
La noche del viernes, la Ciudad de México ardió. Una protesta contra la gentrificación en la Roma-Condesa se convirtió en caos, con un grito de guerra: «¡Fuera gringos!». En medio del fuego, una figura fue señalada como el enemigo: Luisito Comunica.
El corazón bohemio de la Ciudad de México se convirtió en un campo de batalla. Lo que comenzó como una manifestación en el Parque México , con pancartas y micrófonos abiertos, escaló rápidamente a una noche de furia. Un grupo de encapuchados vandalizó una sucursal de Starbucks, rompió cristales, acosó a comensales y turistas, y dejó un mensaje claro pintado en las paredes: «Gringos, dejen de robarnos la casa». Pero el rostro de la ira no fue el de un extranjero, sino el de uno de los suyos: el mega influencer Luisito Comunica, a quien confrontaron directamente acusándolo de ser «parte del problema».
«Gentrificación no es Progreso, es Despojo»: Las Demandas de una Generación Furiosa
Para entender la violencia, hay que entender la desesperación. Esto no es simple xenofobia; es el grito de una generación que está siendo expulsada de sus propios barrios. Las demandas de los manifestantes son claras y contundentes: regulación de las rentas con topes ligados a la inflación, protección para los residentes históricos para evitar desalojos, y una restricción severa a las plataformas de renta temporal como Airbnb, que han disparado los precios a niveles impagables para un salario en pesos.
Pero el conflicto va más allá del dinero. Es una lucha por el alma de la ciudad. Los cánticos de «¡Fuera gringos!» y las quejas de que los menús y los servicios ahora están en inglés revelan una angustia más profunda: una crisis de identidad. Los jóvenes que protestan sienten que su cultura, su idioma y su forma de vida están siendo borrados, reemplazados por una cultura globalizada y angloparlante que los trata como extraños en su propia tierra. Es la diferencia entre una ciudad que acoge y una ciudad que es colonizada.
Bajo la Lupa: ¿Por Qué Luisito Comunica se Convirtió en el Villano?
En medio de este polvorín, la aparición de Luisito Comunica fue la chispa que encendió la pradera. Fue increpado, insultado y señalado. Su respuesta irónica en redes, «Por chismoso», solo avivó las llamas. Pero, ¿por qué él? La razón es simple y brutal: en los últimos años, el influencer ha invertido fuertemente en los mismos negocios que definen el paisaje gentrificado: bares, restaurantes y proyectos inmobiliarios.
Él se convirtió en el símbolo del «traidor de clase». Mientras los manifestantes luchan contra el capital extranjero que los desplaza, ven en Luisito al mexicano que «lo logró» y, en lugar de defender a su comunidad, se convirtió en un facilitador del despojo. Es más fácil, y simbólicamente más potente, atacar a un «cómplice» local que a un turista anónimo. Luisito personifica el conflicto: el éxito individual a costa del bienestar colectivo. No lo atacan por ser «gringo», sino por, presuntamente, hacer negocios como uno.
El Veredicto del Gobierno: Un Peligroso Equilibrio entre Dólares y Votos
La respuesta del gobierno de la Ciudad de México, encabezado por Clara Brugada, ha sido un ejercicio de equilibrismo político. Por un lado, condenan la violencia y la agresión, afirmando que «no puede convertirse en una excusa para promover discursos de odio». Por otro, se dicen opuestos a la gentrificación y prometen «analizar la situación» y estudiar una posible regulación.
Es una postura tibia que intenta calmar los ánimos sin tomar medidas drásticas que puedan ahuyentar la jugosa derrama económica que dejan los «nómadas digitales» y el turismo de alto poder adquisitivo. El gobierno camina sobre una cuerda floja, atrapado entre los dólares que necesita y los votos que no puede permitirse perder. La violencia en la Condesa no fue un evento aislado; fue el primer aviso de una bomba social que podría explotar en cualquier momento.