Escuelas de todo México viven hoy un cambio profundo que comenzó con una simple pregunta en miles de comunidades: ¿Cómo mejorar los espacios donde estudian nuestras hijas e hijos? Lo que antes parecía un sueño distante —recursos directos, decisiones locales y resultados visibles— se convirtió en una realidad con el programa La Escuela es Nuestra, y este año la transformación alcanzó un nuevo nivel. En cientos de asambleas, bajo techos improvisados o en patios llenos de sillas plegables, madres, padres, docentes y estudiantes contaron sus historias, identificaron necesidades y plasmaron su visión de cómo querían que sus escuelas se vieran en el futuro.
Las escuelas rurales fueron las primeras en sentir el cambio. En un pequeño plantel de Chiapas, un comité comunitario describió cómo durante años los salones se inundaban con cada tormenta. Hoy, con los recursos entregados directamente, decidieron construir un sistema de drenaje y levantar muros nuevos. El director relató que, por primera vez, la comunidad sintió el poder de transformar su entorno sin intermediarios. Esa misma emoción se repitió en Oaxaca, Guerrero y Veracruz, donde el diagnóstico comunitario permitió entender la urgencia de invertir en espacios seguros, iluminación adecuada y techumbres resistentes.
El impacto directo en estudiantes y docentes
En las escuelas de secundaria, el cambio fue especialmente visible. Se reconoció que este nivel es clave para combatir el abandono escolar, una preocupación histórica. Al recibir recursos directos, los comités definieron prioridades como laboratorios renovados, rehabilitación de canchas y ampliación de aulas. Un docente de Guerrero contó que, después de años solicitando mantenimiento sin respuesta, por fin su escuela pudo sustituir los viejos sanitarios y arreglar las instalaciones eléctricas.
Las escuelas de educación media superior también vivieron un momento inédito: por primera vez, estudiantes participaron formalmente en los comités que deciden el uso de los recursos. En un plantel de Jalisco, los jóvenes propusieron mejorar la biblioteca y crear un espacio de estudio al aire libre. La iniciativa fue aprobada por votación comunitaria, demostrando cómo la participación estudiantil fortalece el sentido de pertenencia y responsabilidad.
El modelo comunitario que está cambiando al país
Este modelo tiene un elemento diferenciador: el diagnóstico comunitario. En las escuelas participantes, madres y padres no solo observan el edificio, sino la vida cotidiana del plantel. Evalúan la seguridad, la ventilación, el estado de los baños, la accesibilidad y el bienestar general. Son ellos quienes mejor conocen las necesidades de sus hijos, y por eso sus decisiones han tenido impacto real.
En escuelas del Estado de México, por ejemplo, los comités identificaron que las filtraciones en los techos representaban un riesgo constante. Decidieron destinar los recursos a reparar las cubiertas y reforzar las estructuras. En otro plantel, la comunidad optó por modernizar la cocina escolar para asegurar desayunos calientes y nutritivos.
Prioridad para zonas de alta vulnerabilidad
Las escuelas de las regiones más vulnerables fueron las primeras en ser atendidas. Esta estrategia se diseñó para romper el ciclo de desigualdad que por décadas afectó a estados como Chiapas y Oaxaca. En estas comunidades, la inversión no solo mejora infraestructura; también impulsa autoestima colectiva. El simple hecho de ver un salón recién pintado o una barda reconstruida cambia la narrativa de abandono que por años acompañó a miles de estudiantes.
En escuelas de Guerrero, un comité relató que la nueva techumbre permitió que las clases continuaran incluso en temporada de lluvias, evitando pérdidas de aprendizaje. En Veracruz, las familias celebraron que la instalación de nuevas luminarias brindó mayor seguridad en horarios vespertinos.
La ruta hacia 2025: una meta ambiciosa
El programa se fijó una meta clara para 2025: que todas las escuelas de educación especial reciban atención y que los planteles de inicial, preescolar, primaria y secundaria cuenten con al menos dos intervenciones durante el periodo gubernamental. Además, las escuelas de secundaria y media superior recibirán atención hasta tres veces para garantizar mantenimiento continuo y mejoras estructurales sostenidas.
Las escuelas urbanas también forman parte del plan. Aunque algunas ya cuentan con infraestructura más sólida, muchas requieren rehabilitación de áreas deportivas, accesibilidad para estudiantes con discapacidad o renovación de talleres tecnológicos. En la Ciudad de México, por ejemplo, el enfoque está en media superior debido a la existencia del programa local Mejor Escuela que cubre la educación básica.
La fuerza de las decisiones comunitarias
Uno de los mayores aprendizajes ha sido entender que no todas las escuelas necesitan lo mismo. En una comunidad de Oaxaca, el comité decidió construir una cerca perimetral para evitar que los animales ingresaran al plantel. En contraste, una escuela del norte del país priorizó modernizar su laboratorio de ciencias. Esta flexibilidad ha sido clave para maximizar el impacto de cada peso invertido.
El sentido de corresponsabilidad también creció. Las escuelas ahora se ven como proyectos de todos, no solo del gobierno. Cuando la comunidad participa, los recursos se cuidan más, las obras se vigilan mejor y los resultados son visibles en menos tiempo.
La transformación continúa
Escuela tras escuela, comunidad tras comunidad, el programa demuestra que la educación puede fortalecerse desde abajo, escuchando a quienes viven la realidad escolar cada día. Las escuelas se convierten en espacios dignos, seguros y llenos de oportunidades. Y con ello, miles de estudiantes encuentran motivación para continuar sus estudios, soñar con un futuro mejor y sentirse protagonistas de un cambio que comenzó en sus propios patios y salones.
