Explotar la selva para tren maya de carga, una amenaza a la biodiversidad: Sélvame

El proyecto de extracción de materiales pétreos San José encendió la alerta de colectivos ambientalistas, luego de que la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) recibiera una solicitud para devastar más de 44 hectáreas de selva en el municipio de Benito Juárez (Cancún).

De acuerdo con la solicitud de Manifestación de Impacto Ambiental (MIA), la deforestación de estas hectáreas tiene como objetivo obtener grava y piedra caliza que se destinarán a la construcción de la Terminal Multimodal Cancún, vinculada directamente al Tren Maya.

La petición contempla desmontar selva mediana subperennifolia, un ecosistema que alcanza alturas de hasta 35 metros y que constituye hábitat de aves, reptiles y mamíferos. Según el documento ingresado por José Antonio Millet Palomeque y sus socios, la inversión alcanzaría los 30 millones de pesos y tendría una vida útil de 24 meses.

Sin embargo, para el consultor de la calidad del agua del colectivo Sélvame, Guillermo D’Christy, este plan es otra muestra de cómo la devastación no se detiene a pesar de que el tren ya está en funcionamiento.

“Muy mal, muy mal, porque la destrucción continúa en la selva. No obstante haberse terminado en teoría el tren, se sigue explotando. Ahora viene el tema del tren de carga y se autorizaron otras 260 hectáreas más nada más para este fin. 

“A lo largo de la ruta siguen activas minas a cielo abierto, muchas sin manifiesto de impacto ambiental, que se hacen a escondidas o con permisos a medias. Más allá de que tengan o no permiso, el punto es que seguimos destruyendo la selva y el patrimonio biocultural que tenemos”, dijo. 

Selva fragmentada y agua en riesgo

El ambientalista recordó que, desde sus inicios, el proyecto ha operado con permisos de explotación de suelos que en su mayoría se han utilizado sin estar debidamente aprobados o mediante cambios irregulares en el uso de suelo federal, lo que refleja una política permisiva que prioriza los intereses económicos por encima de la protección ambiental.

“Lo que ocurre con el Tren Maya es que primero se destruye y después se busca justificar con permisos. Vemos proyectos como el San José que se presentan como algo controlado, pero la realidad es que la fragmentación de la selva es irreversible. 

“No estamos hablando de un terreno baldío, estamos hablando de la última selva amazónica que nos queda en México, con todo lo que significa para el agua, la fauna y la vida de quienes habitamos aquí”, señaló.

La afectación ambiental no se limita al desmonte, pues D’Christy explicó que los suelos de Quintana Roo son de los más permeables del país, lo que amplifica el riesgo de que la extracción afecte los mantos acuíferos y llegue a los cenotes.

“Aquí todo lo que cae al suelo llega eventualmente al acuífero. Si remueves la capa protectora de la selva, ese escudo natural, estás exponiendo directamente al agua que bebemos. Y no hay que olvidar que el agua de Cancún y de buena parte de la península depende de ese acuífero. Estamos comprometiendo la base de nuestra vida cotidiana, el agua con la que cocinamos, con la que bebemos, con la que vivimos”, mencionó. 

Además, advirtió que la fragmentación de la selva corta la conectividad ecológica, dejando a muchas especies sin corredores biológicos para sobrevivir.

TREN DE CARGA, NUEVO RIESGO CON HIDROCARBUROS

El futuro tren de carga del proyecto Tren Maya ha despertado fuertes inquietudes entre especialistas por los riesgos que representa el proyecto al que le da seguimiento la presidenta Claudia Sheinbaum y que, a diferencia del tren turístico, el transporte de mercancías implica un nivel de peligrosidad mucho mayor, sobre todo porque una parte estaría conformada por hidrocarburos.

Guillermo D’Christy explicó que, de concretarse este plan, la vulnerabilidad del ecosistema de la península sería extrema, ya que no existen protocolos públicos de seguridad en caso de un accidente.

“Desde hace tiempo nos decían que el 80% de la carga en esta nueva modalidad del tren sería de Pemex, puros hidrocarburos, y lo más alarmante es que no existe un plan de contingencias público en caso de derrames. Imagínense lo que sería un descarrilamiento en la selva con este combustible. No habría manera de contener un derrame porque el suelo es el más permeable del país. Todo iría directo al acuífero”, mencionó.

La advertencia cobra mayor relevancia al recordar los tres descarrilamientos que ha sufrido el Tren Maya desde su inauguración. En cada caso, fueron incidentes a bajas velocidades, lo que lleva a preguntarse qué pasaría si algo similar ocurriera, pero con trenes cargados de combustibles.

CORROSIÓN Y DESGASTE: LA FRAGILIDAD OCULTA DEL TREN

El debate sobre la seguridad del Tren Maya no se limita al impacto ambiental por el transporte de carga. Otro de los puntos críticos señalados por especialistas es la propia infraestructura, que ya muestra daños anticipados en un contexto de alta corrosión por las características del subsuelo de la región.

La preocupación radica en que los pilares de acero y concreto colocados en terrenos con altos niveles de cloruros comenzaron a deteriorarse en cuestión de semanas, un fenómeno que compromete la vida útil de la obra.

“Al meter pilares de acero y concreto en suelo con altos niveles de cloruros, la corrosión fue inmediata. A los dos meses ya registrábamos fierro en el agua. Estamos hablando de más de 15 mil pilas que se están degradando sin que exista una protección adecuada. ¿Cuánto tiempo puede durar una obra así construida sin estudios previos y solo para cumplir con una agenda política? Es una bomba de tiempo”, advirtió Guillermo D’Christy.

Este señalamiento cuestiona la viabilidad técnica del megaproyecto y abre la discusión sobre los costos que podría generar un deterioro acelerado en una infraestructura que se presenta como estratégica y de largo plazo para el sureste del país.

El consultor del colectivo Sélvame recordó que la defensa del territorio no puede dejarse solo en manos de especialistas o colectivos, sino que requiere de la participación ciudadana en los planes de desarrollo urbano y en la vigilancia de las autoridades.

“Lo irónico es que vendemos este lugar como un paraíso y cada día lo destruimos más. No se trata de frenar el desarrollo, sino de hacerlo en equilibrio con la naturaleza. Hoy el 50% de los pozos en la península ya están contaminados. 

“Antes de seguir construyendo hoteles o dar permisos inmobiliarios, deberíamos resolver ese pasivo ambiental. Y para eso necesitamos que la gente participe, que vaya a las asambleas de los planes de desarrollo urbano, que alce la voz”, dijo.

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