El uso de napalm, agente naranja y fósforo blanco: una historia de devastación

El uso de napalm, agente naranja y fósforo blanco: una historia de devastación.

Las guerras modernas han dejado una oscura herencia de devastación. Con el uso de napalm, agente naranja y fósforo blanco, el objetivo de “ganar a cualquier costo” ha tenido efectos devastadores para millones de personas. A través de conflictos como Vietnam y los actuales ataques en Gaza, estas armas químicas han puesto en jaque los principios de derechos humanos y plantean la pregunta: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar en la guerra?

La guerra de Vietnam: el impacto del napalm y agente naranja

La Guerra de Vietnam es recordada no solo por sus batallas, sino por el devastador uso de armas químicas. El napalm, conocido por su poder destructivo, era lanzado sobre junglas y aldeas, causando incendios incontrolables. 

La famosa escena de Apocalipsis Now, en la que un soldado comenta sobre el “olor a victoria” tras un ataque con napalm, refleja la crudeza de esta arma y cómo su uso marcó una era de guerra sin fronteras éticas.

Por su parte, el agente naranja, un defoliante químico, fue utilizado para arrasar grandes áreas forestales, despojando a los soldados vietnamitas de su cobertura natural. Entre 1962 y 1971, los militares estadounidenses rociaron más de 45 millones de litros de este químico en Vietnam, afectando no solo a los ecosistemas, sino también a las comunidades locales, que sufrieron daños de salud irreversibles. 

Miles de personas siguen padeciendo malformaciones congénitas y enfermedades como resultado de la exposición a esta toxina.

Fósforo blanco: de Vietnam a Gaza

Otro capítulo de esta historia oscura es el uso de fósforo blanco, una sustancia que, al contacto con el oxígeno, arde a temperaturas extremadamente altas. Durante la guerra de Vietnam y en conflictos posteriores, el fósforo blanco fue empleado como arma incendiaria, causando lesiones terribles en la población civil. Hoy en día, informes de organismos como la ONU alertan sobre el uso de fósforo blanco en Gaza, una zona densamente poblada donde el impacto en la población civil es devastador.

El uso de esta sustancia en áreas residenciales densas como Gaza, donde más del 70% de las víctimas son mujeres y niños, plantea una grave violación a los derechos humanos. La comunidad internacional cuestiona si estas prácticas no representan crímenes de guerra. La ONU estima que, en Gaza, alrededor del 44% de las víctimas son menores de edad, lo que hace que este conflicto deje heridas profundas en las generaciones más jóvenes.

Israel y las tensiones internas en su política de defensa

Las decisiones sobre el uso de armas como el fósforo blanco no solo generan controversia internacional, sino también dentro de Israel. En 2024, el entonces ministro de Defensa, Yoav Gallant, fue removido de su cargo tras expresar su preocupación sobre el tratamiento a los rehenes y la necesidad de una política de defensa más inclusiva, que implicara el reclutamiento de grupos ortodoxos en el ejército. 

El primer ministro Netanyahu, sin embargo, mantuvo su postura de no incluir a estas comunidades, poniendo por encima de la seguridad de los rehenes sus propios intereses políticos y partidistas.

La influencia de la guerra en la política estadounidense: el caso de Michigan

Las decisiones en el conflicto en Gaza también han repercutido en la política interna de Estados Unidos. En Dearborn, Michigan, conocida como la “capital de la América árabe”, los votantes castigaron al Partido Demócrata, en parte debido a la postura de la administración hacia el conflicto. Kamala Harris perdió en este estado frente a Donald Trump, en un giro político que ha sido interpretado como un rechazo a la falta de apoyo hacia la comunidad de ascendencia árabe. 

Miembros de esta comunidad expresaron su frustración y se distanciaron del Partido Demócrata en un acto de protesta contra la política exterior de Estados Unidos.

Reflexiones sobre la guerra moderna: ¿estamos ante un retroceso civilizatorio?

A medida que estos conflictos continúan, surgen preguntas profundas sobre el impacto de estas armas y prácticas militares en la humanidad. La antropóloga Margaret Mead consideraba que el primer signo de civilización era la capacidad de cuidar a un ser herido, una muestra de compasión y respeto por la vida humana. Sin embargo, el uso de armas devastadoras y el elevado número de víctimas civiles, especialmente en Gaza, hace pensar si estamos experimentando un retroceso en nuestros principios civilizatorios. Cada vez que se utilizan armas químicas o incendiarias en conflictos, la distancia entre el avance tecnológico y el avance moral parece agrandarse.

En un contexto de guerra y violencia desmedida, el legado de estas armas plantea una pregunta fundamental: ¿Es la destrucción de comunidades civiles una táctica justificada, o representa un fracaso de la humanidad en su intento de resolver conflictos de forma ética y civilizada?

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