Mientras el rugido de los motores se apodera del Autódromo Hermanos Rodríguez, en las calles aledañas de Iztacalco y Venustiano Carranza se vive otra cara del Gran Premio de México. Baches, franeleros, vecinos inconformes y recuerdos entrañables, como el del “piloto canino” Fabbio, conforman un paisaje urbano que contrasta con la opulencia del evento más mediático del automovilismo en el país.
Calles agrietadas y obstáculos improvisados
En la colonia Agrícola Oriental, los vecinos han aprendido a convivir con los baches como si fueran parte permanente del entorno. Llantas, botes y tablas de madera sirven para marcar los agujeros del pavimento. “El de Sur 2 está por cumplir un año”, comenta un vendedor de periódicos que observa cómo los autos se orillan para esquivar los hoyos, aunque algunos terminan patinando o con fugas de aceite.
El deterioro vial se intensifica con el tráfico que genera el evento. Los visitantes intentan sortear los cráteres ocultos por los autos y los escombros, lo que multiplica el riesgo de accidentes. Las autoridades locales instalan señalizaciones temporales, pero los vecinos aseguran que los parches duran menos que la temporada de carreras.
Franeleros, baños improvisados y la economía paralela del GP
En cada esquina, la pregunta se repite: “¿Busca un lugar de estacionamiento?”. Los franeleros han convertido el fin de semana del Gran Premio en su propia temporada alta. Rentan espacios en patios o cocheras por 200 o 300 pesos, según la cercanía a las puertas del autódromo. Otros ofrecen el uso de baños, lavamanos o papel higiénico por 10 o 20 pesos.
La creatividad también florece entre los comerciantes, que ofrecen gorras, mochilas y playeras con diseños inspirados en Checo Pérez o en su nueva escudería, Cadillac, programada para debutar en 2026. Desde la Avenida 8 hasta el Viaducto Río de la Piedad, las banquetas se transforman en un mercado ambulante, vigilado por patrullas que conviven con los puestos y los autos estacionados.
El recuerdo de Fabbio, el perro piloto de Fórmula 1
Entre los visitantes que se acercan al autódromo destaca Jorge Alvarado, ciclista y carpintero, quien carga una figura de cartón de su perro Fabbio, un French poodle que solía acompañarlo a las carreras en un pequeño monoplaza de madera con alerones y neumáticos.
“Fabbio murió en abril pasado, tenía 16 años. Lo hospitalizaron, pero se le complicaron los intestinos. Venimos juntos a tres Grandes Premios”, cuenta conmovido, mostrando un gafete con el nombre y número de su mascota.
El recuerdo de Fabbio conmueve a quienes pasan cerca. Algunos toman fotos y videos, otros preguntan qué pasará con el cochecito de madera. Alvarado responde que su nueva compañera, Tammy, continuará con el legado del piloto canino, ahora como “la única perrita piloto de Fórmula 1”. Su historia, entre nostálgica y tierna, se ha convertido en un símbolo del amor por los animales y la pasión por el automovilismo.
Entre el glamour del evento y la vida cotidiana de los vecinos
Mientras en el autódromo se preparan las escuderías, afuera la vida sigue con sus tensiones habituales. “En 11 años viviendo en Granjas México, nunca me habían impedido pasar por la Fórmula 1”, dice Alejandra Martínez, vecina de la zona. “Tuve que explicarles a los policías que llevaba a mi hija a la escuela”.
El operativo de más de 3,900 policías y 400 unidades oficiales busca garantizar la seguridad de los asistentes, pero también complica la movilidad de quienes viven o trabajan en las colonias vecinas. Algunos residentes hablan de calles cerradas sin aviso previo o filtros que les impiden acceder a sus hogares, una situación que genera molestia año con año.
Un contraste que divide la ciudad
En el mercado de la colonia Puebla, un mural de Checo Pérez con los colores de Red Bull adorna un pequeño estacionamiento para bicicletas, usado por quienes prefieren evitar el caos vial. Mientras tanto, los taxistas hacen base en el Viaducto, moviéndose cada vez que aparece un agente de tránsito. “Avánzale, taxi, avánzale”, grita un oficial, aunque los mismos policías permiten que otros sigan apartando lugares con cubetas o conos.
El Gran Premio cumple 10 años desde su regreso en 2015, consolidado como uno de los eventos deportivos más rentables del país. Sin embargo, su celebración también revela las desigualdades de la Ciudad de México: de un lado, el brillo de un espectáculo global; del otro, los baches, la precariedad y el ingenio de quienes intentan aprovechar el momento para sobrevivir.
Una postal urbana de contrastes
En cada esquina, el ruido de los motores se mezcla con el golpeteo de los autos contra el pavimento roto. Los vendedores, franeleros y vecinos forman parte del retrato de un evento que trasciende el deporte y se convierte en una metáfora de la vida urbana mexicana: resiliente, improvisada, pero profundamente humana.
Mientras los aficionados esperan que suenen los himnos y arranquen los monoplazas, otros piensan en cómo llegar a casa sin ponchar una llanta o dónde estacionarse sin pagar una fortuna. Entre la euforia del circuito y la cotidianidad de las calles, Iztacalco late al ritmo desigual de la velocidad y la resistencia, con el recuerdo de Fabbio, el perro piloto, como un recordatorio tierno de que incluso en medio del caos, siempre hay espacio para la memoria y la ternura.


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