¿Está en riesgo la libertad de navegación en el mar Rojo y otros puntos estratégicos globales?


La libertad de navegación, uno de los pilares del comercio global moderno, enfrenta crecientes amenazas en diversos puntos estratégicos del planeta. Entre ellos, el mar Rojo se ha convertido recientemente en un foco de tensión, donde confluyen intereses geopolíticos, conflictos regionales y la acción de actores no estatales. Estos desafíos, lejos de ser aislados, se reproducen en otras áreas clave como el estrecho de Ormuz, el Indopacífico o el canal de Panamá, lo que sugiere una tendencia más amplia que pone en entredicho la seguridad de las rutas comerciales marítimas.

En este contexto, el mundo podría estar entrando en una nueva etapa en la que la navegación libre ya no puede darse por sentada, especialmente cuando las grandes potencias y los actores regionales priorizan sus intereses estratégicos sobre la estabilidad global.

El mar Rojo como símbolo de vulnerabilidad

El mar Rojo, que conecta el canal de Suez con el océano Índico, es una de las arterias marítimas más importantes del mundo. Cerca del 15% del comercio mundial pasa por esta zona. Sin embargo, el conflicto en Yemen, especialmente tras la intensificación de los ataques hutíes contra buques comerciales en 2023 y 2024, ha generado una creciente inseguridad para las navieras internacionales. Empresas como Maersk y MSC han desviado rutas, aumentando costos y tiempos de entrega.

Los ataques con drones y misiles, sumados a la ambigüedad sobre el control de las aguas por parte de grupos insurgentes, han obligado a Estados Unidos, Reino Unido y otras potencias a desplegar operaciones navales de protección, como la coalición internacional liderada por Washington. Aun así, la zona sigue siendo volátil, y muchos se preguntan si la presencia militar podrá disuadir eficazmente a los actores armados no estatales o simplemente escalará el conflicto.

La amenaza persistente en el estrecho de Ormuz

A pocos kilómetros del mar Rojo se encuentra otro punto de fricción: el estrecho de Ormuz, paso clave para el transporte de petróleo del Golfo Pérsico. Irán ha utilizado históricamente esta vía como palanca geopolítica, amenazando con bloquearla en momentos de tensión con Occidente. Si bien hasta ahora no ha habido un cierre formal, los incidentes con petroleros y la creciente militarización han convertido a esta zona en un polvorín de alta sensibilidad energética y diplomática.

Cualquier alteración en Ormuz tendría un impacto inmediato en los precios del petróleo, provocando ondas expansivas en la economía global. Por eso, Estados Unidos mantiene una presencia naval permanente en la zona, y países como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos han buscado diversificar sus rutas de exportación.

Asia-Pacífico: rivalidad naval y control de rutas

El Indopacífico es otro escenario donde la libertad de navegación está siendo desafiada, esta vez por rivalidades entre potencias. China ha intensificado su presencia en el mar de la China Meridional, construyendo islas artificiales y militarizando arrecifes disputados. Aunque Beijing afirma que no busca bloquear rutas comerciales, su reclamo de soberanía sobre vastas áreas marítimas contradice el derecho internacional vigente, particularmente la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS).

Estados Unidos y sus aliados realizan frecuentemente misiones de “libertad de navegación” para desafiar estas pretensiones. Sin embargo, el riesgo de incidentes involuntarios —como colisiones o interceptaciones agresivas— está siempre presente. La posibilidad de una confrontación naval en estas aguas vitales no puede descartarse, lo que aumentaría la inseguridad para el transporte de mercancías en una de las regiones más dinámicas del planeta.

Clima, infraestructura y nuevos cuellos de botella

Más allá de los conflictos políticos, el cambio climático también está afectando la seguridad y eficiencia de las rutas marítimas. El canal de Panamá, afectado por sequías prolongadas, ha tenido que limitar el número y el calado de los barcos que lo atraviesan. Esto ha provocado demoras, reconfiguración de rutas y mayores costos logísticos. Lo mismo podría ocurrir en el Ártico, donde el deshielo abre nuevas posibilidades de navegación, pero bajo condiciones extremas y con potenciales disputas territoriales entre Rusia, Canadá y Estados Unidos.

Además, la infraestructura portuaria de muchos países en desarrollo es insuficiente para absorber la presión de estos desvíos, lo que agrava la desigualdad en el comercio global y aumenta la dependencia de corredores dominados por grandes potencias o empresas multinacionales.

Un bien común cada vez más frágil

La libertad de navegación ha sido durante décadas una condición casi garantizada del orden económico global, pero ese consenso se está desmoronando. Lo que antes eran excepciones ahora son síntomas recurrentes: ataques a buques, bloqueos, militarización de rutas, chantajes energéticos o climáticos. Las rutas marítimas, lejos de ser espacios neutros, se han convertido en escenarios de competencia estratégica.

Esto plantea un desafío urgente para la comunidad internacional: ¿cómo proteger un bien común global en un mundo cada vez más fragmentado? La solución no será fácil. Requiere no solo acuerdos diplomáticos multilaterales, sino también voluntad política para evitar que las aguas del mundo se conviertan en zonas de conflicto.

Navegar en aguas turbulentas

El comercio internacional depende de la confianza. Sin rutas marítimas seguras, el sistema global se vuelve más costoso, menos eficiente y más inestable. Hoy, la libertad de navegación enfrenta riesgos múltiples: guerras, tensiones geopolíticas, colapsos ambientales y carencias infraestructurales.

La única forma de enfrentar esta tormenta es reconstruir el consenso internacional sobre la neutralidad de las aguas internacionales, y frenar la tentación de usarlas como herramientas de presión o revancha. Solo así será posible que el mar, lejos de dividirnos, vuelva a ser un puente entre naciones.


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