La alimentación en el espacio siempre ha sido un desafío para las misiones tripuladas y, con el paso de los años, se ha convertido en un tema estratégico para la exploración lunar y marciana.
Lo que comenzó como simples pruebas para determinar si el cuerpo humano podía comer en microgravedad, hoy es un sistema complejo de alimentación que integra tecnología, nutrición avanzada y proyectos de producción sostenible fuera de la Tierra. A continuación, exploramos cómo comen los astronautas, qué innovaciones están transformando su dieta y por qué todo esto será determinante para el futuro de la humanidad más allá del planeta.
Evolución de la alimentación en el espacio
Los primeros experimentos sobre alimentación en el espacio ocurrieron hace más de seis décadas, cuando las prioridades eran únicamente que los alimentos fueran seguros, fáciles de consumir y no generaran migas que dañaran los instrumentos de las cápsulas. De hecho, el primer ser humano en comer fuera de la Tierra fue Yuri A. Gagarin, quien consumió pasta de carne y de hígado en tubos de aluminio durante la misión Vostok. Aunque estos envases resultaban poco apetecibles, permitieron comprobar que el aparato digestivo podía funcionar adecuadamente en ausencia de gravedad.
Con la llegada de las misiones Apolo, la introducción de agua caliente supuso un cambio fundamental. Esto permitió rehidratar alimentos liofilizados y acercarlos más a las comidas tradicionales, un avance clave para mejorar la calidad de vida de los astronautas durante estancias más largas.
La conservación de alimentos en el espacio sigue dependiendo de procesos como la deshidratación y la termoestabilización, que garantizan la inocuidad al eliminar microorganismos. Aunque estos métodos pueden reducir la calidad sensorial o nutricional, siguen siendo esenciales para que la comida se mantenga estable durante meses o incluso años.
Hoy, sin embargo, la alimentación en el espacio no solo se enfoca en cubrir necesidades energéticas. También debe ofrecer bienestar psicológico, variedad, sabor y, en el mejor de los casos, opciones de producción autónoma para misiones de larga duración.
Alimentación en el espacio y nuevas tecnologías para sobrevivir fuera de la Tierra
La creciente complejidad de las misiones espaciales ha impulsado proyectos que buscan soluciones radicales para lograr autosuficiencia alimentaria. Uno de los más ambiciosos es HOBI-WAN, desarrollado por la Agencia Espacial Europea (ESA) junto con Solar Foods. Esta empresa finlandesa creó Solein, un polvo rico en proteínas obtenido mediante fermentación bacteriana y que podría producirse incluso utilizando los recursos internos de una nave espacial.
Solein se fabrica en un biorreactor donde una solución bacteriana se alimenta de hidrógeno, oxígeno y dióxido de carbono. Su propuesta es revolucionaria: generar alimentos sin necesidad de tierra, luz solar o agricultura tradicional. En el futuro, estos elementos podrían obtenerse del sistema de soporte vital de la nave, lo que permitiría producir comida de forma continua durante años.
Los efectos de la microgravedad también influyen en la alimentación en el espacio. La falta de gravedad provoca pérdida de masa muscular y ósea, alteraciones en el metabolismo, cambios hormonales, disminución del apetito y desplazamiento de los fluidos corporales. Por ello, los astronautas requieren una dieta precisa que incluya entre 2,300 y 3,200 kilocalorías diarias, además de 500 kcal adicionales durante actividades extravehiculares. También deben consumir entre 800 y 1,200 mg de calcio para mantener la salud ósea.
Garantizar estas necesidades nutricionales, mientras se cuida la calidad del alimento, sigue siendo uno de los grandes retos de las agencias espaciales.
Avances recientes y futuro de la alimentación fuera de la Tierra
En los más de 25 años de ocupación continua en la Estación Espacial Internacional (EEI), las comidas han mejorado significativamente. La diversidad internacional ha permitido incorporar alimentos de distintas culturas, lo que también contribuye al bienestar emocional de las tripulaciones.
Una de las anécdotas más icónicas involucra al astronauta mexicano Rodolfo Neri Vela, quien solicitó tortillas para la misión Atlantis en 1985. Su utilidad fue inmediata: no generan migas y pueden envolver alimentos dulces o salados, lo que las convirtió en un básico de la cocina espacial.
Dado que la EEI no cuenta con refrigeración especializada para alimentos —solo enfriadores para bebidas y condimentos— los productos deben conservarse a temperatura ambiente. Por ello, las técnicas más utilizadas siguen siendo la liofilización, la termoestabilización y los empaques al vacío.
En los últimos años, la NASA también ha apostado por producir alimentos frescos mediante sistemas hidropónicos en invernaderos espaciales. Hace cerca de una década lograron cultivar con éxito lechuga romana en microgravedad, un logro que marcó el inicio de la agricultura espacial.
Sin embargo, las misiones a la Luna o Marte representan desafíos aún mayores. Más allá de los altos costos —enviar un kilo de comida al espacio cuesta aproximadamente 8 mil dólares—, los viajes prolongados requieren alimentos con una vida útil de hasta cinco años. Esto obliga a desarrollar nuevas tecnologías de conservación y producción.
Solein destaca por su alta eficiencia: es hasta 100 veces más eficaz en conversión energética y contiene cerca de un 78% de proteínas. En el espacio, su producción reemplazaría el amoníaco por urea como fuente de nitrógeno, integrando así los recursos disponibles dentro de la nave.
El futuro de la alimentación en el espacio dependerá de la sostenibilidad, la innovación y la adaptación a las condiciones extremas del entorno extraterrestre. La inteligencia artificial, los sistemas automatizados, los cultivos controlados y la biotecnología están transformando por completo la forma en que pensamos sobre la comida en misiones espaciales.
A medida que avanzamos hacia un escenario donde las bases lunares y las misiones tripuladas a Marte serán una realidad, la alimentación dejará de ser un simple insumo logístico y se convertirá en un símbolo de supervivencia, autonomía y evolución humana. Desde alimentos liofilizados hasta proteínas creadas con CO₂, los astronautas del futuro dependerán de un ecosistema alimentario totalmente nuevo, capaz de acompañarnos a conquistar otros mundos.


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