Más allá de los misiles y la geopolítica, hay personas. Madres, hijos, estudiantes. Sus vidas han sido secuestradas por un conflicto que no pidieron. Estas son sus voces desde Teherán y Beer Sheva, unidas por un mismo miedo bajo un mismo cielo de fuego.
El sonido de una sirena antiaérea es un lenguaje universal. No necesita traducción. Es el mismo grito metálico que acelera el pulso en una calle de Tel Aviv o en un apartamento de Teherán. En la narrativa de la guerra, se habla de naciones, de regímenes, de ejércitos. Pero en el epicentro del miedo, solo hay personas. Personas como una joven madre en un suburbio israelí que corre con su hijo al refugio, y como un estudiante en la capital iraní que busca desesperadamente gasolina para huir con su familia. Sus historias, separadas por fronteras y propaganda, se entrelazan en una verdad humana fundamental: la víctima principal de la guerra es siempre la gente común.
Sugerencia: Un carrusel de imágenes emotivas: un niño en un refugio en Israel, una familia iraní en su auto en una carretera congestionada, rostros de preocupación en ambas ciudades.
La noche en Beer Sheva: «Corrimos al refugio, gracias a Dios estamos bien»
Para los civiles en Israel, el conflicto se ha materializado en una lluvia de misiles que ha borrado la línea del frente. Las explosiones iluminan el cielo nocturno y sacuden los edificios, obligando a millones a una rutina de terror: correr hacia los refugios al sonido de la alarma.
«Gracias a Dios mi familia y yo estamos bien», escribía la youtuber mexicana Greta Cervantes desde su búnker en Israel, en un video que se viralizó por su serenidad en medio del caos. Su testimonio, como el de muchos otros, pone rostro a la estadística. En Ramat Gan, al este de Tel Aviv, los periodistas documentaron autos calcinados y casas con daños severos. En la ciudad de Tamra, la tragedia fue total: un misil mató a cuatro mujeres de la misma familia, ciudadanos palestinos de Israel, convirtiendo un titular geopolítico en una pérdida irreparable.
La vida se contrae a los límites del refugio. «¿Se le ha indicado que ingrese al área protegida? No salga hasta que se le notifique la finalización del evento», reza la advertencia oficial que rige la vida de millones.
El miedo en Teherán: «Buscando gasolina para huir de la ciudad»
Al otro lado de la frontera, el miedo tiene la misma cara. En Teherán, una metrópolis vibrante, el paisaje se ha transformado en uno de éxodo y preparación para lo peor. Largas filas de autos serpentean frente a las gasolineras, con familias que buscan desesperadamente combustible para huir de la ciudad. Otros se refugian en mezquitas, escuelas o en las profundidades del metro, cualquier lugar que prometa un resguardo de los bombardeos israelíes.
«Estamos en medio de algo que no hemos elegido. No fue Irán quien desencadenó esta escalada. (…) Y eso es lo más chocante. Somos nosotros los que estamos pagando el precio». – Testimonio de un civil iraní a la agencia RFI.
La angustia se extiende a la diáspora. Una profesora iraní en Alemania relata su preocupación por una amiga en Teherán: «El domingo empezaron a atacar cerca de su casa. Me dijo que había pedido agua, comida enlatada y cosas así, por si le toca quedarse encerrada o hay cortes de electricidad». Otro iraní en Londres, Hamidreza Javdan, cuenta con angustia la llamada de su hermano, una persona con movilidad reducida que no puede simplemente «salir de Teherán así como así» ante las órdenes de evacuación.
Un mismo cielo, un mismo miedo: la verdad humana del conflicto
Al despojar al conflicto de su retórica política y militar, emerge una verdad incómoda y profundamente humana. Los testimonios de ambos lados revelan una experiencia compartida que trasciende la nacionalidad y la religión. La madre israelí que abraza a su hijo en un refugio y el padre iraní que intenta calmar a su familia en un sótano comparten el mismo terror primordial.
Los medios de comunicación y los líderes políticos a menudo presentan estos conflictos como un choque monolítico entre «Israel» e «Irán». Pero las historias de la gente en el terreno pintan un cuadro diferente. Muestran a individuos atrapados en una pesadilla geopolítica que no crearon. Para ellos, el enemigo no es necesariamente el civil del otro lado, sino la guerra misma, una fuerza destructiva que devora vidas, sueños y la normalidad.
«¿Pero quién va a sufrir? El pueblo», se lamenta Ali, un iraní residente en Londres con familia en la bombardeada ciudad de Kermanshah. Su pregunta resuena en ambos lados de la frontera. En esta guerra, como en todas, la primera y más numerosa víctima es la humanidad compartida.
