Una fundación bajo principios religiosos y políticos
La historia de Estados Unidos está profundamente marcada por sus raíces político-religiosas. Los primeros colonos europeos llegaron buscando un refugio donde pudieran practicar su fe lejos de la persecución que sufrían en sus países de origen. Estos grupos, principalmente puritanos, no solo fundaron comunidades de fe, sino que sentaron las bases de un proyecto político único: una república laica, pero profundamente influenciada por valores religiosos.
En 1776, la Revolución Americana no solo marcó el inicio de una nueva nación, sino que estableció un principio sin precedentes para la época: la separación entre iglesia y estado. Sin embargo, esta separación no implicaba la ausencia de religión en la vida pública. Al contrario, el naciente Estado asumió un papel divino, bajo la premisa de que el pueblo estadounidense había sido “elegido por Dios” para liderar al mundo hacia la democracia y el republicanismo.
El Destino Manifiesto: la ideología que impulsó a una nación
El concepto del Destino Manifiesto consolidó esta idea de excepcionalidad. Estados Unidos se veía a sí mismo como el faro que debía iluminar al resto del mundo. Este pensamiento influyó en políticas como la Doctrina Monroe (1823), que estableció la hegemonía estadounidense en el continente, y más tarde, el Punto IV del presidente Truman, que vinculó la ayuda internacional con la lucha contra el comunismo.
Sin embargo, esta visión también tenía un lado oscuro: mientras Estados Unidos se proclamaba defensor de la libertad y la igualdad, excluía sistemáticamente a afroamericanos, nativos y otras minorías. El Día de Acción de Gracias, símbolo de unión y gratitud, es un recordatorio irónico de cómo los pueblos originarios fueron víctimas de un exterminio sistemático.
Las luchas internas: minorías y desigualdad
El siglo XX trajo consigo una confrontación con estas contradicciones. Líderes como Martin Luther King Jr. evidenciaron las desigualdades raciales y el racismo sistémico que persistían, incluso en un país que se enorgullecía de ser un modelo democrático.
Hoy, el panorama es aún más complejo. La población WASP (blanca, anglosajona y protestante) ha disminuido significativamente debido a tasas de natalidad más bajas, mientras que las minorías –afroamericanos, hispanos y asiáticos– tienen tasas de crecimiento más altas. Esta transformación demográfica ha generado tensiones, alimentando narrativas nacionalistas que buscan proteger la “integridad” del país.
Donald Trump y el resurgimiento del nacionalismo religioso
La llegada de Donald Trump al poder y su lema “Make America Great Again” (MAGA) marcaron un giro en la narrativa política de Estados Unidos. Trump apeló a un electorado mayoritariamente WASP, con un mensaje que mezclaba nacionalismo, religión y exclusión.
Trump posicionó a Estados Unidos como un país que había sido «demasiado generoso» con el resto del mundo. Según esta visión, otros países se beneficiaron de la globalización a expensas de los trabajadores estadounidenses. También reforzó la idea de que el país estaba siendo “invadido” por migrantes, presentándolos como una amenaza para la estabilidad social y económica.
Su retórica incluyó ataques a los movimientos igualitarios, calificando a sus críticos –particularmente a los defensores de los derechos raciales y de género– como portadores de una cultura “woke” que, según él, debilitaba a la nación.
El papel de las iglesias en el contexto actual
En este panorama, las iglesias enfrentan un dilema: apoyar el nacionalismo de Trump o alinearse con movimientos sociales progresistas. Las denominaciones religiosas, que históricamente han jugado un papel central en la identidad estadounidense, se encuentran divididas.
Algunas comunidades religiosas respaldan la visión de Trump, viéndolo como un defensor de los valores cristianos tradicionales. Otras, sin embargo, han optado por unirse a las causas de justicia social, apoyando a minorías raciales, migrantes y comunidades LGBTQ+.
¿Hacia dónde se dirige Estados Unidos?
La combinación de cambios demográficos, tensiones políticas y divisiones ideológicas plantea preguntas cruciales sobre el futuro de Estados Unidos:
- ¿Podrá mantener su narrativa de ser una tierra de libertad y oportunidades mientras enfrenta crecientes desigualdades?
- ¿La religión seguirá siendo un motor de unidad, o se convertirá en un factor de división?
- ¿Cómo lidiará la nación con el desafío de equilibrar su pasado de hegemonía global con un futuro de competencia internacional?
Lecciones del pasado para un futuro incierto
La historia de Estados Unidos está llena de contradicciones: una nación fundada sobre ideales de libertad, pero marcada por la exclusión; una tierra de oportunidades que aún lucha con la desigualdad.
El proyecto de Donald Trump representa un intento de regresar a una narrativa de grandeza, pero plantea interrogantes sobre qué significa realmente “hacer grande a Estados Unidos”. ¿Es un regreso al pasado, o una adaptación a las realidades del presente?
Lo que está claro es que el futuro de esta nación dependerá de su capacidad para reconciliar su identidad histórica con los desafíos actuales, en un mundo cada vez más interconectado y diverso.
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