La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) nació en 1990 como un instrumento vital para proteger a los ciudadanos de las violaciones cometidas por el propio Estado. Sin embargo, a 33 años de su creación, su misión parece haber dado un giro radical. La reciente reelección de Rosario Piedra Ibarra como titular de la CNDH ha sido recibida con duras críticas, calificándola como un acto más de centralización y sumisión al poder presidencial.
Una institución con raíces de valentía
Cuando Jorge Carpizo asumió la presidencia de la CNDH, la institución se posicionó como un órgano valiente, capaz de enfrentar incluso a instituciones poderosas como el Ejército. En 1999, se logró consolidar su autonomía, lo que la convirtió en un verdadero contrapeso frente a los abusos del poder.
Desde su creación, la CNDH se dedicó a documentar y denunciar violaciones graves como desapariciones forzadas, torturas y ejecuciones extrajudiciales. Era un símbolo de que el Estado podía mirarse en el espejo de la crítica y buscar reparar sus errores.
Pero ese espíritu parece haberse desdibujado.
La reelección de Rosario Piedra: un proceso desaseado
El Senado emitió una convocatoria para que los interesados en dirigir la CNDH presentaran sus candidaturas. El proceso prometía ser riguroso, basado en evaluaciones objetivas y méritos comprobables. Sin embargo, Rosario Piedra obtuvo una de las calificaciones más bajas entre los aspirantes.
A pesar de esto, la bancada mayoritaria cerró filas a su favor. La orden fue clara: garantizar la continuidad de una gestión que, según sus críticos, se ha caracterizado por la inacción en temas clave como:
- El desabasto de medicamentos, que afecta a millones de personas.
- Los abusos de la Guardia Nacional, particularmente en temas migratorios.
- La violencia contra periodistas, un tema alarmante en México.
- La crisis de desaparecidos, donde se demanda una postura más activa y firme.
La decisión ignoró las voces de organizaciones de derechos humanos y expertos que señalaban el debilitamiento de la institución.
¿Qué está en juego con esta reelección?
Una CNDH subordinada al Ejecutivo no solo pierde credibilidad, sino también su razón de ser. Se supone que debe ser un vigilante imparcial, capaz de señalar los errores y excesos del Estado. Sin embargo, con Rosario Piedra a la cabeza, los críticos temen que la institución se haya convertido en un instrumento político, más interesado en proteger al gobierno que a los ciudadanos.
El contexto de una centralización de poder
El caso de la CNDH no es aislado. Forma parte de un patrón en el que los organismos autónomos están siendo debilitados o absorbidos por el Ejecutivo. Esto no solo erosiona los contrapesos democráticos, sino que también reduce la confianza de los ciudadanos en las instituciones.
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