Desde las 2:30 de la tarde, Cancún comenzó a desplazarse hacia un mismo punto. En el Malecón Tajamar y el Colegio Monteverde, las filas crecían con el paso de los minutos. No eran filas silenciosas: había conversaciones, risas, niños inquietos, corredores estirando piernas y grupos de baile afinando detalles.
La espera para subir a las vans se extendía por varios metros. Cada unidad que llegaba representaba un pequeño avance para quienes llevaban varios minutos o incluso más de una hora bajo el sol.
“Ya casi”, se repetían unos a otros.
El traslado era corto, pero simbólico. Dentro de las camionetas los celulares apuntaban a las ventanas para captar las primeras imágenes desde arriba del puente. Se trató de un traslado que no solo acercó a las personas al puente, sino a un momento que muchos habían esperado durante años.
El primer impacto: concreto, acero y asombro
Al bajar de las vans, la escena era contundente. Frente a los asistentes se levantaba el arco metálico del puente atirantado, una estructura que meses atrás parecía lejana y hoy dominaba el paisaje. Las personas avanzaban lentamente. Miraban hacia arriba. Sacaban sus celulares. Grababan videos. Tomaban fotos.
Algunos se detenían en silencio.
El puente comenzaba a llenarse de vida. Familias caminando, jóvenes corriendo de un lado a otro, bailarines que aprovechaban cualquier espacio para ensayar pasos. La infraestructura, diseñada para vehículos, era tomada por peatones que la recorrían con curiosidad.
Era, para muchos, el primer contacto real con una obra que durante años solo vieron en proceso.
El calor que no dio tregua
Aunque el sol comenzaba a descender, el calor seguía presente. La sensación térmica se acumulaba sobre el concreto y el aire apenas corría en algunos tramos del puente.
Para las 4 de la tarde, hora programada para la carrera social, ya había cientos, luego miles de personas concentradas. Sin embargo, el evento no iniciaba.
El tiempo avanzaba y la espera comenzaba a sentirse en el cuerpo.
Algunas personas buscaban sombra donde no la había. Otras utilizaban gorras, botellas de agua o simplemente se sentaban sobre el pavimento.
El calor empezó a cobrar factura, especialmente entre adultos mayores. Algunos tuvieron que detenerse de golpe, sentarse y pedir ayuda. Familiares levantaban la mano para llamar a los paramédicos que recorrían constantemente el puente.
Los equipos de atención respondían con rapidez. Sabían que el escenario era exigente.
Horas detenidas sobre el puente
Pasaron las 4. Luego las 5. La carrera no comenzaba y la inauguración tampoco.
El ambiente cambió poco a poco. De la emoción inicial se pasó a una espera larga, pesada. Algunas personas miraban el reloj, otras preguntaban qué estaba pasando. Algunos intentaron retirarse, pero no era posible.
Por temas de logística y seguridad, nadie podía salir del puente hasta que concluyera el acto protocolario. Esa decisión convirtió el espacio en una especie de punto suspendido en el tiempo, donde miles de personas esperaban sin una certeza clara de cuándo iniciaría el evento.
Mientras tanto, en la laguna Nichupté, la escena era distinta. Embarcaciones privadas comenzaban a reunirse. Desde el puente se alcanzaban a ver luces, música, destellos de neón que contrastaban con el cielo que poco a poco cambiaba de color.
La inauguración también se vivía desde el agua.
El momento que cambió el ánimo
Fue hasta las 6:30 de la tarde cuando el ambiente se transformó. La llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum y de la gobernadora Mara Lezama marcó el inicio del protocolo. Lo que minutos antes era cansancio, se convirtió en expectativa.
Las personas se levantaron. Se acercaron. Sacaron nuevamente sus celulares.
El cansancio no desapareció, pero quedó en segundo plano. El corte de listón era el momento esperado. El instante que justificaba horas de espera bajo el sol.
Y cuando ocurrió, el puente dejó de ser promesa para convertirse oficialmente en una obra inaugurada.
Después del acto protocolario, la dinámica cambió por completo. El puente se llenó de música. Comparsas de distintos municipios comenzaron a recorrer varios kilómetros con coreografías que mezclaban jazz, ritmos caribeños y bailes tradicionales. Los vestuarios, los colores y la energía transformaron el espacio.
A esto se sumaron batucadas y carros alegóricos del Carnaval de Cozumel, que avanzaban con la mirada de los peatones.
Ahora sí, las personas comenzaron a correr, caminar o simplemente disfrutar el recorrido. La carrera social, aunque tardía, se integró a un ambiente más festivo que competitivo.
Un atardecer para recordar
El cierre de la jornada llegó con un escenario natural difícil de replicar. El cielo se pintó de tonos naranjas intensos sobre la laguna Nichupté. La luz cayó sobre el puente, sobre las personas, sobre la estructura metálica. Las bicicletas comenzaron a aparecer. Grupos de amigos se detenían para tomarse fotos. Familias caminaban juntas. El ambiente ya no era de espera, sino de apropiación. El puente, que durante años fue obra, retraso y expectativa, por fin era una realidad.
