El cineasta alemán Werner Herzog, conocido por sus rodajes extremos y su búsqueda incansable de imágenes inéditas, fue distinguido este miércoles con el León de Oro a la Trayectoria en la inauguración de la 82ª Mostra de Venecia. El galardón, uno de los más prestigiosos en el mundo del cine, fue entregado por otro maestro del séptimo arte, Francis Ford Coppola, quien recordó la amistad de más de medio siglo que lo une al director germano.
Una vida dedicada al cine sin concesiones
Herzog, emocionado y sorprendido por el reconocimiento, afirmó que nunca lo esperaba. “Yo quería ser un buen soldado del cine, y eso significa perseverancia, lealtad, valentía y sentido del deber”, declaró al recibir el premio. Su carrera, con más de 70 películas entre ficciones y documentales, ha estado marcada por un estilo radical y una visión artística que lo colocan como uno de los grandes renovadores del cine alemán y mundial.
Desde su célebre Aguirre, la cólera de Dios (1972), filmada en condiciones extremas en la selva peruana, hasta documentales como Encuentros en el fin del mundo (2007), nominado al Óscar, Herzog ha explorado territorios inexplorados, arriesgando incluso su vida para capturar la esencia del ser humano frente al caos, la naturaleza y lo desconocido.
La dupla explosiva con Klaus Kinski
Uno de los capítulos más intensos de la trayectoria de Herzog fue su relación con el actor alemán Klaus Kinski, con quien rodó cinco películas: Aguirre, la cólera de Dios, Nosferatu (1978), Woyzeck (1979), Fitzcarraldo (1982, premio a Mejor Dirección en Cannes) y Cobra Verde (1987).
La relación fue tan apasionada como violenta. En el documental Enemigos íntimos, Herzog confesó que en medio de los rodajes llegó a pensar en asesinar a Kinski, aunque reconoció que de esa tensión nació una de las colaboraciones más intensas de la historia del cine. “Nuestra confrontación alcanzaba niveles insostenibles, pero era productiva en la pantalla”, explicó.
Rodajes extremos y obsesiones creativas
El director alemán llevó al cine a límites insospechados. En Fitzcarraldo, logró que un barco de 300 toneladas fuera arrastrado por encima de una montaña en plena selva amazónica. En Corazón de cristal (1976), hizo que sus actores actuaran bajo hipnosis, y en Nosferatu llenó el set con cientos de ratas reales.
Su obsesión por lo inédito lo llevó a filmar volcanes activos en La Soufrière (1977), desiertos australianos en Donde sueñan las verdes hormigas (1984), glaciares en la Antártida en Encuentros en el fin del mundo y hasta elefantes fantasmales en la selva de Angola en Ghost Elephants (2025).
Incluso fuera del set, Herzog mostró su carácter singular: perdió una apuesta y, como penitencia, se comió sus propios zapatos después de hervirlos durante cinco horas.
De niño de la guerra a pionero del nuevo cine alemán
Werner Herzog nació en Múnich en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. A los pocos días de vida, su familia debió refugiarse en Baviera tras un bombardeo. Creció en la pobreza, sin su padre, prisionero de guerra. Con 12 años regresó a Múnich convencido de que sería cineasta. Se formó de manera autodidacta y a los 15 años rodó su primer cortometraje con una cámara robada.
Su debut en largometraje, Signos de vida (1968), ganó el Oso de Plata en Berlín y fue considerado por la crítica como el inicio de la renovación del cine alemán. En los años setenta continuó con películas emblemáticas como El enigma de Kaspar Hauser (Gran Premio de Cannes en 1975) y Stroszek (1977), donde retrató la fragilidad y el desconcierto del ser humano.
Una segunda vida en los documentales
Tras su etapa con Kinski, Herzog consolidó una segunda carrera en Estados Unidos con documentales profundamente humanos. En Grizzly Man (2005), exploró la historia de Timothy Treadwell, quien convivió con osos salvajes en Alaska hasta morir devorado por ellos. Más tarde, en Into the Abyss (2011), retrató a un condenado a muerte en Texas, y en Meeting Gorbachev (2018) ofreció un retrato íntimo del líder soviético.
Su capacidad de combinar lo poético con lo brutal lo convirtió en un referente no solo para cineastas, sino también para escritores, músicos y artistas contemporáneos.
El reconocimiento de Venecia
Con el León de Oro a la Trayectoria, la Mostra de Venecia celebra a un director que no solo filmó películas, sino que llevó el cine al límite de lo posible. Francis Ford Coppola, al entregarle el galardón, afirmó: “Si Werner tiene algún límite, yo no sé dónde”. La frase resume el espíritu de un artista que, más que buscar el éxito comercial, se empeñó en mostrar lo inexplorado.
El León de Oro para Werner Herzog en el Festival de Venecia es mucho más que un premio honorífico: es la confirmación de una carrera que desafió lo convencional y amplió los horizontes del cine mundial. Con más de medio siglo de trayectoria, Herzog ha demostrado que el séptimo arte no es solo entretenimiento, sino una forma de enfrentar la vida, el caos y la belleza. Su legado queda marcado como el de un verdadero soldado del cine, perseverante y radical, cuya influencia seguirá inspirando a generaciones futuras.
