La historia de Uziel Muñoz: del dolor al podio mundial

El chihuahuense obtuvo plata en el Mundial de impulso de bala con récord nacional, tras vencer la adversidad y poner a México en la élite del atletismo

El chihuahuense obtuvo plata en el Mundial de impulso de bala con récord nacional, tras vencer la adversidad y poner a México en la élite del atletismo

Uziel Muñoz: el hombre que lanzó su vida hasta la gloria

Tokio, luces encendidas, un estadio expectante y un mexicano que cargaba sobre sus hombros no solo una bala de acero, sino el peso de una vida entera. Cuando Uziel Muñoz se paró frente al círculo de impulso, el mundo no sabía su historia. Solo veían a un atleta más. Él, en cambio, sabía que cada segundo lo había traído hasta allí: el dolor, la pérdida, la disciplina y la esperanza.

Su Uziel Muñoz no puede resumirse solo en metros y centímetros, ni en las medallas que hoy cuelgan de su pecho. Su verdadera hazaña está en la resiliencia, en el camino lleno de tropiezos y en la fuerza con la que decidió levantarse una y otra vez para demostrar que los sueños, aunque parezcan imposibles, se pueden alcanzar.

El niño que aprendió a resistir

Nació en Chihuahua, tierra de sol intenso y trabajo duro. Su infancia no estuvo marcada por lujos ni comodidades, sino por la enseñanza de que nada se regala, todo se gana. Entre campos y canchas, entendió que la fortaleza no se mide solo en músculos, sino en carácter. Ese niño callado se fue convirtiendo en un joven con la determinación de no rendirse jamás.

Mateo, el hermano que aún lo impulsa

Hace casi diez años, una tragedia golpeó su vida. Su hermano Mateo partió demasiado pronto, dejando un vacío imposible de llenar. Desde entonces, cada lanzamiento tiene destinatario: él. Uziel lanza para un recuerdo, para un lazo invisible que lo sostiene en los días difíciles y lo acompaña en los triunfos. “Cada milímetro de avance se lo dedico a Mateo”, confiesa. No es solo deporte, es duelo transformado en fuerza.

La lesión que lo puso a prueba

A inicios de 2024, cuando parecía estar en el mejor momento de su carrera, una lesión en el tobillo lo dejó en vilo. ¿Y si ya no volvía? ¿Y si sus sueños se quedaban en pausa para siempre? La respuesta de Uziel fue simple: luchar. Con terapias dolorosas, días de incertidumbre y el respaldo incondicional de su familia, logró regresar. No fue solo un regreso físico: fue la confirmación de que su espíritu no conoce derrotas.

El día que hizo historia

Tokio lo recibió con lluvia de dudas. Había sido inscrito a última hora, como si la propia federación no terminara de creer en él. Pero el destino tenía preparado algo distinto. Entre lanzamientos tensos, cuando parecía quedar fuera del podio, sacó la fuerza de lo más profundo de su ser: 21.97 metros. Un rugido ahogado, un salto de celebración y lágrimas contenidas. México tenía plata, y con ella un récord nacional.

Ryan Crouser, la leyenda estadounidense, lo miró con respeto. “Tuvo una actuación fantástica. Nadie esperaba que ganara una medalla de plata. Es un atleta extremadamente dedicado”, dijo el campeón olímpico.

Más allá del podio

Ese día, Uziel no solo ganó una medalla. Rompió una sequía de siete años para México en mundiales de atletismo. Puso al impulso de bala en el mapa y se convirtió en el primero en la historia de nuestro país en alcanzar la gloria en esa disciplina. Lo hizo en silencio, con humildad, con la certeza de que los sueños no entienden de imposibles.

El futuro en sus manos

A sus 30 años, Muñoz no se conforma. Habla ya del récord mundial, de seguir abriendo camino para que otros mexicanos crean en lo impensable. “Espero que no sea yo el único en lograrlo”, afirma. Porque su historia no es solo personal, es colectiva. Habla de un país que necesita creer en sus atletas, en sus talentos y en la fuerza de sus sueños.

Epílogo: un lanzamiento para Mateo

Cuando se colgó la medalla en Tokio, Uziel miró al cielo. En ese gesto estaba todo: el niño que soñaba, el hermano que lo acompaña, el hombre que no se rinde. Su vida es un impulso eterno, un lanzamiento hacia la gloria que no se mide en metros, sino en la profundidad de un corazón que nunca dejó de creer.

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