras los habitantes de la Ciudad de México o Oaxaca están habituados a los simulacros y a la alerta sísmica, en el norte y en el oriente de la República Mexicana la realidad es sumamente distinta. La explicación no es una cuestión de suerte, sino de una estricta configuración geológica.

Expertos del Servicio Sismológico Nacional (SSN) y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han categorizado el territorio en cuatro zonas de sismos, que van desde la A (prácticamente nula) hasta la D (de muy alta frecuencia).

La ciencia detrás de las zonas sin sismos en México

El secreto de la tranquilidad en estas entidades radica, principalmente, en la distancia de las fallas principales y los límites tectónicos. El motor de los grandes temblores en el país se localiza en la costa del océano Pacífico.

Allí, las placas de Cocos y de Rivera se hunden constantemente bajo la placa Norteamericana, un proceso geológico conocido como subducción que libera colosales cantidades de energía de forma regular y causa los sismos.

Por el contrario, estados como Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila se sitúan en el interior estable de la placa Norteamericana. Al estar a cientos de kilómetros de estas zonas de choque, la energía de las ondas elásticas se disipa mucho antes de alcanzarlos.

El escudo de roca caliza y el tipo de suelo

Además de la lejanía geográfica, la naturaleza del suelo juega un papel crucial para evitar catástrofes. El caso de la península de Yucatán es el ejemplo más claro de cómo la geología local sirve como un escudo natural.

Esta región está compuesta de manera predominante por una plataforma de roca caliza sólida, una estructura compacta que no acumula la tensión tectónica de la misma forma en que lo hacen los suelos blandos o los sedimentarios.

Al no existir fallas activas locales ni las condiciones mecánicas para que el subsuelo se fracture de forma violenta, es casi imposible la formación de epicentros locales significativos en esta zona del mapa, es decir, sismos. Por otra parte, cuando un terremoto de gran magnitud ocurre en las costas de Guerrero o Michoacán, las ondas viajan por el territorio, pero el tipo de suelo del noreste y sureste amortigua el movimiento en lugar de amplificarlo.

El Atlas Nacional de Riesgos clasifica a estas entidades en la Zona A. Esto significa que, formalmente, los registros históricos no reportan sismos en los últimos 80 años y no se esperan aceleraciones aceleradas del suelo mayores a un décimo de la gravedad. Conocer esta distribución de la sismicidad no solo es un dato curioso, sino una herramienta indispensable para el desarrollo urbano, la gestión de riesgos y la planeación de infraestructura segura a largo plazo.

Vivir en un territorio altamente sísmico exige prevención, pero también invita a comprender las maravillas de la geología mexicana, un territorio donde la tierra calla en el norte y ruge con fuerza en el sur. En definitiva, el mapa de la sismicidad nacional demuestra que la seguridad no es uniforme en el territorio. Mientras el sur y el centro del país enfrentan un monitoreo constante, el norte y la península de Yucatán gozan de una paz geológica invaluable. Comprender estas diferencias permite valorar el comportamiento de nuestro suelo y optimizar las estrategias de protección civil frente a cualquier contingencia futura.

Caro Ira
Caro Ira
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