En el centro de Guadalajara existe un lugar donde el pasado y el presente se mezclan entre aromas de comida, risas y el eco de los pregones: el Mercado Libertad, mejor conocido como San Juan de Dios. Con más de 25 mil metros cuadrados y unos cuatro mil locales, es el mercado techado más grande de Hispanoamérica y una joya de identidad tapatía.
Construido en 1958 por el arquitecto Alejandro Zohn, este icónico espacio ha resistido incendios, crisis y el paso del tiempo, pero nunca ha perdido su esencia. Aquí se puede encontrar de todo: desde artesanías, ropa y calzado hasta joyería, electrónicos y antojitos tradicionales. Su bullicio diario representa el espíritu trabajador y festivo de los jaliscienses.
Un refugio de historias y tradiciones
Detrás de cada puesto hay una historia que contar. Locatarios como Doña Ester, con más de 60 años en el mercado, son testimonio viviente de la evolución del San Juan de Dios. Su vida transcurre entre huaraches, anécdotas y la nostalgia de una Guadalajara que creció junto al mercado.
“Todo lo que soy se lo debo a este lugar”, dicen muchos de los comerciantes que heredaron sus negocios de generación en generación. Y es que el San Juan de Dios no es solo un centro de comercio, sino un punto de encuentro, una escuela de vida y un símbolo de comunidad.
Más que un mercado, un patrimonio vivo
El Mercado Libertad es también un atractivo turístico. Miles de visitantes llegan cada año para disfrutar de sus tortas ahogadas, el pozole o la birria, entre pasillos llenos de color y música. Cada rincón guarda un pedazo de la historia tapatía, y pese a los cambios modernos, sigue siendo un emblema de resistencia cultural.
En San Juan de Dios, cada paso recuerda que Guadalajara late más fuerte entre el bullicio, el olor a cuero y el sabor a tradición. Un espacio que, más que vender, mantiene viva la esencia del pueblo mexicano.
