El 17 de noviembre de 1950, un joven de 15 años asumió el cargo de Dalai Lama en el Tíbet, bajo circunstancias excepcionales. La invasión del ejército rojo chino al Techo del Mundo adelantó la entronización de Tenzin Gyatso, quien a lo largo de más de siete décadas se ha convertido en un símbolo de la resistencia tibetana y el diálogo interreligioso. Ahora, a punto de cumplir 90 años, la incertidumbre rodea no solo su sucesión, sino el futuro de una institución que ha marcado la identidad del Tíbet desde el siglo XIV.
La historia detrás de la institución del Dalai Lama
Desde Gendun Drub, el primer Dalai Lama en 1391, esta figura ha sido más que un líder religioso; representa la unión entre la espiritualidad budista y la identidad cultural tibetana. Sin embargo, el siglo XX trajo consigo desafíos únicos: en 1959, tras el fracaso de un levantamiento contra el dominio chino, Tenzin Gyatso huyó al exilio en la India, donde ha liderado a la comunidad tibetana desde entonces.
A pesar de renunciar a su poder político en 2011, sigue siendo el rostro del Tíbet en el mundo. Sin embargo, el Dalai Lama ha insinuado que esta podría ser la última encarnación de la institución, argumentando que su existencia no es intrínsecamente necesaria y depende del consenso tibetano.
El dilema de la reencarnación
El sistema de reencarnación, fundamental en la tradición budista tibetana, se encuentra ahora en un cruce de caminos. Tenzin Gyatso ha expresado su preocupación por el control que China podría ejercer sobre su sucesión.
En palabras suyas:
“Sería mejor que una institución de siglos termine conmigo, en lugar de permitir que un Dalai Lama estúpido se reencarne en un país ocupado por China”.
La posibilidad de que Pekín designe a un sucesor conforme a sus intereses políticos ha encendido alarmas en la comunidad tibetana. Por su parte, el Dalai Lama ha considerado la opción de designar su reencarnación mientras aún vive, una decisión sin precedentes que busca preservar la autenticidad de la institución.
La lucha entre cultura y control político
Para China, el Dalai Lama no solo es un líder religioso, sino un símbolo del nacionalismo tibetano. Desde 1959, el régimen ha implementado políticas de sinización, buscando borrar la identidad cultural del Tíbet. Controla estrictamente las prácticas religiosas y ha anunciado su intención de designar al próximo Dalai Lama, un movimiento que los tibetanos en el exilio califican como una manipulación política.
“La religión es inseparable del sentimiento nacional tibetano, y eso es precisamente lo que Pekín quiere controlar”, explica el académico Robbie Barnett.
El papel de los tibetanos en el exilio
Para los tibetanos fuera de su tierra natal, la sucesión del Dalai Lama es crucial para preservar su cultura. Thupten Jinpa Langri, en Montreal, ha señalado la preocupación por la falta de un plan claro, mientras que Penpa Tsering, líder del gobierno tibetano en el exilio, confía en que el Dalai Lama se reencarnará y continuará guiando a su pueblo.
Con optimismo, Tsering afirmó:
“Quizá Su Santidad viva más tiempo que el Partido Comunista Chino”.
¿El fin de una era o un nuevo capítulo?
El destino de la institución del Dalai Lama no solo es una cuestión espiritual, sino un reflejo de la lucha del Tíbet por mantener su identidad ante la opresión. A medida que se acerca julio de 2025, fecha en la que Tenzin Gyatso ha prometido revelar sus instrucciones finales, el mundo observa con atención.
Mientras tanto, el Dalai Lama sigue siendo un símbolo de esperanza para millones, demostrando que, incluso frente a la adversidad, la espiritualidad y la cultura pueden resistir.
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