
Un cambio histórico en la forma de entender a la familia
La imagen típica de un divorcio siempre evocó a jueces, abogados y disputas sobre bienes materiales o la custodia de los hijos. Sin embargo, en una sociedad donde cada vez más parejas optan por no tener descendencia y, en cambio, deciden compartir su vida con perros o gatos, surgía un vacío legal: ¿qué pasaba con las mascotas en caso de separación?
Hoy, ese vacío se cierra con una reforma histórica al Código Civil, que reconoce a los animales como seres sintientes y permite que los jueces definan su custodia durante un proceso de divorcio.
Custodia de mascotas: más que una pertenencia, una responsabilidad
Hasta hace unos años, las mascotas eran vistas legalmente como “objetos” o “propiedades”. Con esta reforma, se reconoce que los animales tienen emociones, necesidades y derechos.
En adelante, durante un divorcio, los jueces deberán considerar factores como:
- La capacidad de cada persona para ofrecer un ambiente adecuado y seguro.
- La disponibilidad de tiempo para atenderlos.
- Los recursos económicos destinados a su bienestar, alimentación y atención veterinaria.
Incluso, se abre la posibilidad de establecer custodia compartida, un modelo similar al que se aplica con los hijos, cuando el juez considere que es lo mejor para el animal.
Las familias multiespecie y el papel emocional de los animales
La reforma también reconoce una nueva realidad: las familias multiespecie o interespecie, conformadas por seres humanos y animales domésticos. Estas familias no solo comparten techo, sino también afecto, apoyo emocional y protección mutua.
El amor de un perro que recibe a su dueño tras un largo día o el ronroneo de un gato que calma la ansiedad, no son simples anécdotas: son vínculos que la ciencia ya comprobó. Estudios como los realizados en la Universidad de Cambridge demostraron que los animales experimentan placer, alegría, tristeza, miedo y dolor.
De la ley al corazón: casos reales que inspiran la reforma
Imaginemos a Mariana y Diego, una pareja que, tras diez años juntos, decide divorciarse. No tuvieron hijos, pero sí compartieron la crianza de “Luna”, una labradora que llegó a su hogar como cachorra. Para ambos, ella es parte de la familia.
Antes de la reforma, Luna hubiera sido tratada como un objeto más a dividir. Hoy, la ley obliga a considerar su bienestar, su espacio, su salud y la capacidad de cada uno para cuidarla. Luna ya no es “una cosa” que pasa de manos, sino un ser vivo con derechos y emociones.
Un paso hacia el trato digno de los animales
Esta reforma no surge de la nada. En años recientes, México ya había aprobado cambios al Código Civil que reconocen a los animales como “sujetos de consideración moral y trato digno”.
Las cifras también lo exigían: la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial reporta que la mitad de las 8 mil quejas ciudadanas presentadas cada año son por maltrato animal. Regular su custodia es también una forma de prevenir negligencias y garantizar mejores condiciones de vida.
Hacia una justicia con empatía
La aprobación de esta reforma representa mucho más que un cambio legal. Es el reflejo de una sociedad que evoluciona, que entiende que la familia no siempre está compuesta por hijos humanos, y que los animales no son objetos, sino compañeros de vida con sentimientos reales.
La justicia ahora mira más allá de los bienes materiales y reconoce que la custodia de una mascota es, en realidad, la custodia de un vínculo emocional profundo.