Los terroristas de Bondi Beach dejaron una herida profunda en Australia y en la comunidad judía internacional. El ataque, perpetrado durante la celebración de Janucá en una de las playas más emblemáticas de Sídney, no solo cobró la vida de quince personas, sino que reabrió un debate urgente sobre radicalización, vigilancia antiterrorista y prevención de la violencia extremista.
Con el avance de las investigaciones, las autoridades australianas han comenzado a trazar el perfil de los responsables: Sajid Akram, de 50 años, y su hijo Naveed Akram, de 24. Padre e hijo actuaron solos, motivados —según las primeras conclusiones— por una ideología extremista, aunque aún se analizan posibles conexiones internacionales.
Un ataque planeado en silencio
El atentado ocurrió mientras familias judías celebraban el primer día de Janucá en Bondi Beach. La elección del lugar y la fecha no fue casual. Para las autoridades, el ataque tiene un claro componente antisemita, enmarcado en un contexto global de aumento de la violencia contra comunidades judías.
En el vehículo utilizado por los atacantes, un auto plateado, la policía encontró una bandera asociada al grupo Estado Islámico y varios artefactos explosivos improvisados. Este hallazgo encendió las alarmas sobre una posible inspiración o simpatía con organizaciones terroristas internacionales, aunque por ahora no se ha confirmado una conexión operativa directa.
Quiénes eran los terroristas de Bondi Beach
Sajid Akram llevaba una vida aparentemente estable. Contaba con licencia de armas desde hacía casi una década y tenía seis armas registradas legalmente. Participaba junto a su hijo en un club de caza y tiro, una actividad que, en retrospectiva, ha generado cuestionamientos sobre los controles y evaluaciones psicológicas asociadas a la posesión de armas.
Naveed Akram, en cambio, atravesaba un momento de inestabilidad personal. Había quedado desempleado tras la quiebra de la empresa de construcción donde trabajaba como albañil. Según medios locales, su situación económica y emocional se había deteriorado en los meses previos al ataque.
Ambos residían en Bonnyrigg, en el oeste de Sídney, y habían alquilado una vivienda temporal en Campsie para el fin de semana del atentado. La policía ejecutó órdenes de registro en ambas propiedades en busca de más evidencias sobre la planificación del ataque.
Terroristas de Bondi Beach y la posible ruta de radicalización
Uno de los puntos clave de la investigación es el viaje que padre e hijo realizaron a Filipinas un mes antes del atentado. En esa región opera el llamado Estado Islámico de Asia Oriental, una filial conocida por su actividad violenta.
Aunque las autoridades australianas han descartado que los Akram formaran parte de una célula organizada, el desplazamiento internacional ha incrementado las sospechas sobre una posible radicalización durante ese viaje. Por ahora, los investigadores sostienen que los atacantes actuaron de manera autónoma, inspirados por ideologías extremistas más que por órdenes directas.
Señales previas y fallas del sistema
Las agencias de seguridad federales ya habían puesto atención en Naveed Akram en 2019. La inteligencia interna australiana, ASIO, abrió una investigación debido a sus asociaciones personales. El seguimiento duró seis meses y concluyó que no representaba una amenaza persistente.
Ese expediente cerrado hoy genera polémica. Naveed no figuraba en listas de vigilancia antiterrorista y no existían alertas activas en su contra. Para el primer ministro Anthony Albanese, este caso demuestra lo compleja que es la detección temprana de procesos de radicalización individual.
Un golpe que trasciende fronteras
El ataque de Bondi Beach no es un hecho aislado. Forma parte de un patrón global de violencia extremista que apunta contra comunidades religiosas en espacios públicos. Para Australia, el atentado representa uno de los episodios terroristas más graves de los últimos años y ha provocado un refuerzo inmediato de la seguridad en sinagogas, escuelas y eventos comunitarios.
El comisionado de policía de Nueva Gales del Sur, Mal Lanyon, ha pedido cautela y evitar especulaciones mientras avanza la investigación.
“Nuestra prioridad es entender exactamente qué ocurrió y por qué”, afirmó.
Una herida abierta
Más allá de los nombres y los datos, los terroristas de Bondi Beach dejaron una marca imborrable en la memoria colectiva del país. El duelo de las víctimas, el miedo de las comunidades afectadas y las preguntas sin respuesta mantienen viva una discusión incómoda pero necesaria: cómo prevenir la radicalización antes de que se transforme en tragedia.
El caso sigue abierto, y con él, la necesidad de aprender de cada señal ignorada para evitar que un ataque como el de Bondi Beach vuelva a repetirse.
