
La Federación Internacional del Automóvil (FIA), el máximo organismo rector del automovilismo mundial, ha anunciado una inesperada revisión de su estricta y muy criticada normativa sobre el comportamiento de los pilotos, en particular en lo referente al uso de lenguaje considerado soez o inapropiado. Esta medida ha sido recibida en el paddock con una mezcla de alivio contenido y un profundo escepticismo. Si bien la flexibilización de las sanciones podría interpretarse a primera vista como una victoria para los pilotos, quienes a través de la GPDA (Asociación de Pilotos de Grandes Premios) habían expresado reiteradamente su malestar y desacuerdo , no son pocas las voces autorizadas que ven en este movimiento una calculada y cínica maniobra de relaciones públicas por parte del cada vez más cuestionado presidente de la FIA, Mohammed Ben Sulayem, con el objetivo principal de intentar limpiar una imagen personal e institucional empañada por diversas y recientes controversias.
Durante meses, el polémico Apéndice B del Código Deportivo Internacional de la FIA, que otorgaba a los comisarios el poder de imponer fuertes multas económicas, suspensiones de carreras o incluso la pérdida de puntos en el campeonato por acciones que pudieran causar «daño moral o pérdida a la FIA, sus organismos, sus miembros o sus directivos» o por cualquier tipo de «mala conducta» , incluyendo el lenguaje considerado inapropiado o malsonante, fue un importante motivo de tensión y enfrentamiento. Pilotos de la talla de Max Verstappen llegaron a mostrarse visiblemente comedidos y casi autocensurados en sus declaraciones públicas y en las comunicaciones por radio por temor a posibles y severas represalias. La propia GPDA, entonces presidida por George Russell, había criticado duramente la aproximación de la FIA a este asunto, señalando con ironía que sus miembros «son adultos» y no necesitan que se les den instrucciones a través de los medios sobre «asuntos tan triviales» como qué pueden decir o cómo deben expresarse en momentos de máxima tensión.
Ahora, de forma sorpresiva, la FIA parece dar un paso atrás, o al menos eso intenta aparentar. Se reducirá el monto máximo de algunas multas (por ejemplo, de 10,000 a 5,000 euros para ciertas infracciones consideradas menores) y, lo que es más crucial y llamativo, se establecerá una distinción entre el lenguaje utilizado en «entornos no controlados» (como las comunicaciones por radio entre el coche y el equipo o las grabaciones realizadas en pista durante la competición) y aquellos entornos que sí se consideran controlados, como ruedas de prensa o entrevistas formales. Mohammed Ben Sulayem ha intentado justificar estos cambios apelando a su pasado como piloto: «Como ex piloto de rally, entiendo de primera mano la gama de emociones que se enfrentan durante la competición y la tensión del momento».
¿Un Gesto Genuino de Apertura o una Estrategia de Autopromoción?
Aquí es donde surge el escepticismo generalizado y las críticas más feroces. Numerosos críticos de la gestión de Ben Sulayem al frente de la FIA señalan que este anuncio «apesta a autopromoción» y a un intento desesperado por mejorar su imagen. Argumentan que el presidente de la FIA, conocido por su afán de protagonismo y su estilo de liderazgo a menudo calificado de «dictatorial» , se está pintando a sí mismo como el «reparador» de una controversia que él mismo, con sus decisiones y su enfoque inflexible, ayudó a crear y a escalar. En lugar de una admisión clara de error o un reconocimiento público de que la normativa anterior era excesiva y contraproducente, se presentan estos cambios como «mejoras» , un matiz semántico que no pasa desapercibido para nadie en el paddock y que suena a justificación.
El hecho de que este cambio de rumbo llegue después de una considerable y sostenida presión mediática, así como de las quejas formales de los propios pilotos y sus representantes, sugiere que la FIA podría estar más preocupada por gestionar su dañada imagen pública y por evitar un conflicto mayor que por abordar de raíz los problemas de comunicación, confianza y relación con los principales actores del deporte: los pilotos.
«El principio de mejora continua es algo en lo que siempre he creído y está en el corazón de todo lo que hacemos en la FIA.» – Mohammed Ben Sulayem, en el comunicado oficial.
Una declaración que, para muchos observadores críticos, suena más a un intento de justificación y a un ejercicio de relaciones públicas que a una sincera autocrítica o a una voluntad real de cambio.
La nueva diferenciación entre entornos controlados y no controlados para el uso de lenguaje soez parece, a ojos de muchos, una solución excesivamente burocrática y de difícil aplicación práctica a un problema que, para empezar, se originó en un exceso de celo regulatorio y en una visión un tanto anticuada de la comunicación en el deporte de élite. ¿Realmente se puede controlar o legislar la espontaneidad y la pasión de un piloto en los momentos de máxima tensión de una carrera de Fórmula 1?
El Largo y Sinuoso Camino Hacia una Relación Más Sana y Constructiva
Si bien cualquier medida que contribuya a reducir la tensión y a mejorar la relación entre la FIA y los pilotos es, en principio, bienvenida, este episodio deja varias preguntas importantes flotando en el aire. ¿Está la FIA, bajo el actual liderazgo, realmente dispuesta a entablar un diálogo más abierto, transparente y constructivo con los pilotos sobre las normativas que les afectan directamente en su día a día? ¿O seguiremos asistiendo a un ciclo repetitivo de imposición de reglas controvertidas, seguidas de «mejoras» o rectificaciones reactivas cuando la presión mediática y de los propios protagonistas se vuelve insostenible?
La credibilidad y la autoridad de la FIA como órgano rector del automovilismo mundial dependen fundamentalmente de su capacidad para ser percibida por todos los actores implicados como una entidad justa, coherente, transparente y, sobre todo, al servicio del deporte y de sus valores, y no de las agendas personales o los intereses particulares de sus dirigentes. La flexibilización de la llamada «ley mordaza» sobre el lenguaje de los pilotos es un pequeño paso, quizás en la dirección correcta, pero se necesitará mucho más que esto para convencer a los numerosos escépticos de que realmente se ha abierto una nueva era de entendimiento, colaboración y respeto mutuo. El foco ahora se centrará, inevitablemente, en cómo se aplican en la práctica estas «mejoras» y si otras áreas de fricción constante, como la alarmante inconsistencia en las sanciones en pista, también reciben la atención urgente y la revisión profunda que tanto merecen.
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