En las salas silenciosas de Ginebra se libra una batalla tan crucial como la de los misiles. Europa intenta una mediación de último minuto para evitar una guerra total, pero Irán ha puesto sobre la mesa una condición inamovible. Esta es la historia de una carrera contra el tiempo.
Lejos del estruendo de las explosiones en Teherán y Tel Aviv, en la neutral y pulcra ciudad de Ginebra, se juega el destino de Oriente Medio. Diplomáticos de las principales potencias europeas —Alemania, Francia y Reino Unido— se sientan a la mesa con el ministro de Exteriores de Irán, Abás Araqchi, en un intento casi desesperado por apagar un fuego que amenaza con consumir la región y arrastrar al mundo a una nueva crisis. La pregunta que flota en el aire es tan simple como aterradora: ¿puede la diplomacia ganar la carrera contra la guerra?
La misión europea: evitar el abismo (y la intervención de Trump)
La motivación de Europa es clara y urgente. Un conflicto a gran escala entre Israel e Irán no solo desataría una catástrofe humanitaria, sino que provocaría un shock económico global a través de la disrupción del suministro de petróleo y podría generar una nueva ola de refugiados hacia sus fronteras.
Pero hay un temor subyacente que acelera los esfuerzos europeos: la impredecible figura de Donald Trump. Los líderes europeos temen que una escalada mayor fuerce la intervención directa de Estados Unidos, un movimiento que todos consideran un punto de no retorno hacia una guerra regional de consecuencias incalculables. La propia Casa Blanca alimenta esta incertidumbre, con Trump declarando que decidirá «en las próximas dos semanas» si su país se involucra directamente.
La división dentro de la propia Europa es palpable. Mientras el gobierno alemán oficialmente pide diálogo y moderación, figuras políticas relevantes del país aplauden abiertamente los ataques israelíes, reflejando la fractura en el consenso occidental.
El ultimátum de Teherán: «No negociaremos bajo fuego»
Irán ha acudido a la cita en Ginebra, pero no con un cheque en blanco. Su postura es firme y ha sido comunicada sin ambages: no habrá negociaciones de fondo mientras continúen los bombardeos israelíes. «La única forma de acabar la guerra impuesta es detener los ataques de Israel», ha sido el mantra repetido por los funcionarios iraníes.
Esta condición crea un punto muerto casi perfecto. Israel, tras el ataque a un hospital y sintiendo que su seguridad nacional está en juego, no parece dispuesto a detener su ofensiva hasta haber degradado significativamente la capacidad militar y nuclear iraní.
«Sigue estando claro que la diplomacia es la única y mejor vía para avanzar», afirmó Stéphane Dujarric, portavoz de la ONU, aunque la propia organización no participa directamente en las conversaciones.
El tablero global: un mundo de reacciones divididas
La crisis ha obligado a las naciones del mundo a tomar partido, dibujando un mapa de alianzas y fracturas globales:
* Apoyo a la diplomacia: Venezuela, a través de su presidente Nicolás Maduro, ha manifestado su apoyo explícito a las conversaciones de Ginebra y a un cese al fuego.
* Apoyo incondicional a Israel: En el otro extremo, el presidente de Argentina, Javier Milei, ha calificado a Irán de «enemigo de Argentina» y ha reafirmado su alineamiento total con Israel, recordando los atentados terroristas en Buenos Aires.
* Condena a la violencia: Chile, bajo el mandato de Gabriel Boric, ha condenado los ataques de ambos bandos, poniendo el foco en el sufrimiento de los civiles inocentes como la verdadera tragedia de la guerra.
* Medidas de precaución: Australia ha tomado la drástica decisión de cerrar su embajada en Teherán y evacuar a su personal, una señal concreta del deterioro de la seguridad y de la previsión de un conflicto prolongado.
Análisis: el vacío de poder y el comodín estadounidense
Estos esfuerzos diplomáticos no ocurren en el vacío. Se desarrollan en un contexto geopolítico donde el mediador tradicional, Estados Unidos, ha adoptado un rol ambiguo. La retórica de Trump, oscilando entre la amenaza velada («Tal vez lo haga, tal vez no») y el llamado a la rendición iraní, crea un vacío de poder que Europa intenta llenar, pero carece de la influencia militar para imponer una solución.
La estrategia de Irán de hablar con los europeos pero rechazar el diálogo con Washington es un movimiento astuto. Busca explotar las fisuras en la alianza transatlántica, presentando a Estados Unidos como el actor irracional y a Europa como la única vía para la paz. Mientras tanto, las posturas tan dispares de países como Argentina y Venezuela demuestran cómo este conflicto en Oriente Medio se ha convertido en un nuevo campo de batalla para las alineaciones ideológicas globales.
La reunión de Ginebra es, por tanto, más que un simple intento de paz. Es un test para la autonomía estratégica de Europa, un reflejo de un orden mundial cambiante y, sobre todo, una frágil y última barrera contra el abismo.
