Trump y el fin del Estado: ¿Cómo llegamos al reinado del mercado?

Donald Trump encarna la crisis del Estado y el ascenso del mercado. ¿Qué significa su regreso para la democracia y el equilibrio entre política y economía?

El espectáculo que reemplazó al Estado

Cuando Donald Trump tomó protesta en su segundo mandato, no fue frente al pueblo, ni rodeado de símbolos históricos del poder democrático. Fue un acto más parecido a un desfile de grandes corporaciones que a la ceremonia tradicional de un jefe de Estado. Lo que vimos fue la coronación del mercado como fuerza dominante, en una era donde la política se ha reducido a eslóganes y campañas de marketing.

Este cambio no llegó de la noche a la mañana. Décadas de debilitamiento del Estado en nombre del neoliberalismo pavimentaron el camino. Hoy, Trump no solo es un líder, sino el producto de una sociedad que ve al ciudadano como cliente, al votante como consumidor, y al poder como negocio.

El Estado reducido a mercancía

Del neoliberalismo al individualismo extremo

La caída del Estado como institución comenzó mucho antes de Trump. Durante décadas, los neoliberales promovieron la idea de un gobierno reducido, “menos injerencia estatal” y mayor espacio para la “libre competencia”. Esto llevó a desmantelar políticas públicas que protegían el bienestar social, dejando al individuo a merced del mercado.

Trump capitalizó esta narrativa, convirtiendo su discurso en una serie de eslóganes que apelaban a los temores más profundos del ciudadano-consumidor: miedo a perder empleo, identidad y poder adquisitivo. Sin embargo, en su lógica no hay una propuesta de reconstrucción estatal, sino un llamado a la supremacía del mercado y la ley de la oferta y la demanda.

La política como espectáculo

Las campañas presidenciales de Trump han redefinido cómo se hace política en Estados Unidos. No se trata de presentar ideas o debatir en foros serios, como universidades o espacios culturales. Trump esquivó deliberadamente estos escenarios para centrarse en los medios masivos, las redes sociales y los mítines llenos de espectáculo.

“¡Y-M-C-A!” sonaba de fondo mientras Trump bailaba en sus actos de campaña, reduciendo el debate público a un show. La ausencia de argumentos y propuestas fue sustituida por memes, frases simples y un espectáculo visual que apelaba más a las emociones que a la razón.

El mercado toma el poder

La influencia de las grandes corporaciones

El retorno de Trump simboliza el poder de las grandes corporaciones sobre la política. Su toma de protesta, dominada por nombres como Meta, Amazon y Tesla, demostró que los gigantes tecnológicos y económicos no solo moldean nuestras vidas, sino también nuestras democracias.

Decisiones como el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París o de la Organización Mundial de la Salud no responden al interés colectivo, sino a la lógica del mercado. En este sistema, el dinero dicta las prioridades, dejando atrás los valores y los derechos humanos.

El homo economicus: la sociedad consumista

En este nuevo orden, el ciudadano deja de ser un actor político para convertirse en un consumidor. Su valor se mide por su capacidad de compra, no por su dignidad o sus derechos. La democracia se convierte en una transacción, donde el voto es un producto más en el mercado electoral.

Trump como síntoma y consecuencia

El populismo del mercado

Donald Trump no es solo un político, es el producto de un sistema que ha desmantelado el Estado en favor del mercado. Su figura encarna un nuevo tipo de liderazgo: el dueño, no el estadista. En lugar de priorizar el bien común, su mandato se basa en la lógica de la empresa: eficiencia, ganancia y poder.

El retorno del absolutismo moderno

Al igual que Luis XIV, Trump se presenta como “el Estado”. Sin embargo, no lo hace desde la figura de un monarca, sino desde la del CEO de una corporación global. Su poder se basa en su capacidad para controlar narrativas, redes sociales y flujos de capital.

¿Qué significa esto para el futuro del Estado?

La pérdida de soberanía frente al mercado

La supremacía del mercado plantea un desafío existencial para los Estados modernos. Las decisiones ya no se toman en función del bienestar colectivo, sino de las demandas del capital global. Esto debilita la soberanía de los países, especialmente en naciones como México, que enfrentan las presiones de un Trump recargado.

El reto para las democracias

Enfrentar este nuevo orden requiere replantear el papel del Estado. Las democracias deben reconstruirse desde la base, fortaleciendo instituciones, promoviendo el bien común y limitando el poder desmedido de las corporaciones.

Es el Estado, estúpido

La frase “Es la economía, estúpido” definió una era. Hoy, ante el regreso de Trump y el dominio del mercado, debemos actualizarla: “Es el Estado, estúpido”.

El desafío no solo radica en resistir las políticas autoritarias o el populismo del mercado, sino en reconstruir un sistema que priorice a las personas sobre el dinero. El camino no será fácil, pero es imprescindible si queremos un futuro donde la política vuelva a estar al servicio de la humanidad.

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