Retrato íntimo de una mujer inquebrantable. Capítulo 2: Una niña de oro que proteger

Retrato íntimo de una mujer inquebrantable. Capítulo 2: Una niña de oro que proteger
Retrato íntimo de una mujer inquebrantable. Capítulo 2: Una niña de oro que proteger

Este texto es autoría de Paco Marín y Javier Quintero, para La Verdad Noticias. Aparece en la versión impresa del 19 de diciembre de 2024.

El 5 de septiembre de 2009 nació Fernanda, prematura, de siete meses. A su mamá, Deysi Blanco, se le adelantó el parto porque tenía antecedentes de aborto. Si esto no hubiera pasado, Fernanda tendría hermanitos gemelos y habrían sido seis hijos en casa. Llegó a este mundo pesando un kilo. «Era una cosita tan pequeñita que, cuando lloraba, nada más se movía porque no le salía el llanto», recuerda Deysi Blanco. Para entonces, ya tenía experiencia como mamá. Veintidós años atrás, cuando nació Laura, la mayor de sus cuatro hijos, ni siquiera sabía que estaba embarazada. Su madre nunca le explicó nada de la vida. Sentía que le brincaba algo en la panza y pensaba que se había tragado un sapito sin darse cuenta. Cuando hubo dolores de parto, el médico que la atendió le dijo que abriera las piernas, pero se envolvió en vergüenza. Laura nació pesando más de cuatro kilos. Sus otros dos hijos, también. Pero Fernanda, la menor, era tan diminuta que cabía en una mano, le faltaba desarrollarse y su boquita era un puntito de carne rosa. Incubadora un mes. Deysi Blanco no se quiso separar de ella, aunque médicos y enfermeras le decían que se fuera a casa. «¿Y si me la cambian o si regreso y me dicen que algo le pasó? No, yo me quedo aquí hasta que ella salga», les respondía. Una enfermera le enseñó a bañarla: se acomodaba a Fernanda en una mano y con la otra la enjuagaba, en un trato sobrecargado de delicadeza. Y para darle leche, Deysi Blanco se exprimía el pezón y le daba con una cucharita de metal que todavía guarda porque quiere entregársela a Fernanda el día que la encuentre. «Ella tendrá hijos», confía.

Cuando Fernanda cumplió tres años, Deysi Blanco decidió que era momento de agujerarle las orejas. Una niña hermosa con aretes, eso le hacía mucha ilusión. Mientras la cargaba en sus brazos, le puso hielo en los lóbulos y los masajeó hasta que se le entumieran. Fernanda no lloró, sólo hizo una mueca cuando penetró la aguja. Listo. Procedimiento terminado. «Nunca supo qué es el dolor», afirma la orgullosa madre. A Fernanda la cuidaba como oro y entre las dos se tejió una conexión muy especial.

En sus cumpleaños, le hacía su comida favorita: carnitas de puerco. Fernanda prefería reuniones familiares en vez de grandes fiestas con música. Y, a los doce, cuando entró al primer año de la secundaria, sus padres fueron más cuidadosos con ella. Salía a las ocho de la noche y, para que no se expusiera a los peligros, iban por ella en un triciclo. Fernanda se acomodaba junto a mamá, mientras papá pedaleaba por el amplio bulevar pavimentado que conecta a la vereda arenosa de su casa. Llegaban y se encerraban a cenar en familia. Algunas veces, Fernanda le pedía prestado el teléfono a su madre para grabar videos que nunca subía a TikTok. Cuando está triste, Deysi Blanco mira los videos y revive aquellos momentos.

*

–Déjame ir a trabajar, por favor, por favor, por favor –le suplicaba Fernanda a Deysi Blanco, juntando sus manos, con esa mirada con la que sabía que podía alcanzarlo todo.

–Bueno, si quieres ir, adelante. Pero este es el último día –le dijo, tajante, su madre.

