Niña de 2 años elegida como nueva diosa viviente en Nepal

Niña de 2 años elegida como nueva diosa viviente en Nepal
Niña de 2 años elegida como nueva diosa viviente en Nepal

En Katmandú, la capital de Nepal, la pequeña Aryatara Shakya, de apenas 2 años y 8 meses, dejó de ser vista como una niña común para convertirse en la nueva Kumari, la venerada diosa viviente que será adorada tanto por hindúes como por budistas.

La noticia, que recorrió el mundo, se dio en el marco de una ceremonia sagrada durante el festival Dashain, la celebración religiosa más importante de Nepal. Desde ese día, Aryatara vive en el palacio de un templo, donde miles de devotos llegan para rendirle tributo.

La tradición de las Kumaris

La figura de la Kumari, que significa “diosa virgen”, es una tradición profundamente arraigada en la cultura Newar del valle de Katmandú. Desde 1942, niñas seleccionadas entre los 2 y 4 años son elegidas bajo estrictos criterios: deben tener piel impecable, ojos brillantes, cabellos perfectos y no mostrar miedo, ni siquiera a la oscuridad.

Al llegar a la pubertad, la Kumari deja de ser diosa y vuelve a la vida común. Así ocurrió con Trishna Shakya, la Kumari anterior, que tras 8 años en el templo regresó a su hogar como una niña más.

Una ceremonia marcada por la fe

El nombramiento de Aryatara coincidió con el octavo día del festival Dashain, que celebra la victoria del bien sobre el mal. Oficinas y escuelas cerraron, mientras miles de personas abarrotaron las calles de Katmandú para ver el traslado de la nueva Kumari hasta el templo.

Los devotos hicieron fila para tocar con la frente los pies de la niña, gesto considerado el máximo acto de respeto en la cultura hindú. Ofrecieron flores, dinero y oraciones, mientras la familia de Aryatara observaba con orgullo.

Ayer era solo mi hija, hoy es una diosa”, declaró emocionado su padre, Ananta Shakya, quien recordó que su esposa soñó durante el embarazo que la niña estaba destinada a algo grande.

Luces, festivales y espiritualidad

El nombramiento de Aryatara se suma a un ciclo de celebraciones religiosas en Nepal que inicia con el Indra Jatra, donde la Kumari es paseada en una carroza, y continúa con Tihar o Diwali, el festival de las luces.

Durante estas festividades, la Kumari viste de rojo intenso, lleva su cabello recogido en moños y porta un tercer ojo pintado en la frente, símbolo de poder y sabiduría.

Entre privilegios y aislamiento

Si bien la familia de una Kumari alcanza gran prestigio social, la vida de estas niñas no siempre es sencilla. Durante su etapa como diosas, viven aisladas del mundo exterior, con pocos compañeros de juego y salidas limitadas a festivales.

Además, las ex Kumaris suelen enfrentar dificultades para adaptarse a la vida cotidiana, aprender tareas domésticas e integrarse a escuelas normales. Incluso, el folclore sostiene que los hombres que se casan con una ex Kumari mueren jóvenes, lo que lleva a muchas a permanecer solteras.

En los últimos años, las autoridades han buscado modernizar la tradición. Ahora las Kumaris pueden recibir educación privada dentro del templo y contar con comodidades como televisión. Al dejar el cargo, el gobierno les otorga una pensión mensual de unos 110 dólares.

Una tradición que trasciende el tiempo

La historia de Aryatara Shakya recuerda que, en Nepal, religión, cultura y misticismo conviven en un delicado equilibrio. La figura de la Kumari no es solo un símbolo religioso, sino también un reflejo del valor que la sociedad nepalí otorga a la pureza y la divinidad.

En el corazón de Katmandú, una niña que ayer jugaba con muñecas hoy se ha convertido en un puente entre lo humano y lo divino.

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