La década de 2010 trajo consigo un fenómeno único: una ola de protestas masivas que recorrió el mundo. Desde los levantamientos de la Primavera Árabe hasta los movimientos en España, Estados Unidos y América Latina, los ciudadanos tomaron las calles para manifestar su hartazgo. Túnez, Egipto, Grecia, Chile, Brasil y México vieron cómo millones de personas alzaban la voz contra la corrupción, la desigualdad y la falta de oportunidades. Sin embargo, al observar con perspectiva estos movimientos, sorprende la falta de cambios reales en el sistema político y económico global. ¿Por qué, a pesar de la movilización de millones de personas, el mundo no se volvió más democrático ni menos desigual?
Ivan Krastev, en su libro Democracy Disrupted, ofrece una respuesta provocadora y matizada. Krastev, politólogo búlgaro, examina estos movimientos desde una perspectiva que enlaza las particularidades locales con patrones globales, sugiriendo que estas protestas fueron grandes espectáculos de indignación moral, pero carecieron de un proyecto político claro. ¿Qué características compartieron estos movimientos y por qué no lograron transformar las sociedades en las que surgieron?
Protestas masivas: una reacción al colapso de la clase media global
A pesar de sus diferentes contextos, las protestas de 2010 compartían algo: un “espíritu libertario” que no surgió de una utopía, sino de la desconfianza. La recesión mundial de 2008 y las políticas neoliberales agudizaron la desigualdad económica y afectaron especialmente a las clases medias, que habían sido tradicionalmente la base de la estabilidad económica en muchos países. Sin embargo, en lugar de defender los valores de esta clase media, las protestas reflejaban el miedo de perder ese estatus. Era un acto de supervivencia, no solo de rebeldía, en un contexto en el que el sueño de un futuro próspero parecía desmoronarse.
Krastev señala que los ciudadanos que participaron en estas protestas no buscaban tanto cambios concretos en sus gobiernos o economías. En lugar de ello, tenían una reacción visceral de rechazo hacia las instituciones políticas y económicas. Querían un cambio, sí, pero se negaban a apoyar cualquier forma de liderazgo o representación política.
La fuerza de la desconfianza: sin líderes ni partidos
Uno de los aspectos más fascinantes que Krastev explora es la ambigüedad de estas protestas en torno al liderazgo. Desde los indignados en España hasta Occupy Wall Street en Estados Unidos, estos movimientos rehuían cualquier intento de estructura jerárquica. “Querían pertenecer a una comunidad política, pero rechazaban cualquier tipo de liderazgo,” escribe Krastev. Era un deseo de cambio sin dirección, de pertenencia sin compromisos.
Esta falta de un proyecto de liderazgo o de representación fue, a su vez, la fuerza y la debilidad de estos movimientos. La gente estaba dispuesta a salir a las calles y a enfrentarse a la represión policial. Sin embargo, no querían unirse a partidos políticos ni votar en elecciones que consideraban poco fiables o manipuladas. Como resultado, las protestas generaban ruido y visibilidad en el corto plazo, pero carecían de una estructura que pudiera traducir esta energía en reformas concretas.
Del “espíritu libertario” a la instrumentalización de la indignación
Krastev sostiene que, si bien las protestas nacieron de la indignación, no lograron construir una narrativa que transformara esta indignación en un proyecto político. “Fueron insurrecciones sin proyecto de insurrección”, apunta. Aunque suene paradójico, este “espíritu libertario” —el impulso de rechazar cualquier tipo de representación política— impidió que los movimientos avanzaran hacia objetivos específicos.
Más allá de su impacto inmediato, estas protestas parecían desarticularse en sí mismas. Con el tiempo, en lugar de fortalecer democracias, estas olas de indignación dejaron a la ciudadanía más susceptible a discursos autoritarios que prometían “orden” y “soluciones” frente a los problemas estructurales que seguían sin resolverse. La instrumentalización de la furia se volvió una herramienta poderosa para aquellos líderes populistas que, en nombre del cambio, aprovecharon el desencanto social para consolidar su poder.
Lecciones para el futuro: indignación no es sinónimo de cambio
Krastev plantea una lección que resuena hoy más que nunca: la indignación, por sí sola, no es suficiente para transformar una sociedad. La verdadera democracia, como indica el autor, no solo requiere de participación, sino de un proyecto colectivo que dé dirección y sustancia a esa participación. Sin un compromiso de cambio estructural, las protestas pueden convertirse en simples actos performativos que, aunque necesarios para visibilizar la indignación, no logran dar el salto hacia un cambio real.
El saldo de esta década de protestas es agridulce. La mayoría de estos movimientos fueron respuestas a crisis profundas que siguen sin resolverse: desigualdad, corrupción, y falta de oportunidades para jóvenes y clases medias. Hoy, en un mundo donde los problemas estructurales persisten y las tensiones políticas se agudizan, es fundamental que las nuevas generaciones comprendan las lecciones de estos movimientos. Necesitamos una visión de cambio que supere la furia inmediata y se traduzca en una reestructuración real de las instituciones.
La paradoja de las protestas globales y el futuro de la democracia
A través de una crítica incisiva, Ivan Krastev nos invita a reflexionar sobre el poder y los límites de las protestas sociales. Estas movilizaciones, aunque poderosas en sus expresiones, nos recuerdan que la democracia no puede mantenerse solo con gestos de insatisfacción, sino que requiere una construcción continua y organizada. La falta de proyectos políticos claros en la última década muestra que el cambio auténtico depende de un compromiso colectivo y estructural.
Hoy, a medida que el mundo enfrenta nuevas olas de protestas y movimientos sociales, la lección de las protestas de 2010 nos recuerda que la furia necesita de una estructura para materializarse en justicia. La democracia, después de todo, es un proyecto colectivo y constante, y solo la acción organizada puede llevarla más allá de la simple indignación.
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