La violencia en México ha alcanzado tales proporciones que su tratamiento en la narrativa oficial y mediática se ha vuelto casi un acto reflejo, insensible. El reciente ataque en el bar “Los Cantaritos” en Querétaro, que dejó varias víctimas mortales y una docena de heridos, ha sido enmarcado por la frase “iban por una persona”, como expresó la presidenta Claudia Sheinbaum. Este tipo de lenguaje, que ubica la tragedia en términos casi guionizados, contribuye a una deshumanización preocupante. Mientras la opinión pública se sumerge en un enfoque tipo “narcoserie”, las verdaderas víctimas –personas con familia y sueños– son relegadas al papel de “daños colaterales”.
“Iban por una persona”: el lenguaje oficial que borra a las víctimas
La frase de Sheinbaum, repetida en titulares y redes, ha logrado una cosa: minimizar el dolor de las familias que lloran a sus seres queridos. Decir que “iban por una persona” parece trivializar el sufrimiento de las víctimas indirectas que quedan con sus vidas destrozadas. Este tipo de expresiones, además, distrae de la responsabilidad del Estado en garantizar justicia y seguridad para todos sus ciudadanos, no solo en neutralizar conflictos entre grupos criminales.
Lo ocurrido en Querétaro no es un caso aislado. Apenas días antes, once cuerpos fueron encontrados en Chilpancingo, Guerrero. En respuesta, el secretario de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla, argumentó que esta violencia “se debe a la confrontación entre grupos locales”. Omar García Harfuch, secretario de Seguridad, dio una declaración similar al referirse al ataque de Querétaro como una “rivalidad entre dos células delictivas”.
De las narcoseries a la narrativa oficial: cómo se borran las historias humanas
El discurso que reduce cada tragedia a un conflicto entre “cárteles X e Y” genera una barrera emocional, minimizando el impacto humano. Los nombres de las personas asesinadas y sus historias son silenciados en esta narrativa, en la que solo resuenan nombres de cárteles, estadísticas de muertes y un contexto que cada vez se vuelve más anónimo y mecanizado.
La narrativa narcoserie, popularizada en televisión, utiliza personajes y situaciones violentas para contar historias, destacando en la mayoría de los casos la vida de criminales y políticos corruptos. Lo paradójico es que, en un intento por comprender la situación real del país, se reproduce este enfoque, invisibilizando el lado humano de las historias. En las narcoseries, las víctimas son una referencia lejana y secundaria, algo que parece haberse trasladado también al discurso gubernamental.
La normalización de la violencia: ¿nos hemos vuelto una sociedad insensible?
Las palabras que eligen las autoridades y la forma en que se difunden las tragedias tienen un impacto profundo en la percepción social. Al hablar de las víctimas como cifras o categorías, se fomenta una insensibilidad creciente hacia la violencia. Si el propio gobierno no personaliza el dolor de las familias, y en cambio, reduce los crímenes a conflictos entre cárteles, la sociedad pierde gradualmente su empatía.
Cada vez que escuchamos frases como “es un ajuste de cuentas” o “iban por alguien más”, se borra la imagen de los padres, hijos o parejas de las víctimas, y se diluye la responsabilidad del Estado de garantizar justicia para ellas. Esta forma de comunicación parece alejar al gobierno de las familias que lloran a sus seres queridos, dejando un espacio de desconexión emocional y falta de empatía.
¿Qué necesitamos para revertir la deshumanización en el discurso sobre violencia?
Las autoridades tienen la responsabilidad de construir un discurso que honre la memoria de las víctimas, recordando que cada persona asesinada representa una historia que se ha perdido. En lugar de enfatizar en “células delictivas” y “grupos criminales”, es fundamental que se haga hincapié en las personas afectadas. La violencia no puede seguir tratándose con frialdad y distanciamiento, y mucho menos como si fuese un episodio más de una serie ficticia.
Es momento de que la comunicación oficial priorice los nombres y apellidos de quienes pierden la vida en estos hechos, además de expresar un compromiso explícito con sus familias en la búsqueda de justicia. Abordar estos sucesos con un lenguaje más humano no solo daría a las víctimas el respeto que merecen, sino que también recordaría a la sociedad la urgencia de frenar esta ola de violencia.
Al final, el peligro de esta narrativa es claro: nos aleja de la paz y de la compasión, y nos coloca como espectadores de una realidad que ya no nos toca ni nos conmueve. Sin un cambio en la forma de hablar sobre la violencia, el país corre el riesgo de continuar en esta espiral de indiferencia hacia las tragedias que ocurren diariamente.
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