Barcelona sube la tasa a cruceros y desata una guerra en el puerto

Barcelona sube la tasa a cruceros y desata una guerra en el puerto
Barcelona sube la tasa a cruceros y desata una guerra en el puerto

Barcelona ha intensificado su batalla contra el sobreturismo con un aumento de la tasa turística, apuntando directamente a los pasajeros de cruceros. La medida ha provocado un choque frontal con la poderosa industria de cruceros, que advierte de graves consecuencias.

La ciudad de Barcelona ha decidido dar un paso más en su controvertida estrategia para gestionar el turismo masivo, y su objetivo principal tiene un nombre claro: los cruceros. El gobierno local ha aprobado un significativo aumento de la tasa turística que afecta a todos los visitantes, pero con un enfoque especial en los miles de pasajeros que desembarcan a diario en su puerto, a menudo por pocas horas.

La medida, que eleva el gravamen para los pasajeros de cruceros a una cifra que puede alcanzar los 10 euros por persona dependiendo de la duración de la escala, es parte de un plan más amplio para regular el turismo de un día y mitigar su impacto en la infraestructura y la vida de la ciudad. Cuando se combina con el recargo municipal, la tasa total para estancias en hoteles de lujo podría dispararse hasta los 15 euros por noche, convirtiendo a Barcelona en una de las ciudades con impuestos turísticos más altos de Europa.

El origen del conflicto: Calidad de vida vs. negocio

La decisión de las autoridades barcelonesas responde a un creciente malestar ciudadano. Residentes y pequeños comerciantes se quejan de que el modelo de turismo de cruceros satura el centro de la ciudad, contribuye poco a la economía local y genera una percepción de «parque temático». «Si vinieran clientes interesados en la cultura y el arte, sería mucho mejor para todos», comentaba a CBS News una trabajadora de hotel local. «Pero la gente que solo viene de fiesta, a beber y a no cuidar la ciudad, ese es el problema».

Desde el ayuntamiento, defienden la tasa como una herramienta para que el turismo «pague» por su impacto y contribuya a proyectos de mejora para la ciudad, incluyendo iniciativas de lucha contra el cambio climático financiadas íntegramente con estos ingresos.

La respuesta de la industria: Amenazas y precedentes

La industria de los cruceros, un sector global multimillonario, no ha tardado en reaccionar. La Asociación Internacional de Líneas de Cruceros (CLIA) ha advertido de «consecuencias no deseadas», sugiriendo que las navieras podrían optar por reducir sus escalas en Barcelona o, incluso, eliminarla de sus itinerarios.

Esta no es una amenaza vacía. Existen precedentes que demuestran que las líneas de cruceros están dispuestas a cambiar sus rutas en respuesta a nuevas cargas fiscales. Recientemente, Norwegian Cruise Line (NCL) canceló 41 futuros cruceros que incluían puertos en México, una decisión que coincidió en el tiempo con la implementación de una nueva tasa de entrada para cruceristas en el país norteamericano. Aunque la compañía no vinculó directamente ambas decisiones, el mensaje para destinos como Barcelona es claro: no son insustituibles.

«Si la industria de cruceros no desafiara este recargo, otros estados y municipios podrían sentirse libres de adoptar recargos ilegales similares, lo que llevaría a tarifas de crucero exorbitantes y, en última instancia, insostenibles». – Portavoz de CLIA.

¿Quién pagará el precio final?

La pregunta que ahora se hacen los barceloneses y el sector turístico es quién acabará pagando el precio de esta «guerra en el puerto». Los escenarios son diversos:

  •  Las navieras absorben el coste: Poco probable si el impuesto es significativo, ya que reduciría sus márgenes de beneficio.
  •  El coste se traslada al pasajero: La opción más probable, encareciendo los cruceros que pasan por Barcelona y potencialmente disuadiendo a algunos viajeros.
  •  Las navieras reducen escalas: El peor escenario para la economía local que depende del turismo, ya que implicaría una pérdida de visitantes y de gasto en la ciudad.

Barcelona se encuentra en medio de un experimento económico de alto riesgo. Está poniendo a prueba hasta qué punto una ciudad puede imponer sus condiciones a una industria globalizada y móvil. El resultado determinará si la tasa turística es una herramienta eficaz para lograr un turismo más sostenible o si se convierte en un disparo en el pie para la economía de la ciudad.

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