En la historia del béisbol, ha habido 24 juegos perfectos. Pero solo uno ocurrió en el escenario más grande del mundo, la Serie Mundial. Y fue lanzado no por un as, sino por un hombre imperfecto, haciendo de su hazaña algo eterno e irrepetible.
El 8 de octubre de 1956, el Yankee Stadium era el epicentro del universo del béisbol. Los New York Yankees y los Brooklyn Dodgers, dos rivales acérrimos, estaban empatados 2-2 en una Serie Mundial cargada de tensión. Para el crucial Juego 5, el manager de los Yankees, Casey Stengel, tomó una decisión que parecía, como mínimo, arriesgada: le dio la bola a Don Larsen.
Larsen no era una estrella. Era un lanzador con un récord de carrera por debajo de.500 (terminaría con 81 victorias y 91 derrotas). Apenas tres días antes, en el Juego 2, había sido vapuleado por los Dodgers, durando solo 1 \frac{2}{3} entradas en una derrota por 13-8. Nadie, quizás ni el propio Larsen, esperaba la inmortalidad. Se enfrentaba a una temible alineación de los Dodgers que incluía a futuros miembros del Salón de la Fama como Jackie Robinson, Roy Campanella, Pee Wee Reese y Duke Snider.
La Hazaña: 97 Lanzamientos, 27 Retirados
Lo que sucedió a continuación fue una obra maestra de control y eficiencia. Durante nueve entradas, Larsen fue la personificación de la perfección. Lanzó solo 97 lanzamientos y ningún bateador de los Dodgers logró embasarse. Ni por hit, ni por base por bolas, ni por error. 27 bateadores se presentaron al plato, y los 27 fueron retirados.
El juego no estuvo exento de momentos de tensión. En la segunda entrada, un batazo de Jackie Robinson fue desviado por el guante del tercera base Andy Carey, pero el campocorto Gil McDougald reaccionó a tiempo para sacar a Robinson por un paso. En la quinta, Mickey Mantle realizó una espectacular carrera hacia el jardín central para atrapar un profundo batazo de Gil Hodges que amenazaba con romper la perfección.
Mientras Larsen tejía su magia, un solitario jonrón de Mickey Mantle en la cuarta entrada le dio a los Yankees la única carrera que necesitarían. Con cada out en las entradas finales, la tensión en el estadio de 64,519 aficionados se volvía casi insoportable.
El Último Out: Un Final de Película
En la novena entrada, Larsen retiró a Carl Furillo con un elevado y a Roy Campanella con un roletazo. Solo quedaba un out. El manager de los Dodgers envió al bateador emergente Dale Mitchell. Con la cuenta en 1-2, Larsen lanzó una recta. Mitchell intentó detener su swing, pero el umpire Babe Pinelli sentenció el tercer strike. El juego había terminado. Don Larsen había lanzado el primer y, hasta la fecha, único juego perfecto en la historia de la Serie Mundial.
«Maldita sea. El hombre imperfecto acaba de lanzar un juego perfecto.» – Dick Young, reportero deportivo, tras el juego.
El Veredicto del Juez
Muchos lanzadores legendarios, miembros del Salón de la Fama con récords impecables, han adornado los montículos de la MLB. Nombres como Sandy Koufax, Randy Johnson y Roy Halladay han lanzado juegos perfectos. Sin embargo, ninguno de ellos lo logró en el crisol de una Serie Mundial.
La grandeza de la hazaña de Don Larsen no reside solo en el escenario en que la logró, sino en quién la logró. Fue un lanzador promedio, un «hombre imperfecto», quien en un día de octubre alcanzó la perfección absoluta. Esta paradoja es lo que eleva su historia por encima de todas las demás. No fue la culminación esperada de una carrera dominante, sino un rayo de divinidad que iluminó a un mortal por una tarde.
El juego perfecto de Don Larsen es la máxima expresión del sueño americano en el béisbol: la prueba de que, en cualquier día, incluso el más insospechado de los hombres puede alcanzar la inmortalidad. Por eso, no es solo el juego perfecto más importante; es el más bello y legendario de todos.
