El martes por la mañana, el sonido de una fuerte explosión interrumpió la rutina de los tribunales de Islamabad. Lo que parecía ser un día común en la capital de Pakistán se convirtió en una tragedia que dejó 12 personas muertas y 27 heridas frente al complejo judicial del distrito G-11.
El ministro del Interior, Mohsin Naqvi, confirmó que el atacante suicida intentó ingresar al recinto, pero al ser detenido, detonó los explosivos junto a un vehículo policial. La onda expansiva alcanzó a peatones y visitantes que aguardaban audiencias, dejando una escena de caos y desesperación.
Islamabad bajo tensión: el repunte de la violencia talibán
Pakistán ha enfrentado un repunte alarmante de ataques desde que los talibanes retomaron el poder en Afganistán en 2021. Las autoridades paquistaníes acusan a Kabul de permitir que el grupo Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP) opere desde su territorio, una acusación que el gobierno afgano niega.
El atentado de Islamabad se suma a una serie de incidentes recientes, incluyendo un ataque frustrado contra una academia militar en Wana, en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa. En aquel hecho, las fuerzas de seguridad evitaron que militantes armados tomaran como rehenes a cadetes, recordando el horror del ataque de 2014 en Peshawar, cuando 154 personas —la mayoría niños— fueron asesinadas por insurgentes del TTP.
El eco del miedo en las calles
Las imágenes posteriores al atentado mostraban vehículos destruidos, documentos legales esparcidos y cuerpos cubiertos con mantas improvisadas. “Fue un estruendo ensordecedor, luego solo gritos”, relató un testigo. Mientras tanto, las fuerzas de seguridad acordonaron la zona y equipos forenses iniciaron la investigación.
Aunque ningún grupo se ha adjudicado el ataque, fuentes de seguridad señalan al TTP, aliado ideológico de los talibanes afganos. En Islamabad, el ambiente es de incertidumbre: muchos temen que esta sea solo la antesala de nuevos ataques en las principales ciudades.
La amenaza persistente en el corazón de Asia del Sur
Pakistán vive entre dos frentes: una lucha interna contra el extremismo y una tensión diplomática constante con Afganistán. La región, marcada por décadas de guerra, sigue siendo terreno fértil para grupos armados que buscan desestabilizar gobiernos y sembrar terror.
Las autoridades han reforzado la seguridad en tribunales, escuelas y sedes gubernamentales. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿cómo enfrentar una amenaza que parece reavivarse cada vez que el extremismo gana terreno al otro lado de la frontera?