Fernanda, con doce años, quería comenzar a comprar sus propias cosas, un teléfono celular, ropa, cosas de su edad, y pensaba que para eso debía trabajar. Detrás de su casa, vivía, desde hacía siete años, Marcos Antonio, un taxista que se estrenaba como taquero. Había emprendido un negocio de tacos cerca de ahí, junto a su esposa. Angélica, se llama ella. Y necesitaban a alguien que les ayudara a lavar los trastes, un trabajo simple de media mañana para el cual Fernanda estaba calificada. El 18 de julio de 2022, tres días antes de su desaparición, empezó a trabajar y para eso debía ir a la casa del matrimonio, caminaba unos pasos, doblaba a la derecha en la esquina y avanzaba hacia la calle trasera, también de terracería, arbustos, palmeras con cocos y perros. La casa, de construcción rústica, tiene un ventanal de arco en la fachada y una puerta que se cierra con cadena de acero y candado. Fernanda entraba, lavaba los trastes y los acomodaba, y al terminar volvía a su casa para desayunar con su papá y arreglarse para ir a la escuela porque entraba a la una. Por cada día trabajado, Marcos Antonio le prometió que le pagaría 250 pesos, un ingreso adecuado para un trabajo sencillo.

La noche anterior a su desaparición, Fernanda le contó a su mamá que había notado que Marcos Antonio la miraba. La recorría con la agilidad de un escáner, de los pies a la cabeza, y se relamía los labios. Fernanda estaba incómoda.

–Entonces, ya no quiero que vuelvas a esa casa –le ordenó Deysi Blanco.

–Pero ya trabajé tres días. No le voy a regalar 750 pesos de tres días trabajados –respondió Fernanda, juntó sus manos y suplicó una excepción.

Esa noche se durmieron temprano, porque Deysi Blanco se levantaría a las cinco de la mañana para arreglarse y estar en su trabajo a las siete. Antes de irse, fue a la cama de Fernanda y se despidió con un beso.

–Oye, mi amor, ya me voy, ahí desayunas con papá –le dijo.

–Hasta al rato, mami –le respondió Fernanda, y se volvió a acomodar en la cama para dormir más.

Unas horas más tarde, el enjambre de abejas atacaba a Deysi Blanco en la calle, recibía la llamada urgente de Laura, su hija, para avisarle que no encontraban a Fernanda, y recorría el trayecto del trabajo a su casa para comenzar una búsqueda tan eterna como angustiante. Pensó, primero, en llamar a Angélica, la esposa de Marcos Antonio, para preguntarle por Fernanda. Ella le dijo que no sabía nada, que no había estado en casa durante la mañana. Deysi Blanco también le contó que la puerta estaba cerrada con candado. Angélica le autorizó romperlo y entrar, bajo el argumento absurdo de que, tal vez, Fernanda se habría desmayado y estaba inconsciente en el suelo. «Era ilógico, porque si estaba desmayada no pudo haberse encerrado con candado por afuera», recapacitó Deysi Blanco. Volvió a su casa y le dijo a Laureano, su esposo, que Fernanda no aparecía, que algo grave estaba ocurriendo. Pasadas las dos de la tarde, fue a la Fiscalía y pidió ayuda al grupo especial que atiende a víctimas de violencia de género, el Geavig. Llegaron a la casa de Marcos Antonio, rompieron el candado y entraron. Adentro estaban los trastes lavados y acomodados, una señal inequívoca de que Fernanda sí había ido a trabajar. También había un plato con comida. A Deysi Blanco le pareció extraño porque Fernanda sólo desayunaba en casa, con su papá, y se suponía que ni Marcos Antonio ni su esposa habían estado ahí durante la mañana. Sin rastros de la niña, más tarde se publicó la Alerta Amber, con el rostro que hoy es un ícono en logotipos, dibujos y murales, y su nombre y datos completos: Fernanda Cayetana Canul Blanco, 12 años, femenina, desaparecida en la zona continental de Isla Mujeres, tez morena clara, delgada, cabello negro, lacio y largo hasta los hombros, ojos cafés claros, 1.40 de estatura, 36 kilos, dos lunares visibles en el rostro, la frase «Al momento de su desaparición vestía short rojo y chanclas azules con estrellas, sin tener más información» y un número telefónico para recibir pistas: 998 881 7150.

A las seis de la tarde, llegaron Marcos Antonio y Angélica a la casa.

–No, yo no la he visto. Todo el día no la he visto, vecina. Yo no sé nada de tu hija –afirmó él.

–Está bien, Marcos, pero si yo descubro que tú fuiste, no te la vas a acabar conmigo. No me voy a poner a llorar. Aunque me estás viendo destrozada, me voy a sobreponer –lo encaró Deysi Blanco.

A las once de la noche, llegaron peritos a la casa a hacer la prueba del luminol. Deysi Blanco afirma que hallaron rastros de sangre.

