Ataque de EU en Venezuela. Así comenzó la madrugada que cambió para siempre la vida de Natividad Martínez. A las dos de la mañana, cuando las primeras explosiones sacudieron Caracas, su teléfono vibró con un mensaje breve, devastador y definitivo: “Te amo. Ya comenzó”. Era su hijo, Saúl Pereira Martínez, un cadete de apenas 18 años que moriría horas después durante el ataque estadounidense contra objetivos estratégicos del gobierno venezolano.
Natividad cayó al suelo gritando el nombre de su hijo. No lo sabía entonces, pero aquel mensaje sería el último. Saúl se encontraba en Fuerte Tiuna, la principal instalación militar del país y uno de los blancos centrales del ataque, debido a que esa noche el presidente Nicolás Maduro estaba resguardado en el complejo.
Aunque su guardia había terminado, el joven permanecía destacado en la base. La operación militar, ordenada desde Washington, sorprendió incluso a quienes formaban parte de los cuerpos de seguridad del Estado.
Fuerte Tiuna, el epicentro del ataque estadounidense
El ataque de EU en Venezuela tuvo como punto neurálgico Fuerte Tiuna, un enclave estratégico que concentra poder militar, simbólico y político. Según testimonios recogidos tras la ofensiva, muchas de las víctimas se encontraban dentro del perímetro de seguridad presidencial, lo que los convirtió en blancos indirectos del fuego estadounidense.
Saúl, recién egresado de la formación inicial de la Guardia de Honor, dormía en una de las unidades internas. Su padrastro, funcionario policial y escolta gubernamental, sostiene que la muerte del joven fue consecuencia directa de una infiltración que expuso a los soldados destacados en la zona.
“Mi hijo fue un efecto colateral”, afirmó con voz contenida. “No era un objetivo, pero estaba en el lugar equivocado”.
El cadete que cambió la rumba por la disciplina
Para su madre, Saúl representaba una transformación. Antes de ingresar a la Academia Militar, era —según sus propias palabras— “un típico milenial”. Salidas constantes, poco interés por las responsabilidades del hogar y una vida sin rumbo definido.
El ingreso al sector castrense cambió todo. Comenzó a estudiar, a ayudar en casa y a desarrollar una disciplina que llenaba de orgullo a Natividad. Por eso, lejos de oponerse, apoyó su decisión de convertirse en militar.
Cada sábado, la rutina se repetía: ella le llevaba comida a Fuerte Tiuna. Pero aquel sábado, tras el ataque de EU en Venezuela, encontró silencio. Horas después, al comenzar a circular los nombres de los caídos, se plantó frente al batallón exigiendo respuestas. Finalmente, se lo confirmaron.
Ataque de EU en Venezuela y el costo humano silenciado
Las cifras oficiales del Ministerio de Defensa hablan de 83 fallecidos, en su mayoría militares. Inicialmente, el número superaba el centenar. Detrás de cada cifra hay una historia como la de Saúl: padres, madres, hermanos, parejas y amigos marcados de por vida.
El gobierno venezolano rindió honores póstumos a los caídos y ascendió a varios de ellos, incluido Saúl. Sin embargo, Natividad lamenta que la polarización política haya deshumanizado el dolor.
“Todos son seres humanos. En un frente o en otro, todos tienen dolientes”, afirmó frente a la tumba de su hijo, decorada con flores amarillas, celestes y blancas.
“No fue una operación limpia”
Natividad también cuestionó el discurso de Washington. La narrativa de una “operación limpia” contrasta con la realidad que viven las familias de las víctimas.
“No puedes venir a mi país a matar a la gente así”, dijo. “¿Tú sabes cuántos muertos hubo?”
Sus palabras reflejan un sentimiento compartido por muchas madres venezolanas que hoy lloran a hijos convertidos en daños colaterales de un conflicto geopolítico.
Ataque de EU en Venezuela: orgullo, dolor y memoria
A pesar del dolor, Natividad se mantiene firme. Orgullosa. Estoica. Para ella, Saúl murió por su patria.
“Independientemente de lo que digan, mi hijo fue un patriota”, afirma. “Y eso es lo único que a mí me importa”.
El ataque de EU en Venezuela no solo reconfiguró el tablero político regional. También dejó cicatrices profundas en hogares que jamás volverán a ser los mismos. Historias que, como la de Saúl y su madre, recuerdan que detrás de cada conflicto armado hay vidas truncadas y mensajes de despedida que nunca debieron existir.
