La FIA ha emitido una nueva sentencia, pero no en la pista, sino en sus propias filas. Al suspender al comisario Derek Warwick por opinar sobre una sanción, el órgano rector no defiende su integridad. Defiende su monopolio sobre la verdad, y el veredicto es alarmante.
El crimen: Hablar con franqueza
El acusado en este caso es Derek Warwick, un ex piloto de F1 y comisario de carrera de la FIA. Su «crimen» fue conceder una entrevista a una publicación en la que expresó su opinión profesional sobre una sanción impuesta a Max Verstappen en el Gran Premio de España. Verstappen había recibido tres puntos de penalización por sacar de pista a George Russell, dejándolo a un solo punto de una suspensión automática de una carrera. Warwick, en su análisis, calificó la sanción como «perfecta», argumentando que el piloto de Red Bull estuvo «absolutamente equivocado» en la maniobra. No reveló información confidencial. No insultó a nadie. Simplemente, emitió un juicio fundamentado, la esencia misma de su rol.
La sentencia: Exilio por honestidad
La respuesta de la FIA fue rápida y severa. El órgano rector suspendió a Warwick de sus funciones para el Gran Premio de Canadá, declarando que sus comentarios fueron «desaconsejables en su papel como comisario de la FIA». Warwick se vio obligado a emitir una disculpa pública para poder reanudar sus funciones en el futuro.
Este no es un incidente aislado. Es un patrón de conducta. A principios de año, la FIA despidió a otro comisario y ex piloto, Johnny Herbert, después de que este diera entrevistas a sitios de apuestas y se viera envuelto en una discusión pública con Jos Verstappen sobre la imparcialidad de las decisiones. El mensaje es inequívoco: los comisarios de la FIA pueden juzgar en la pista, pero no pueden explicar sus juicios fuera de ella. Su papel es aplicar las reglas, no fomentar su comprensión.
Veredicto del juez: La crisis de credibilidad de la FIA
La actuación de la FIA en el caso Warwick no es una defensa de la imparcialidad. Es una manifestación de su creciente crisis de credibilidad y un torpe intento de controlar la narrativa a expensas de la transparencia. Al silenciar a sus propios oficiales, la FIA no proyecta autoridad, sino miedo. Miedo a la crítica, miedo al debate y, sobre todo, miedo a que sus decisiones no resistan el escrutinio público.
Este patrón de conducta tiene consecuencias peligrosas:
- * Crea un efecto amedrentador: Otros comisarios, temiendo represalias, se abstendrán de cualquier comentario público, por muy inocuo o esclarecedor que sea. Esto convierte a los guardianes del reglamento en figuras mudas y anónimas.
- * Alimenta las teorías de conspiración: Cuando las decisiones se toman a puerta cerrada y no se permite ninguna explicación externa, los aficionados llenan el vacío con especulaciones sobre favoritismos, sesgos y acuerdos secretos. El silencio de la FIA es el mejor combustible para la desconfianza.
- * Socava la autoridad que pretende proteger: La verdadera autoridad no proviene de la imposición del silencio, sino de la confianza en la solidez de los propios argumentos. Al negarse a permitir que sus decisiones sean defendidas y debatidas abiertamente, la FIA admite implícitamente su fragilidad.
El veredicto de este tribunal es que la FIA, en su afán por presentar un frente unido y controlado, está logrando exactamente lo contrario. Está erosionando la confianza de los aficionados y de la comunidad del motor. La suspensión de Derek Warwick no es una medida disciplinaria; es un síntoma de una organización que valora más la opacidad que la integridad.


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