Yucatán

Leyendas mayas de Yucatán: Reencontrando la luz perdida

Leyendas mayas de Yucatán: Reencontrando la luz perdida

Leyendas mayas de Yucatán: Reencontrando la luz perdida

Conoce una de las más bellas leyendas mayas que narra la aparición de una niña que con su valentía logró que la añorada luz brillante volviera a iluminar el firmamento de Yucatán.

Por Ricardo Pat

18/01/2021 01:17

Dentro de la serie de leyendas mayas originarias de Yucatán que La Verdad Noticias comparte, toca turno a la historia de la gran sábana de luces que cubre los espacios sagrados del mayab que perdió súbita e inexplicablemente a la más brillante de todas sus luces.

En un primer momento la desaparición de la luz brillante fue ignorada, pero al poco tiempo todos los seres sobre la tierra rompieron en llanto, desesperados pues la noche transcurría y nadie se explicaba su desaparición, los habitantes plagaron sus tierras de súplicas y rituales, mientras los sabios se dedicaban a estudiar el inusitado fenómeno.

Al pasar los días, la pequeña comenzó a notar cambios en su reflejo: cuando se miraba en las aguas del río, ahora veía a su estrella perdida entre los ojos.

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La comunidad, dividida por el odio y las envidias, temía por su vida. ¿Cuántas cosas cambiarían ahora que esa luz los había abandonado? ¿Cómo era posible su desaparición? Los días transcurrieron entre incertidumbre y grandes cambios.

Las cosas se alineaban de forma distinta, los templos se iluminaban en lugares inesperados y de forma intermitente, las sombras ya no aparecían reflejadas en los lugares acostumbrados, y el temor por el posible enojo de los dioses ante el desastre se había adueñado de los aldeanos. 

Aparece la niña que traería la luz

Probablemente Kukulcán no bajaría de la pirámide, tal vez no encontraría cómo, los rituales se quedarían incompletos y entonces el pueblo quedaría perdido. Los mares subirían enfurecidos, la tierra no daría más frutos, los lagos serían absorbidos y tal vez un día no saldría más el sol. 

Se esperaba que aquello que anteriormente iluminaba el negro de la noche, caería sobre todos y para la eternidad. Sin embargo, un día una pequeña niña encontró en el monte una pequeña piedra cristalina que, aunque estaba cuarteada, prendía y apagaba. 

Sin pensarlo dos veces la tomó con sus pequeñas manos y la llevó a su hogar. Nadie notó la presencia de aquel mineral precioso. La niña llevaba su piedra a las reuniones y observaba como ésta iba perdiendo fragmentos. Por las noches la colocaba al lado de su almohada y en sueños veía escenas de odio y violencia.

Al pasar los días, la pequeña comenzó a notar cambios en su reflejo: cuando se miraba en las aguas del río, ahora veía a su estrella perdida entre los ojos. Sin embargo, incrédula, la chica guardaba silencio. 

En su comunidad comenzó a organizar reuniones, y sus llamados unían a la gente que se había distanciado antes de la oscuridad. Con ayuda de los más sabios ideó nuevos rituales para devolverle la luz a aquella estrella. 

Los pobladores temían que probablemente Kukulcán no bajaría de la pirámide, tal vez no encontraría cómo, y con ello los rituales se quedarían incompletos y entonces el pueblo quedaría perdido.

La gente comenzó a ser más amable, todos comenzaban a reconocerse y en cada ritual se podía sentir entre los miembros una fuerza que nunca antes se había sentido.

La niña ya no podía ocultar el brillo en sus ojos, que de noche brillaban emitiendo una luz plateada capaz de iluminar cualquier sendero oscurecido. La gente empezó a albergar esperanza en su seno, y mientras más fe existía, menos grietas tenía la piedra cristalina. 

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Un día la niña decidió llevar la piedra mágica a uno de los rituales; la colocó en medio de todos y comenzaron las actividades. Para sorpresa de los presentes, la pequeña cayó repentinamente al suelo y sus ojos brillaron con más fuerza que nunca iluminando el cielo, su piel  se convirtió en un reflejo de aquel manto alguna vez estrellado que rodeaba todo y perdió control de sí.

Entonces, la gente miró al cielo y observó a la añorada luz brillante de vuelta en el firmamento. La niña volvió en sí poco después y como regalo de la luz que había unido a su comunidad, sus ojos brillaron plateados por siempre.

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