*

Cuando se fueron a vivir a la colonia Nazareno, Deysi Blanco y Laureano Canul tenían tres hijos y un terreno donde comenzar a construir su hogar. Aquello era una selva con cenotes y unas playas turquesas cercanas, embriagadoras de tanta belleza. Aunque pertenece a Isla Mujeres, la colonia no está en la isla, sino en la parte continental. Si no hubiera un arco en la calle y un letrero que da la bienvenida a la Zona Continental de Isla Mujeres, uno pensaría que sigue en Cancún. Dos municipios fusionados que comparten incluso el transporte público. Hace dieciocho años que llegaron a vivir ahí y hace ocho llegaron los padres de Marcos Antonio. Construían su casa en el terreno de atrás y Deisy Blanco les pasaba agua con una manguera porque ellos no tenían el servicio instalado. Ahí también conocieron a Marcos Antonio, quien poco después se quedaría con la casa y se iría a vivir ahí junto a su esposa. Había una buena relación vecinal. A ellos también les pasaban agua con la manguera. Por eso, cuando Fernanda quiso empezar a trabajar, Deysi Blanco y su esposo sintieron confianza y le dieron permiso.

*

El viernes, al día siguiente de la desaparición, Marcos Antonio estaba declarando en la Fiscalía. Los vecinos de Deysi Blanco, que han sido solidarios y amables y quieren mucho a Fernanda, se organizaron para buscarla, primero en la colonia. Fueron casa por casa, a tocar puertas, pero no hubo señales. Después, revisaron los cenotes. Deysi Blanco asegura que hay una línea de cientos de cenotes grandes y pequeños, algunos secos y otros llenos de agua, donde días después buzos expertos de Canadá y de Estados Unidos se metieron a rastrear. «¡Aquí no hay nada!», gritaron. La búsqueda vecinal se adentró a la selva, pero tampoco había nada y nadie había visto a Fernanda. El sábado, la Fiscalía realizó un cateo en la casa de Marcos Antonio. Hubo perros olfateando todo. Aseguraron pruebas. Deysi Blanco no está segura de qué objetos aseguraron. Ese mismo sábado, temprano, hubo otra búsqueda en la selva. Habían llegado el Ejército, los marinos y la Guardia Nacional para sumarse a la batida, que se extendió a los barrios contiguos, Rosales, El Morro, y la avenida Rancho Viejo, que es amplia y muy larga, llena de pequeños comercios donde abundan los pollos asados. De noche, siguió la búsqueda e iluminaban las partes selváticas con lámparas gigantes, pero no hubo rastro de la niña. «La niña no está aquí, a la niña se la llevaron a otra parte, la sacaron», le dijo un buscador a Deysi Blanco, que ahora comprende: «Por eso no encontraron ni las chanclas, ni el short, ni la blusa. Y ella llevaba en la mano una pulserita de tejido blanco, con unas bolitas blancas. Tampoco la encontraron. Es como que si la tierra se hubiera abierto y se la hubiera tragado».

La angustia la sumía en un abismo. Deysi Blanco caía lentamente, pero no tocaba el fondo, se hundía en su desesperación y puso cortinas negras en todas las ventanas de su casa. Olga Romero, la vecina de la casa de enseguida, recuerda que aquellos primeros días de la desaparición de Fernanda fueron muy angustiantes para todos. Es vecina desde que llegaron al mismo tiempo a construir en Nazareno y han sido muy unidas. «No soy de las que andan visitando las casas, pero me llevo muy bien con Deysi y su familia. Desde que desapareció la niña, he estado al pendiente y a veces la ayudo». Olga Romero, que ya es grande y tiene diabetes, debe inyectarse insulina todos los días. Esta mañana de la entrevista, había olvidado la dosis y se sentía mal. «Póntela, no la dejes pasar», le dijo, preocupada, Deysi Blanco. Además, recordar a Fernanda le hace pasar malos momentos. Olga Romero llora también porque no tiene respuestas. «Yo a esa niña la quiero mucho, como si fuera mi hija. Venía a hacerme compañía, aquí dormía conmigo, le daba su desayuno, su almuerzo y su cena porque aquí se quedaba. Es una buena niña, muy cariñosa, muy trabajadora. Cuando platicábamos, yo le aconsejaba que se cuidara mucho, que lavara su ropa, que ayudara a su mamá, lo que se le dice a una niña buena». La entrevista la interrumpe Cooper, un cachorro inquieto que no para de ladrar porque ha pasado atado la mañana entera. Olga Romero debe inyectarse la insulina y se va a descansar.

