Durante años se creyó que los virus respiratorios eran simples molestias pasajeras. Pero un nuevo análisis científico publicado en el Journal of the American Heart Association revela un panorama mucho más preocupante: las infecciones por COVID-19 o influenza pueden triplicar el riesgo de sufrir un infarto y aumentar hasta cinco veces la posibilidad de un accidente cerebrovascular.
El estudio, liderado por investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles, revisó más de 150 investigaciones previas sobre la relación entre virus e inflamación cardiovascular. Los resultados fueron contundentes: en las semanas posteriores a una infección viral, el corazón se vuelve especialmente vulnerable, incluso en personas jóvenes o sin antecedentes médicos.
El corazón, la víctima silenciosa de las infecciones
Ziyad Al-Aly, epidemiólogo de la Universidad de Washington, explicó que los virus “no suelen ser benignos”. Una infección que comienza en los pulmones puede desencadenar una tormenta inflamatoria en todo el cuerpo. Esa inflamación daña el endotelio —la capa interna de los vasos sanguíneos—, lo que favorece la formación de coágulos y bloqueos arteriales que pueden terminar en infarto.
Este efecto no es exclusivo del coronavirus. La influenza también multiplica por cuatro el riesgo de infarto durante el mes posterior a la infección, mientras que virus crónicos como el VIH, la hepatitis C o el herpes zóster aumentan gradualmente la probabilidad de sufrir una enfermedad cardiovascular con el tiempo.
Por qué los virus afectan tanto al sistema cardiovascular
Según el microbiólogo Daniel M. Musher, del Baylor College of Medicine, cuando una infección viral causa fiebre, el cuerpo demanda más oxígeno y el corazón trabaja a un ritmo forzado. Si hay placas de grasa en las arterias, esa presión puede hacer que se rompan, generando un coágulo que interrumpe el flujo sanguíneo.
En el caso del COVID-19, los científicos ya saben que el virus puede dañar directamente los vasos sanguíneos, incluso después de que la infección haya pasado. Este daño prolongado explica por qué algunos pacientes siguen presentando síntomas cardiovasculares meses o años después, un fenómeno conocido como long COVID.
Vacunarse y cuidar el corazón: la prevención más efectiva
La buena noticia es que la prevención es posible. Los especialistas recomiendan mantener al día las vacunas contra la influenza, el COVID-19 y el herpes zóster, no solo para evitar la infección, sino también para reducir el riesgo de complicaciones cardíacas.
Además, controlar factores de riesgo como el colesterol alto, la hipertensión, la diabetes y el tabaquismo sigue siendo fundamental.
“No podemos deshacer una infección pasada, pero sí reducir los riesgos futuros”, afirmó Al-Aly.
El mensaje es claro: las infecciones virales deben considerarse un nuevo factor de riesgo cardiovascular, al mismo nivel que la mala alimentación o la vida sedentaria.
Un llamado a la conciencia médica y social
Este estudio no solo amplía el conocimiento sobre la salud post-COVID, sino que invita a replantear la prevención. Cuidar el corazón ya no solo implica una buena dieta y ejercicio, sino también protegerse de los virus estacionales.
Cada vacuna aplicada, cada hábito saludable y cada chequeo médico contribuye a evitar que un simple resfriado se convierta en una emergencia cardíaca.
