La improvisación de Jack Nicholson en El resplandor: “Here’s Johnny!”, el grito que nació en el set y aterrorizó al mundo


En 1980, Jack Nicholson protagonizó El resplandor (The Shining), dirigida por Stanley Kubrick y basada en la novela de Stephen King. La película es un hito del terror psicológico, pero hay una escena que sobresale y se convirtió en un símbolo universal del miedo: el momento en que Jack Torrance rompe la puerta con un hacha y grita “Here’s Johnny!”. Lo más sorprendente es que este grito no estaba en el guion: fue una improvisación de Nicholson que cambió la historia del cine.

El contexto de la escena: el clímax de la locura

La secuencia ocurre cuando Jack Torrance, ya completamente enloquecido, persigue a su esposa Wendy y a su hijo Danny en el hotel Overlook. Tras atrapar a Wendy en el baño, comienza a derribar la puerta con un hacha en una de las escenas más tensas y claustrofóbicas jamás filmadas.

La frase “Here’s Johnny!” surge justo cuando Jack abre un hueco en la puerta y asoma su rostro con una expresión salvaje, generando un momento aterrador que resume el descenso de su personaje a la locura total.

La improvisación: un instante de genialidad actoral

El famoso grito fue idea del propio Jack Nicholson, quien durante el rodaje recordó la frase con la que el presentador Ed McMahon anunciaba a Johnny Carson en el programa The Tonight Show —“Heeere’s Johnny!”— y decidió incluirla de forma espontánea. Aunque Kubrick era conocido por ser extremadamente controlador y repetir escenas decenas de veces, quedó tan impresionado con la energía y el impacto de la improvisación que decidió mantenerla.

Este toque inesperado aportó un matiz irónico y desconcertante a la escena, reforzando la personalidad impredecible de Jack Torrance y dotando al momento de una autenticidad escalofriante.

Una actuación física y emocionalmente extrema

Para filmar la escena, Nicholson se entregó al máximo: golpeó la puerta con un hacha real durante varias tomas hasta que logró la energía y violencia que Kubrick buscaba. La intensidad fue tan alta que, según la actriz Shelley Duvall (Wendy), el ambiente en el set se volvió asfixiante. De hecho, la escena de la puerta tardó tres días y más de 60 puertas destruidas para llegar al resultado final, convirtiéndose en una de las grabaciones más agotadoras de la película.

La interpretación de Nicholson —desde su postura corporal hasta la locura en su mirada— hizo que el personaje de Jack Torrance trascendiera el género de terror para convertirse en uno de los villanos más icónicos del cine.

El legado cultural de “Here’s Johnny!”

La frase improvisada se convirtió en un fenómeno cultural: ha sido parodiada, citada y homenajeada en decenas de películas, series y comerciales, desde Los Simpson hasta Toy Story. Incluso personas que nunca han visto El resplandor reconocen el grito y el gesto de Nicholson asomando su rostro entre las tablas rotas de la puerta.

Este momento no solo consolidó la escena como una de las más famosas del terror, sino que también ayudó a inmortalizar a El resplandor como un clásico del cine, elevando la película a la categoría de obra maestra influyente más allá del género.

Jack Nicholson y su legado como actor

La actuación en El resplandor mostró la capacidad de Jack Nicholson para encarnar la locura de forma tan realista que el público no podía apartar la vista. Su entrega absoluta, sumada a su disposición para improvisar, demostró por qué es uno de los actores más respetados y reconocidos de todos los tiempos, ganador de tres premios Oscar y protagonista de películas legendarias como Atrapado sin salida y Chinatown.

Su Jack Torrance marcó un antes y un después en la representación de personajes desquiciados, sentando un precedente para futuras interpretaciones de villanos psicológicamente complejos.

Un grito para la eternidad

La improvisación de Jack Nicholson en El resplandor con su inolvidable “Here’s Johnny!” es un ejemplo perfecto de cómo un instante de genialidad puede definir una película y dejar una huella imborrable en la cultura popular. Aquella frase espontánea no solo elevó la intensidad de la escena, sino que se transformó en una de las líneas más icónicas de la historia del cine, recordándonos el poder de la actuación en su forma más pura y visceral.


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