
Una mujer que nunca deja de crear: de la palabra al pincel
A sus 93 años, Elena Poniatowska, referente indiscutible de la literatura mexicana, ha decidido compartir un aspecto íntimo, sereno y luminoso de su vida: su pasión por la pintura. En la exposición Historia de una amistad, presentada en el Centro Libanés junto al artista Diego Lamas, la autora muestra 27 obras al óleo que revelan un universo emocional guiado por la luz, la nostalgia y la amistad.
Conocida por su aguda crónica social, su lucha por los derechos humanos y su vasta obra periodística y literaria, Poniatowska demuestra que el arte no tiene edad, límites ni etiquetas. Su pincel, como antes su pluma, narra historias.
El comedor convertido en taller y refugio de luz
Desde hace años, todos los sábados, el comedor de la casa de Elenita —como le llaman con cariño— se transforma en taller de arte. Bajo la instrucción del maestro Enrique López Pacheco, comparte este espacio creativo con Diego Lamas y Stephanie Brewster, cineasta. Rodeados de materiales, lienzos y luz natural, la sesión de 11 a 14 horas se convierte en un ritual de paz.
Para Elena, pintar es mucho más que una actividad recreativa:
“Es un remedio contra la soledad. Es un descanso, una forma de llenar el fin de semana de una mujer de 93 años.”
Pintar para sanar: recuerdos, familia y emociones
Sus cuadros son grandes, figurativos, y cada uno encierra un pedazo de su vida. Uno retrata a su hermano Jan nadando en el mar. Otro, la falda tricolor de una china poblana. Otro más, a su madre en un campo de narcisos amarillos, un sueño feliz de la infancia en Biarritz. La memoria, la familia, la pérdida y la ternura se funden en colores y formas que dan voz visual a sus vivencias.
El más significativo, dice, es ese cuadro de su madre con su perro salchicha, inspirado en un relato que le compartió al final de su vida. Aunque no está en la muestra por su tamaño, representa todo lo que significa la pintura para ella: un diálogo con sus recuerdos, con lo que ya no está y con lo que sigue vivo en su corazón.
Una amistad hecha arte
El título de la muestra no es casual: Historia de una amistad celebra el lazo entre Elena y Diego, y también el de ambos con su maestro, con el arte, y con el tiempo compartido. La diferencia de estilos enriquece la exposición. Mientras Diego Lamas —hijo de la feminista Marta Lamas— bebe del barroco, el Renacimiento y la pintura clásica europea con toques de humor y crítica, Poniatowska pinta desde la emoción, desde la contemplación, desde la intimidad.
Beatriz Zalce: «Una lección de vida»
Para la periodista Beatriz Zalce, amiga de Elena, esta exposición es mucho más que una muestra de óleos:
“Entrevera los caminos de la amistad, del arte, del feminismo y los recuerdos. Es una lección de vida. La maestra es una alumna aplicada.”
Y lo es. Porque mientras el mundo celebra sus libros, su voz y sus premios —incluido el Premio Cervantes 2013—, ella sigue explorando, sigue sintiendo, sigue creando. Con cada trazo demuestra que no hay edad para reinventarse.
Pintar como quien respira
“¿Qué pinta?”, le preguntan. “Cualquier cosa que se me ocurre. Temas fáciles. Es como algo dominguero, de gusto, de placer”, responde ella, con esa sencillez que siempre ha desarmado a críticos y lectores.
Lo hace por gusto, por necesidad emocional, por llenar vacíos que ni los libros ni los aplausos han podido colmar. Sus cuadros son testimonio de lo vivido, de lo amado, de lo perdido. Son un acto de resistencia dulce ante la soledad, el tiempo y la muerte.
El arte como espejo de lo esencial
Historia de una amistad no solo es una exposición: es un homenaje al arte como refugio, al valor de la amistad intergeneracional, al poder de la memoria convertida en belleza.
Poniatowska nos enseña que, incluso a los 93 años, siempre hay algo más por descubrir, algo nuevo por sentir, algo eterno por crear. Y esa es la verdadera victoria del espíritu.