Durante años, la proteína fue un concepto asociado casi exclusivamente al deporte y la suplementación, pero actualmente aparece en panes, cafés, galletas, yogures, pastas y hasta postres indulgentes. ¿Qué cambió?
Datos de la firma de investigación de mercados Mintel muestran que los productos comercializados como “altos en proteína” se multiplicaron más de cuatro veces entre 2015 y 2025, pasando de menos de 300 lanzamientos a más de 1,200. El crecimiento de la oferta fue acelerado, incluso sin evidencia de una deficiencia poblacional generalizada.
El mercado acompañó esa expansión. Diversas consultoras estiman que el sector mundial de alimentos y bebidas enriquecidos con proteína superó los 60 mil millones de dólares en 2024 y mantiene tasas de crecimiento cercanas al 6% anual rumbo a 2030.
¿Más consumo o más percepción?
El International Food Information Council reportó que el porcentaje de consumidores en Estados Unidos que afirma “intentar consumir más proteína” pasó de 59% en 2022 a 71% en 2024. Es un salto en intención declarada, no necesariamente en necesidad clínica.
Organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y la Organización Mundial de la Salud establecen que un adulto promedio requiere alrededor de 0.8 gramos de proteína por kilogramo de peso corporal al día. En la mayoría de los países industrializados y en amplios sectores urbanos de América Latina, esa cifra suele alcanzarse sin recurrir a productos fortificados.
Lo que cambió no fue el requerimiento fisiológico, sino la percepción colectiva de que “más proteína equivale a más salud”. La fórmula es fácil de comunicar, cuantificable y técnicamente convincente. Y en marketing, eso basta.

El mito de la “proteína”
El fenómeno también tiene implicaciones económicas. Estudios citados por instituciones financieras como CoBank y firmas de análisis como Circana indican que los productos con reclamos “high protein” pueden venderse con sobreprecios de hasta 10% o 12% frente a sus versiones convencionales.
En bebidas listas para consumir, como los shakes lácteos y suplementos listos para beber, las ventas han crecido más de 70% en años recientes en Estados Unidos.
En México, aunque no existe una medición pública específica del crecimiento de la categoría fortificada, el comportamiento del retail y la expansión de marcas funcionales reflejan una tendencia similar: anaqueles dedicados, reformulaciones, extensiones de línea y campañas digitales centradas en músculo, energía y control de peso.
Restaurantes casuales y cadenas rápidas han incorporado bowls hiperproteicos, panes enriquecidos y postres con proteína añadida. Cafeterías venden bebidas con proteína vegetal y la panadería artesanal experimenta con harinas enriquecidas y mezclas funcionales.
La conversación culinaria se desplaza. Ya no solo importa el sabor o la técnica, sino los gramos que aporta un platillo. La proteína se convirtió en argumento comercial dentro de la hospitalidad.
Sin embargo, chefs y nutriólogos coinciden en que la calidad importa más que la cantidad. No es lo mismo proteína de alta biodisponibilidad proveniente de alimentos frescos que proteína aislada añadida a productos ultraprocesados.
¿Cuándo consumirla según los expertos?
Más allá del marketing, los especialistas señalan que la proteína debe distribuirse a lo largo del día. Consumirla en cada comida principal favorece la síntesis muscular y la saciedad, especialmente en adultos mayores o personas físicamente activas.
Después del ejercicio, incluir una fuente de proteína puede apoyar la recuperación muscular, pero no es necesario recurrir siempre a suplementos. En la mayoría de los casos, una alimentación equilibrada con huevos, legumbres, lácteos, carnes magras o alternativas vegetales cubre perfectamente los requerimientos.