Más allá de los informes científicos, está la realidad de quienes trabajan la tierra. Viajamos al campo mexicano para escuchar de primera mano cómo el cambio climático está alterando los ciclos de siembra, secando los pozos y amenazando el sustento de sus familias y nuestra comida.
Para la mayoría de nosotros, el cambio climático es un concepto que leemos en los titulares o vemos en documentales. Pero para los agricultores de México, es una realidad brutal que se vive cada día en la tierra agrietada, en las cosechas perdidas y en un cielo que ya no cumple sus promesas ancestrales. Sus testimonios no son datos abstractos; son el relato en primera persona de una crisis que amenaza no solo su modo de vida, sino la seguridad alimentaria de todo el país.[41]
Más del 70% de los agricultores en el mundo ya ha sufrido las consecuencias directas del cambio climático, con una reducción promedio de sus ingresos del 15.7% en los últimos dos años.[42] En México, estas cifras se traducen en historias de lucha, adaptación y, a menudo, de profunda incertidumbre.
Un retrato de un agricultor con el rostro surcado por el sol, mirando un campo seco o dañado. La imagen debe transmitir resiliencia y preocupación.
## «El invierno llega más tarde y dura menos»
En San Juan de Los Planes, Baja California Sur, el agricultor Enrique Rochín ha visto cómo el ritmo de las estaciones, que guió a su padre y a sus abuelos, se ha desmoronado. Su testimonio, recogido por Climate Tracker, es un reflejo de lo que ocurre en todo el país.
«Hemos notado que el invierno llega más tarde, hasta finales o mediados de diciembre y dura menos. Ahora se han prolongado los veranos. Tenemos que en octubre y parte de noviembre se mantiene el calor y usamos más agua para poder producir. Pero antes no, antes desde octubre teníamos buenos climas.» – Enrique Rochín, agricultor.[43]
Este cambio no es trivial. Obliga a los agricultores a abandonar cultivos tradicionales, como hortalizas, para apostar por otros más resistentes al calor, como los cítricos. José Márquez, gerente del Comité Estatal de Sanidad Vegetal, lo confirma: «Se han modificado los tiempos de las cosechas y la siembra».[43] Sembrar en el momento equivocado significa exponer a las plantas a heladas inesperadas o a un calor abrasador que afecta su crecimiento y la calidad del producto final.[44]
## La sed de la tierra: una lucha constante por el agua
La prolongación de los veranos y la irregularidad de las lluvias tienen una consecuencia directa: un aumento dramático en la necesidad de agua para riego. «Usamos más agua para poder producir», señala Rochín.[43] Esto ocurre en un contexto nacional de estrés hídrico severo, donde las sequías son cada vez más intensas y prolongadas.[41]
La agricultura es responsable del 80% del uso de agua en un estado como Baja California Sur, y los agricultores como Enrique ya resienten los bajos niveles en los pozos.[43] La falta de infraestructura para almacenar y distribuir el agua agrava el problema, obligando a los productores a hacer inversiones significativas en sistemas de riego más eficientes, como el goteo, si quieren sobrevivir.[41]
Una imagen de un sistema de riego por goteo en un campo, contrastando con una tierra visiblemente seca alrededor.
## El golpe económico: cuando la cosecha se pierde
Los fenómenos meteorológicos extremos son el golpe de gracia. Los huracanes, cada vez más intensos por el aumento de la temperatura del mar, pueden destruir en horas el trabajo de meses. Enrique Rochín relata la devastación económica y anímica que esto provoca.
«Antes me jugaba entre 50 y 60 mil pesos por hectárea, pero llegaba un huracán y me dejaba el puro tronco… Realmente la pérdida es al momento de la cosecha porque ya saliste desfasado. Los productos que podrías haber vendido en 15 pesos, te los pagan a cuatro pesos.».[43]
Esta volatilidad de precios, sumada a los crecientes costos de fertilizantes y energía, coloca a los pequeños y medianos productores en una situación de vulnerabilidad extrema.[42] La pérdida no es solo económica, es emocional. «Dan ganas de llorar», confiesa Rochín sobre la impotencia de ver su inversión y esfuerzo desvanecerse.
## La adaptación: la agroecología como respuesta
A pesar del panorama desolador, los agricultores no se rinden. Están en la primera línea de la adaptación, buscando soluciones en la innovación y en el conocimiento ancestral. Muchos, como Enrique Rochín, están recurriendo a la agroecología: un conjunto de prácticas agrícolas sostenibles que buscan trabajar con la naturaleza, no contra ella.
El uso de materia orgánica, cultivos de cobertura y la eliminación de pesticidas químicos no solo mejora la salud del suelo y retiene más humedad, sino que hace a los cultivos más resistentes a las plagas y a los vaivenes del clima.[43] En estados como Yucatán y Sonora, comunidades enteras están implementando estas estrategias para mejorar la productividad y reducir su vulnerabilidad.
