Una contradicción mayúscula ensombrece el liderazgo climático de Brasil. Justo cuando el país se alista para recibir al mundo en la COP30 en Belém, nuevos datos del gobierno confirman un devastador repunte en la destrucción de la Amazonía, poniendo en duda sus compromisos ambientales.
Brasil se encuentra en una encrucijada crítica. Mientras el gobierno trabaja para posicionarse como un líder mundial en la lucha contra el cambio climático, con la cumbre COP30 de la ONU programada para noviembre en la ciudad amazónica de Belém, la realidad en el terreno cuenta una historia muy diferente y preocupante. Datos oficiales del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) revelan que las alertas de deforestación en la Amazonía brasileña aumentaron un alarmante 27% en el primer semestre del año en comparación con el mismo período del año anterior.
Entre enero y junio, un total de 2,090 kilómetros cuadrados de selva fueron devastados, un área que pone en tela de juicio la capacidad del gobierno para cumplir su promesa de acabar con la deforestación ilegal para 2030 y amenaza con convertir la COP30 en un escenario de escrutinio internacional en lugar de una celebración de liderazgo.
Las Cifras de la Devastación
El repunte en la destrucción de la selva revierte una tendencia positiva que el gobierno había logrado en años anteriores. Los datos más recientes son contundentes:
- Aumento semestral: La superficie devastada pasó de 1,645 km² en el primer semestre de 2024 a 2,090 km² en 2025, un incremento del 27%.
- Tendencia de 10 meses: Entre agosto de 2024 y mayo de 2025, la deforestación creció un 9,1% en comparación con el período anterior, impulsada en gran parte por los incendios forestales.
- Epicentro de la destrucción: El estado de Mato Grosso, una potencia del agronegocio, lidera la devastación, seguido por Amazonas y Pará. Solo en el Área de Protección Ambiental de Tapajós, en Pará, gravemente afectada por la minería, se perdió el equivalente a 700 campos de fútbol de selva.
Estos números negativos llegan en el peor momento posible, ya que los datos consolidados de deforestación anual, que se publicarán a finales de 2025, podrían confirmar este retroceso justo antes de que los líderes mundiales lleguen a Brasil para la COP30.
La Presión Política y Económica Detrás del Hacha
La creciente deforestación no es solo un fracaso en la fiscalización, sino también el síntoma de una profunda tensión política y económica dentro de Brasil. Mientras el gobierno promueve una agenda verde en el escenario internacional, poderosos intereses internos presionan por una mayor explotación de los recursos de la Amazonía.
Un ejemplo clave de esta presión es el controvertido Proyecto de Ley (PL) 191/2020, que busca regular y permitir actividades de alto impacto como la minería, la extracción de petróleo y gas, y la agricultura a gran escala en tierras indígenas protegidas. Aunque la Constitución brasileña prevé la minería en estas reservas, requiere una ley que la regule y la aprobación de las comunidades indígenas, condiciones que hasta ahora han impedido la explotación legal.
«Este gran paso depende del Parlamento, que sufrirá la presión de los ambientalistas… Si un día pudiera, los encierro en la Amazonia, ya que les gusta tanto el medio ambiente», declaró el expresidente Jair Bolsonaro al proponer la iniciativa, reflejando una poderosa corriente política que ve la protección ambiental como un obstáculo para el desarrollo nacional.
Esta visión choca frontalmente con los derechos de los pueblos indígenas y los compromisos climáticos del país. La aprobación de una ley de este tipo no solo legalizaría la destrucción en áreas protegidas, sino que también enviaría una señal devastadora a la comunidad internacional sobre las verdaderas prioridades de Brasil.
COP30: ¿Celebración o Vergüenza?
La cumbre climática de Belém fue concebida como la oportunidad para que Brasil demostrara al mundo su compromiso renovado con la Amazonía. Sin embargo, con las motosierras y los incendios ganando terreno, el evento corre el riesgo de transformarse en un foro para cuestionar la credibilidad del país anfitrión.
El gobierno se enfrenta a un «paradoja verde»: su prestigio internacional depende de la conservación de la selva, pero su estabilidad política interna está influenciada por sectores que demandan su explotación. La forma en que Brasil resuelva esta contradicción en los próximos meses no solo definirá el éxito de la COP30, sino también el futuro del pulmón del planeta.
