¿Es hora de retomar el camino local para el Federalismo en México?

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El federalismo, como modelo político, es el eje de la Constitución de 1824, la primera gran ley fundamental de México como nación independiente. Inspirada en el modelo norteamericano, esta Constitución planteó una estructura de división funcional del poder público, distribuyendo responsabilidades entre el Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Sin embargo, al adoptar también una «división vertical» del poder —repartiendo competencias entre la federación y los estados—, surgió una realidad política que dista mucho de ser ideal.Y es que en Estados Unidos, el federalismo se traduce en un notable grado de autonomía para los estados, permitiéndoles atender de manera directa las necesidades de sus ciudadanos. México, por otro lado, ha vivido una historia marcada por el centralismo, donde la federación concentra decisiones clave, limitando el alcance y eficacia de las autoridades locales.

¿Por qué es crucial mirar hacia lo local?

El centralismo no solo redujó la autonomía de los estados y municipios, sino que también frenó su desarrollo. Las decisiones que podrían transformar las condiciones de vida de las comunidades locales a menudo quedan relegadas por prioridades nacionales. La ampliación de una carretera en un estado pequeño, por ejemplo, podría abrir puertas al comercio, mejorar la conectividad y elevar la calidad de vida en regiones marginadas. Sin embargo, estas obras suelen depender del presupuesto federal, que se distribuye bajo criterios centralistas.

Hoy, con el cambio en la titularidad del Ejecutivo federal, se abre una ventana de oportunidad para reflexionar sobre cómo potenciar el desarrollo desde lo local. Las inversiones públicas y privadas podrían marcar la diferencia en comunidades donde la desigualdad es la norma y las oportunidades son escasas.

El federalismo: ¿ideal o realidad?

El modelo federalista exige colaboración entre los distintos órdenes de gobierno y un manejo eficiente de los recursos. Sin embargo, alcanzar un auténtico federalismo no es algo muy sencillo. México ha enfrentado dificultades históricas para equilibrar estas relaciones, especialmente cuando la federación asume atribuciones que deberían ser de los estados.

El centralismo ha sofocado la capacidad de los gobiernos locales para implementar políticas públicas adecuadas a sus contextos. Esto es evidente en regiones con altos índices de marginación, donde las necesidades de infraestructura, salud o educación son apremiantes, pero las soluciones llegan tarde o nunca.

Un verdadero federalismo implica dotar a los estados de los recursos y la autonomía necesarios para que puedan resolver problemas específicos sin depender excesivamente de la burocracia nacional.

Federalismo como motor de desarrollo

Y es que para que México prospere, es fundamental invertir en regiones olvidadas. Esto no solo beneficia a las comunidades locales, sino que impulsa el desarrollo nacional. La construcción de infraestructura básica como carreteras, hospitales y escuelas puede ser el primer paso para cerrar brechas económicas y sociales.

Además, un federalismo fortalecido permite que los estados diseñen estrategias propias de desarrollo. Este enfoque puede atraer inversiones privadas que, combinadas con un esfuerzo público bien dirigido, transformen la realidad de zonas rurales o urbanas marginadas.

México profundo, México posible

Mirar hacia lo local no significa desentenderse de los grandes problemas nacionales; significa reconocer que el progreso del país comienza en las comunidades. Es hora de que el federalismo deje de ser una teoría plasmada en la Constitución para convertirse en una práctica efectiva. Al descentralizar el poder y fortalecer a los estados, podemos construir un México más equitativo y desarrollado. El cambio no será inmediato, pero el camino hacia un verdadero federalismo es el camino hacia un mejor futuro para todos.

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