Gobernar es decidir, y esas decisiones rara vez son fáciles. En un país como México, con recursos siempre limitados frente a problemas que parecen infinitos, cada paso hacia una solución implica dejar otros asuntos en pausa. Este dilema, conocido en economía como costo de oportunidad, es el corazón de la gobernanza.
En los últimos años, México ha experimentado transformaciones drásticas en su vida pública. Cambios que han generado apoyo y rechazo, pero que siempre han girado en torno a una pregunta esencial: ¿dónde poner nuestras fichas y qué dejamos descobijado en el proceso?
La cobija corta: priorizar entre lo urgente y lo importante
Las decisiones gubernamentales recientes han estado marcadas por la eliminación de organismos autónomos, fideicomisos y estructuras que antes parecían intocables. Uno de los argumentos principales para justificar estos cambios es que eran «muy caros y servían para poco». La narrativa oficial presenta estas medidas como dilemas simples:
¿Preferimos invertir en transparencia y ciencia o destinar esos recursos a programas sociales que impacten directamente a las personas?
Aunque la pregunta parece razonable, el problema radica en que no siempre hay consenso sobre qué es realmente prioritario. Los organismos autónomos, criticados por su ineficiencia, fueron en su momento logros ciudadanos diseñados para proteger áreas clave de gobernanza.
¿Reparar o eliminar? Un debate sobre costos y beneficios
Los organismos autónomos como el INAI (Instituto Nacional de Transparencia) fueron creados para garantizar derechos básicos, como el acceso a la información. Sin embargo, al igual que otras instituciones, enfrentaron críticas por ineficiencia o poca utilidad práctica.
- Argumento a favor de eliminarlos:
La recentralización permite liberar recursos para necesidades más urgentes, como programas sociales o infraestructura. - Argumento en contra:
Reformar estos organismos sería menos costoso y evitaría retrocesos en áreas como transparencia y rendición de cuentas.
La historia de países desarrollados como Noruega o Reino Unido se ha usado como ejemplo de cómo recentralizar ciertas tareas puede ser positivo. Sin embargo, el contexto importa. Lo que funciona en países con sistemas sólidos no siempre es aplicable en México, donde las instituciones enfrentan retos únicos.
¿Qué significa gobernar en México?
Gobernar en México implica lidiar con problemas que van desde la inseguridad hasta la desigualdad social, todo mientras se enfrentan limitaciones presupuestales. Decisiones como la extinción de fideicomisos o la desaparición de órganos autónomos reflejan un cambio de prioridades.
Sin embargo, estas decisiones no se dan en el vacío. También son un reflejo del momento político actual, donde la ciudadanía busca alejarse de un pasado de corrupción y compadrazgos.
El dilema de las prioridades
Al final, el ejercicio de gobernar se reduce a una serie de elecciones entre lo urgente y lo importante. Cada decisión, desde cambiar las escaleras del Metro hasta recentralizar las tareas de transparencia, implica un costo.
La pregunta que queda es si estas decisiones realmente atienden las prioridades de un país como México, donde la «cobija corta» deja muchas áreas descobijadas.
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