Laura Canul, la hermana mayor, también afirma que Fernanda es una niña buena. «Era como la princesa de la casa», dice. «Era». Hablar en presente es complicado, pero se esfuerza y se corrige a sí misma. «También peleábamos, como todos los hermanos, pero como hermana mayor reconozco que mi objetivo siempre era cuidarla». También se hacían bromas y se inventaban apodos, porque así son los hermanos. A Fernanda le dicen «Mosca» en alusión a los dos lunares oscuros que tiene en la cara. En venganza, ella apodó «Frijol» a Noé, el hermano que tuvo la osadía de ponerle ese mote y que es el más moreno de los cuatro: Laura, la mayor, de 22 años; Karim, de 20; Noé, de 18, y Fernanda, ahora de 15 años. Laura es madre de Cristofer, un niño juguetón de tres años que brinca en la cama, le gusta Peppa Pig, come dulces y mira videos en YouTube cuando está aburrido. Aunque no habla perfecto, él sabe cómo desbloquear el teléfono, abrir la aplicación y elegir el video favorito. Luego se acuesta a verlo y nadie lo interrumpe porque, entonces, una paz anhelada inunda la casa. Y Cristofer es parecido a Fernanda, no sólo en sus rasgos, sino también en su inteligencia. «Siempre Fernanda ha sido una niña muy inteligente. Yo veo su reflejo en mi hijo, la inteligencia, porque Fernanda era muy inteligente, era muy activa, era una niña que rápidamente captaba las cosas», dice. «Era».

*

Encerrada en su oscuridad, Deysi Blanco no hacía otra cosa más que culparse a sí misma. Laureano, su esposo, también. «Si no hubiera dejado ir a mi hija, creo que nada de esto hubiera pasado», se lamentaba, y lloraba y no quería comer. Se estaba secando de tanta tristeza, como Güero y Blanquita, los dos perros que Fernanda amaba y que se dejaron caer también. «Se secaron definitivamente los perritos, dejaron de comer. Murieron de tristeza y uno a uno se fueron secando». Hay una foto de Fernanda con Güero y Blanquita. Ella está sentada y los dos perros blancos con manchas cafés se alzan para alcanzarla y regalarle besos. Fernanda los abraza a los dos y parece que les habla. Tiene un gesto de ternura en su cara. «Es un golpe muy duro y no es tan fácil vivirlo. Tenemos la esperanza de, tal vez, algún día encontrarla», se lamenta también Laureano, 48 años, moreno, delgado, de ojos verdes y tristes. Cuando llega del trabajo y entra a su habitación, lo primero que ve es el altar con las fotos de su hija. Dice que es imposible olvidar. Y llora. «No es nada fácil vivir. A veces me siento a pensar si come o la están maltratando. No sabemos, solo Dios, y esperemos que nuestro Señor la bendiga donde sea que esté, que le dé salud y que algún día la podamos ver viva».

De Fernanda hay varias fotos familiares. En el altar hay una que le tomaron cuando amadrinó a un primo en su graduación de primaria. Esa vez estrenó un vestidito negro. Se ve serena, de pie. Pero también hay videos. El más reciente lo captó la cámara de videovigilancia instalada en una casa de la esquina y que ahora es parte del expediente judicial. La última vez que se la vio fue exactamente la mañana del 21 de julio de 2022 cuando iba rumbo a la casa de Marcos Antonio a trabajar. Es un video de diez segundos, filtrado desde la Fiscalía. Fernanda camina, tranquila, con short, blusa y sandalias, con la mirada sobre la polvorosa calle sin nombre del barrio Nazareno. Deysi Blanco afirma que el video dura más. Desde que arrancó de sus ventanas las cortinas negras y les prendió fuego, desde que perdió la conciencia porque no había comido en una semana, desde que creó su propio mantra y se prometió no llorar más y convertir su dolor en esperanza, Deysi Blanco asumió la búsqueda de su hija y se sumó a colectivos donde otras madres también buscan a sus hijos desaparecidos en Quintana Roo. Eso ocurrió al día quince de la desaparición de Fernanda y desde entonces muchas cosas han pasado. Deysi Blanco se convirtió en investigadora, abogada, perito, psicóloga, apenas con dos años de educación primaria. Supo que debía hacerlo, cuando, un día, le avisaron que Marcos Antonio y Angélica, los principales sospechosos de la desaparición de su hija, habían huido.

Retrato íntimo de una mujer inquebrantable. Capítulo 1: Aquí murió Deysi Blanco

Salir de la versión móvil