Millones de usuarios del Metro de la Ciudad de México iniciaron el día atrapados en un sistema colapsado. Las líneas 3, 8 y B registraron severos retrasos, alta afluencia y detenciones prolongadas, una crisis agravada por las recientes lluvias y fallas recurrentes que desataron la frustración de los capitalinos.
La jornada de este miércoles se convirtió en una pesadilla para los usuarios del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro. Lo que debería ser la columna vertebral de la movilidad en la capital se transformó en una fuente de estrés y retrasos masivos, evidenciando una vez más la fragilidad de su operación.
Desde las primeras horas del servicio, las redes sociales se inundaron de reportes y quejas sobre un servicio insostenible en varios puntos clave de la red. La respuesta oficial, que a menudo se limita a citar «alta afluencia», contrastó drásticamente con la realidad vivida por los pasajeros en los andenes y vagones.
La normalización de la falla sistémica
Más allá de los incidentes puntuales, lo que los usuarios experimentan es la normalización de una falla sistémica. La combinación de una infraestructura envejecida, la falta de mantenimiento profundo y la vulnerabilidad ante fenómenos naturales como las lluvias intensas —que recientemente provocaron inundaciones y cierres en la Línea 8 — ha creado un sistema crónicamente ineficiente.
«¿Qué pasa en la Línea 8? Tardó 10 minutos en llegar a Apatlaco, avanzó a Iztacalco y ahora ¿otros 10 minutos esperando a que avance?» – Cuestionamiento de un usuario en redes sociales.
La brecha entre la experiencia diaria de millones de personas y la respuesta burocrática de las autoridades alimenta una profunda frustración cívica. Para el capitalino, el Metro no es solo un medio de transporte; es un termómetro de la funcionalidad de la ciudad. Y hoy, ese termómetro marcó una fiebre muy alta.
